Te quiero más allá del apego, la costumbre y el miedo a la soledad

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Te quiero más allá del apego, la costumbre y el miedo a la soledad

Querer de forma consciente es amarse primero a uno mismo para desinfectar apegos enfermos o gélidos vacíos que otros están obligados a calmar. Amar de forma madura es entregarse libremente al otro en un acto de autenticidad, pero nunca para apagar soledades y jamás para perder la propia dignidad.

El propio Einstein dijo una vez que el amor nunca podría explicarse bajo la óptica de la ciencia, porque ese acto biológico, químico y fascinante jamás podría ser cuantificado u observado bajo un microscopio. Sin embargo, el padre de la teoría de la relatividad se equivocaba. Porque si hay algo que ha podido demostrar la neurología a día de hoy es que el amor es adictivo.

Los avances en el campo de la neurociencia apagan muchas veces nuestro sentido del romanticismo y ese halo poético con el cual revestimos en ocasiones nuestras relaciones, cual caramelos algo envenenados. El amor está impregnado de dopaminas, y ello hace que muchas veces caigamos casi como narcotizados ante un vínculo del que nos cuesta mucho escapar o más aún: ver el daño que nos causa.

El amor es ciego, lo sabemos, y todos podemos caer en una de esas relaciones basadas en un apego insano, asfixiante e intenso a la vez. Sin embargo, es responsabilidad nuestra abrir los ojos para vernos primero a nosotros mismos. La relación que nos despersonaliza, que nos extrae esas entrañas privadas donde reside la autoestima y el autoconcepto no es saludable. Es como inmolarse en las hogueras de una inmerecida infelicidad.

Te proponemos reflexionar sobre ello.

El amor basado en el apego es pura adicción

Algo que resulta curioso dentro del plano científico o clínico es que se ha estudiado más la depresión asociada al desamor que el amor asociado a la manía, a la adicción. Esto es así por una razón muy sencilla: histórica y culturalmente se ha tenido una imagen de ese amor desmedido, apasionado, dominante y ciego como algo admirable, positivo y hasta inspirador.

Admitámoslo… A todos nos han vendido la idea de que los mejores amores son esos del todo o nada. Esos donde fundir las mitades de nuestro corazón hasta crear uno solo, esos donde dar el aliento para que el otro respire y ser rescatados de todos nuestros miedos, sanados de cada una de nuestras soledades. Sin embargo, debemos tener mucho cuidado con todas estas imágenes, porque todas ellas esconden algo de tragicómico, pinceladas agridulces y el implacable veneno de las decepciones.

Hay que tenerlo claro, las relaciones basadas en el apego afectivo son insanas porque tienen en su mano esa goma de borrar que hace desaparecer todos los “autos” de nuestra personalidad, a saber: la autoestima, el autoconcepto, el autorrespeto… Además, cuando quedamos subordinados a este tipo de amores dependientes, por curioso que parezca, no es nada fácil ver lo que nos ocurre con claridad. No importa que otros nos avisen, de nada sirve que nos digan que “nosotros no somos así”.

El amor basado en el apego es obstinado y ciego y no tiene pies ni cabeza, pero sí un corazón grande y herido que necesita su droga afectiva, ese cuyo efecto secundario resulta implacable.

Te quiero por encima de los miedos, las soledades y la costumbre

Los neurólogos nos dicen que el amor es obsesivo porque está regulado por la serotonina, e incluso que es propenso a la imprudencia porque tanto la corteza cerebral como la amígdala pierden un poco el control o su “cadena de mando”. Ahora bien, que muchos de nuestros comportamientos sean el resultado de todo este naufragio químico no significa que no podamos amar de forma saludable, a través de una experiencia alegre, satisfactoria y plena.

Lo más recomendable en estos casos es invertir primero en el propio crecimiento personal, en gestionar nuestros miedos, en convertirnos en personas maduras emocionalmente y no en eternos buscadores de apego para nutrir nuestras necesidades.

Tal y como dijo una vez Antoine de Saint-Exupéry, amar no es mirarnos constantemente el uno al otro. Al final uno acaba perdiendo toda perspectiva. Amar de forma consciente es poder armonizar nuestros corazones para mirar juntos la belleza del mundo unidos siempre en una misma dirección. Es lo que podríamos llamar, “tener conciencia de pareja”.

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Esta dimensión maravillosa, la “conciencia de pareja”, estaría formada por estas tres “C” sobre las que vale la pena reflexionar un instante.

  • Compromiso. El compromiso no está basado solo en ese contrato afectivo íntegro y respetuoso hacia otra persona, sino también en nosotros mismos. Debemos cuidar de nuestro bienestar psicológico para poder comprometernos plenamente con el ser amado.
  • Comunicación. Toda pareja estable y feliz es hábil a la hora de comunicar, lo hacen con asertividad, a través de una escucha activa, de la empatía y de esa cercanía real donde no caben los egoísmos ni los chantajes.
  • Correspondencia. La correspondencia no es otra cosa más que esa reciprocidad donde entender que amar no es solo dar, también es recibir. Una pareja no es un juego de fuerzas, sino un equipo que llega a acuerdos, una alianza donde ambos ganan, donde se favorece el crecimiento personal del ser amado como forma de inversión en la propia relación.

Para concluir, hemos de entender que la variable “amor” no basta en la ecuación de una pareja. Una relación es como un músculo que necesita ser ejercitado a través del sentido del humor, del respeto y la libertad personal. Seamos capaces de favorecer ese desapego saludable basado en la ausencia del miedo, en la “no dependencia” y ante todo en la “no adicción”.

Que hoy sonrías a la vida por lo que un día lloraste es un placer impagable

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Que hoy sonrías a la vida por lo que un día lloraste es un placer impagable

Tu vida ha quedado marcada por muchos instantes, como aquellos en los que sentiste amargura o aquellos que te trajeron decepciones que no esperabas. Momentos relacionados con las circunstancias, pero también con las personas, de manera que han sido capaces de cambiar una relación en menos tiempo del que el segundero tarda en repetirse. Lo han hecho sin medir ni formas ni consecuencias, cuando nosotros intentamos tener todo el cuidado del mundo.

Personas que incluso han aprovechado tus momentos de reflexión para clavarte pequeñas puñaladas por la espalda. Después a ti te ha tocado sufrir todos los daños, gracias a que quisiste minimizarlos y la otra persona aprovechó este espacio de reflexión para terminar con todo. Después a ti te a tocado cargar con la “rabia” de sentirte el tonto, de comprobar como por querer proteger a los dos has sido el único que ha salido herido.

Te das cuenta de que mientras deliberabas para causar el menor daño posible alguien “te la ha jugado”. Sin el menor atisbo de decencia. Eso causa ira y rencor e incluso puede hacer que te sientas estúpido. Una sensación que piensas que no se marcará en la vida.

Estás en tu derecho de sentirlo. Puedes vivir perfectamente con ello, pero no sabes cuándo se te pasará por completo. De repente, un día precedido de otros de tantos y sin apenas ser consciente de ello, llega el momento esperado en el que piensas: “De lo que me libré, dichoso el momento”.

Detente porque es un momento “deluxe”: adiós a la ira, que entre la indiferencia y bienvenido sea el humor. Esa sonrisa de alivio al ser conscientes de lo que nos hemos librado es altamente cotizada en la bolsa de la salud psicológica. Para saborearlo, antes has tenido que actuar de forma limpia, ser dañado y luego quizás guardar rencor durante un tiempo.

Has pasado por lo necesario, ese era el décimo de la lotería que has jugado como cualquiera que se atreve a jugar y también a perder. En esa sonrisa solitaria o acompañada, está el premio gordo.

Nuestras decepciones en la vida, nuestros “detox” futuros

Gestionar una decepción o una traición no es fácil. Tampoco lo es estar atascado/a en una rotonda que siempre te lleva a las mismas discusiones. Prolongar un malestar por costumbre, por piedad, es entrar en un bucle de estrés sin fin. No hay nadie tóxico “per se”; eso es falso. Hay relaciones que lo son o que se transforman en ello. Identificarlas y acabar con ellas no es tarea fácil, sobre todo si pretendes hacerlo como una persona madura.

Jamás te sientas débil por haber intentado hacer las cosas bien y haber sido traicionada/o. En un futuro, sabrás como tomar un “zumo detox” sin haberte intoxicado antes. Sabrás detectar las señales que no te interesan antes de que te lleguen hacer daño de verdad. Aprenderás a ir cerrando puertas sin hacer ruido y sin que nadie se estampe con ellas. Además aprenderás a asumir que el resto tienen el mismo derecho a hacerlo contigo.

Querer hacer las cosas bien en la vida dice mucho de nosotros. Acabar con matrimonios de 40 años, amistades de la infancia o dejar nuestra primera oportunidad laboral, que hace tiempo que dejó de ser oportunidad para convertirse en castigo, son cuestas de pendientes pronunciadas.

Sin embargo hay personas que no se toman la molestia de hacerlo con cuidado y te toman la delantera, traicionándote de una forma vil, burda y cobarde. No te sientas nunca ridícula por haber querido hacerlo bien, por no jugar sucio. Sentirás ira, pero deja que fluya.

Todas esas decepciones se convertirán en tu “detox” futuro. A la próxima señal de desgaste, no más rodeos. No más relaciones inocuas prolongadas. No querrás hacerlo tan bien para hacerlo de la mejor forma posible: indiferencia absoluta.

Después de la ira, la indiferencia, y por último la sonrisa

Lo que pase con la evolución de los demás no es asunto tuyo, pues hasta la gente más despiadada puede llegar a tener suerte en la vida. Piensa en dónde estás respecto a lo que quieres ser, y reconoce el valor de mantenerte en ese camino frente a la tentación en la que han caído otros. Este, y no otro, es el mejor punto de referencia para que, pese a las decepciones, no abandones a tu sensibilidad en las despedidas que son necesarias.

No vamos a negar que es un proceso duro ir desvinculándose de ciertas personas y hábitos a lo largo de la vida. Creerás que pierdes tu identidad y cada golpe te parecerá un pozo sin fondo. No sabemos si en realidad estamos cambiando para bien o para mal hasta que un día cualquiera empezamos a recordar lo que un día nos masacró emocionalmente de una forma distinta.

De repente, en un momento, nos reconocemos como supervivientes.

Mujer sonriendo

No nos sentimos extraños respecto nosotros mismos. Miramos nuestras manos, sentimos el peso de nuestras piernas y tomamos conciencia de nuestra presencia. Incluso sin pedir ayuda y sin que nadie nos la prestara, seguimos en pie. Entendemos que en la levedad del ser, está toda nuestra potencia para estar presentes de verdad.

No necesitamos ya el visto bueno de nadie. Nos da igual ser perdedores a la vista de los demás. Hemos ganado la batalla que solo podría librarse de forma interna. Empecemos pues a reírnos, solos o acompañados. Por encima de la rabia, sintamos ese orgullo por haber actuado de cara y en sintonía con la persona que somos.

La sonrisa solo se dibuja auténtica cuando te hace sentir en paz contigo mismo, pese a que las circunstancias eran difíciles y existía el peligro de que te traicionaran, como finalmente terminó sucediendo. Ahora, tu sonrisa es el eco porque, si bien un día alguien te decepcionó, tú no lo hiciste contigo mismo.

Ya sabes cómo funciona el proceso y eso sirve de mucho. El que ríe el último ríe mejor porque no se ríe de nadie. Contempla a lo lejos cómo los que provocan daño se adentran más, casi sin oxígeno, en la oscuridad que ellos mismos han invocado.

Vía: lamenteesmaravillosa

Las mejores cosas siempre son gratis: soñar, abrazar, reír…

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Las mejores cosas siempre son gratis: soñar, abrazar, reír…

Las mejores cosas de nuestra existencia, en realidad, nunca son “cosas”: son momentos, lecciones, recuerdos, son abrazos intensos bajo la lluvia y emociones que recorren nuestra piel por aquellas palabras sinceras susurradas al oído. Todo ello acontece cuando nos sentimos verdaderamente libres y receptivos a lo que nos rodea, sin miedos, sin actitudes limitantes, sin prejuicios…

Una de las premisas que definen a la psicología positiva es la eterna cuestión de cómo ser más feliz. Martin Seligman, máximo representante de esta tendencia y célebre psicólogo famoso ante todo por sus trabajos sobre la depresión y la indefensión aprendida, nos señala que una forma de conseguirlo es mediante el “engagement”. Sería esa capacidad para involucrarnos en los aspectos más positivos y simples de la vida, tales como soñar, abrazar, reír…

Las mejores cosas de esta vida son gratis y no se pueden ver, porque las ofrecemos y las sentimos con los ojos cerrados: besar, abrazar, soñar…

Por curioso que resulte, no siempre es fácil darnos cuenta de cómo nos enriquecen este tipo de actos tan simples. A veces, perdemos el rumbo de tal manera que al final, acabamos construyendo una vida en la que no somos felices. Nosotros mismos alzamos nuestras propias cárceles y esos escenarios donde se pierde el valor de las cosas más sencillas, las más auténticas…

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Las psicología positiva y el valor de las pequeñas cosas

Hasta no hace mucho la psicología se centraba -ante todo- en describir esas áreas asociadas o bien a patologías o a aspectos negativos como la depresión, el estrés, la ansiedad. A casi nadie se le había ocurrido enseñarnos algo tan esencial como aprender a “ser felices”. Era como si cada uno de nosotros llegáramos al mundo con “un chip” instalado de fábrica que nos facilitaba alcanzar ese estado de forma natural.

No obstante, el ser humano tiene una extraña “habilidad” para no ser feliz o al menos, no sentirse tan realizado o satisfecho como desearía. Por ello, en 1999 la Organización Gallup fundó el Instituto de Psicología Positiva y en el 2006 Martin Seligman se convirtió en uno de los principales abanderados de esta tendencia que incide en diferentes aspectos, como que la riqueza no da la felicidad o y que la modernidad o la tecnología tampoco hace a las personas más alegres…

Un aspecto esencial que nos enseña la Psicología Positiva es que las emociones negativas nos ayudan a sobrevivir de forma individual. El miedo, nos empuja a huir, la tristeza a reconocer que algo va mal para “reconstruirnos por dentro”. Por su parte, las emociones positivas nos permiten conectar con los demás para sobrevivir como especie, de ahí los abrazos, las palabras amables, las caricias, la amistad, el amor…

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Las mejores cosas nunca son “cosas”

Tal Ben-Shahar es toda una referencia en el campo del estudio de la felicidad y el liderazgo. Es profesor de Harvard y sus clases siempre baten récords de matriculación por el gran interés que suscitan sus teorías, las mismas que ha reflejado en libros como “La búsqueda de la felicidad” o “Practicar la felicidad, un diario para tu realización”.

Disfruta de las pequeñas cosas de la vida, algún día te darás cuenta de que eran las mejores.

Queda claro que al gran público ya no nos interesa tanto saber qué es una depresión o qué síntomas tiene el estrés. Las personas queremos que nos indiquen cómo ser un poco más felices o al menos, cómo lograr sintonizar con nuestro interior y el entorno para sentirnos bien.

Estas serían algunas de las claves que nos indica el profesor Tal Ben-Shahar.

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Claves donde se inscribe la felicidad

Las mejores cosas son aquellas que no se programan y que surgen de forma espontánea. Uno de los focos de estrés e insatisfacción más habitual es el hecho de marcarnos altas metas o el proponernos alcanzar aspectos poco realistas.

  • La necesidad de aparentar juventud eterna, de acumular cosas, de alcanzar éxitos… Todo ello tiene un límite, y ese límite es no caer en el perfeccionismo neurótico sino en el positivo, aquel que es realista, que agradece lo que tiene, lo que uno es y lo que le rodea.
  • No hay que tener “miedo al miedo”. Lo señalábamos antes, las emociones negativas como el miedo son toques de atención individual que hay que saber atender y aceptar, para después superar. Si vivimos, por ejemplo, con miedo a equivocarnos jamás aprenderemos, jamás daremos el paso hacia la oportunidad o el cambio.
  • Conoce tus emociones y sírvete de ellas. Ya sabemos que las emociones negativas son armas de autoconocimiento, y en lo que respecta a las positivas, debemos verlas como canales de crecimiento y de expansión. El simple hecho de propiciarlas y desarrollarlas cada día a través del afecto, de la comunicación empática, del respeto y el cariño nos permitirá conectar con los demás para poder crecer por dentro y por fuera, y a su vez, ser mucho más libres.

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Para concluir, algo que nos señala Ben-Shahar es que no debemos obsesionarnos con la idea de una felicidad eterna. Algo así es poco más que un ideal imposible. Se trata más bien de liberarnos de todas las cargas posibles y de vivir en equilibrio, en armonía, en serenidad.

Las mejores cosas no siempre las trae el dinero ni el éxito. De hecho, es muy posible que la auténtica felicidad ya esté a nuestro lado, con nuestros amigos, nuestras parejas, nuestros hijos..

Vía: lamenteesmaravillosa

Lo que duele es no haberlo intentado en aquel momento, cuando había oportunidad

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Lo que duele es no haberlo intentado en aquel momento, cuando había oportunidad

La intuición nos habla casi a cada instante, pero no siempre la atendemos. Las corazonadas son como el rumor que uno escucha al poner el oído en una caracola. Están ahí, pero no siempre desciframos su lenguaje, hasta que un día, comprendemos lo que quisieron decirnos en su momento: “hazlo, atrévete, vete a ser feliz“.

Entre las múltiples y singulares experiencias del mundo emocional está sin duda esa extraña sensación donde uno pone la mirada atrás y se da cuenta de muchas cosas. Una de ellas es la de haber descubierto tarde algo que ya percibimos en su momento. Un viaje para el cual debimos comprar el billete, un rostro y un nombre que nunca debimos amar o una cerradura en la que nunca debimos introducir la llave.

¿Por qué actúa así el ser humano? ¿Por qué no procedemos de forma acorde a nuestras intuiciones o deseos en un momento dado? Hemos de entender en primer lugar que las personas no somos infalibles. Avanzar en nuestros ciclos vitales es como poner los pies sobre las rocas que cruzan un río. Unas serán más seguras que otras, y a instantes, será necesario confiar en nuestro instinto para dar ese salto arriesgado pero acertado.

En otros momentos, sin embargo, no hay más remedio que retroceder para tomar perspectiva y recuperar el equilibrio. No siempre estamos preparados para esos grandes pasos aunque una voz nos diga que es lo mejor para nosotros. Lejos de lamentarlo, lejos de sumirnos en un adagio triste y perpetuo de lo que “pudo ser y no fue”, es necesario instaurar nuevas perspectivas.

pies andando en un rio

El momento perdido y el “yo” melancólico

Empezaremos siendo objetivos: hay trenes que ya no vuelven a pasar. Llegarán muchas más ofertas de trabajo, sin duda, pero no aquella que no te atreviste a aceptar porque te obligaba a irte lejos. Llegarán también muchas más personas a tu vida, pero nunca esa voz sincera que prometía ser lo mejor para ti, y que aún así, dejaste ir. Ahora bien, que dejáramos pasar una oportunidad concreta no implica que aparezcan otras diferentes e igual de ilusionantes.

Poner nuestra mirada en el retrovisor de nuestras vidas nos hace caer a menudo en un extraño sortilegio. Llegamos a pensar que lo que hicimos o no hicimos en su momento pudo traernos la auténtica felicidad. “¿Por qué lo dejé ir si era lo mejor para mí?” ¿Por qué decidí hacer esto o lo otro si algo en mí me indicaba que no era lo correcto? Este tipo de pensamientos que nos llevan a una suerte de deriva emocional tienen un nombre: son los pensamientos contrafactuales.

Cuando empezamos a especular imaginativamente sobre lo que hubiera podido ocurrir, aplicamos el pensamiento contrafactual. Es un mecanismo mediante el cual el ser humano imagina, visualiza o construye alternativas a los hechos y a los acontecimientos ya sucedidos. Se activan con una meta fallida, con una relación perdida, con un sueño evaporado por la falta de valentía, para dar forma mediante la imaginación a lo que tendría que haber pasado.

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Son muchas las personas que viven mentalmente sumidos en este especie de “multiverso” o universos múltiples donde diferentes “yos” llevan a cabo “lo que pudo haber sido y no fue”No obstante, lo único que se consigue con ello es diluir por completo la propia identidad. Vale la pena recordar lo que dijo Heidegger una vez sobre este mismo tema: el ser humano está destinado a renovar su pasado nostálgico -y a veces dramático-, hacia un futuro más esperanzador y sabio.

La voz de la intuición a la que no siempre atendemos

Comparábamos al inicio nuestras corazonadas con ese rumor que se escucha al poner el oído en una caracola. Uno lo oye, no hay duda, pero no sabe muy bien qué es ese sonido o de dónde viene. Es interesante saber que esos murmullos del interior de las caracolas, lejos de ser el rumor del mar o producto de nuestra imaginación, es en realidad el aire del exterior vibrando en ese objeto semicerrado. La propia caracola hace de amplificador.  

Con las corazonadas, sucede algo parecido. Tenemos una sensación que escuchamos a modo de rumor sin darle demasiada importancia. Sin embargo, es así como se construyen las intuiciones: un elemento externo interactúa con nuestro corazón, con nuestra mente para tomar contacto con nuestro ser inconsciente. Es entonces cuando una voz interior vibra para darnos un mensaje concreto acorde a nuestra identidad. “Hazlo, es tu OPORTUNIDAD”.

tiovivo representando el ir y venir de un momento

A veces, el hecho de desoír esa voz trae una consecuencia que ya conocemos: el arrepentimiento. Malcolm Galdwell, sociólogo y experto en esta materia nos indica que los mensajes que envía la intuición son difíciles de descodificar. No siempre los entendemos, no siempre queremos escucharlos porque la lógica o la presión de quienes nos envuelven pesa demasiado. Es algo que vamos entrenando con el tiempo, siendo más receptivos, libres y conscientes de nosotros mismos.

Queda claro también que muchas veces “esa voz” se equivoca, pero si hay algo que de verdad duele, que de verdad pesa y lacera el alma no es precisamente el habernos equivocado en un momento dado. Lo que duele es no haberlo intentado cuando tuvimos la oportunidad.

Vía: lamenteesmaravillosa

La insufrible necesidad de tener siempre la razón

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La insufrible necesidad de tener siempre la razón

Hay personas así, opinadores profesionales, mentes obcecadas en el “yo tengo la razón y tú te equivocas”. Son perfiles con el ego muy grande y una empatía muy pequeña, especialistas en alzar disputas continuas, artesanos habilidosos en desestabilizar la armonía de todo contexto.

Querer tener razón y demostrar que estamos en lo cierto es algo que a todos nos satisface, no podemos negarlo. Es un refuerzo para la autoestima y un modo de reequilibrar nuestras disonancias cognitivas. Ahora bien, la mayoría de nosotros entendemos que hay límites, sabemos que es vital aplicar actitudes constructivas, una visión humilde y un corazón empático capaz de apreciar y respetar los enfoques ajenos.

Sin embargo, uno de los grandes males de la humanidad sigue siendo esa insufrible necesidad por tener siempre la razón. “Mi verdad es la única verdad y la tuya no vale” enarbola el palacio mental de muchas personas e incluso de ciertos organismos, grupos políticos o países que gustan de vendernos sus idearios como panfletos moralizantes.

Ahora bien, más allá de ver estos hechos como algo aislado o anecdótico, debemos tomar conciencia de que es algo serio. Porque quien se obsesiona en tener siempre la razón acaba sufriendo dos efectos secundarios implacables: el aislamiento y la pérdida de la salud. Debemos ser capaces de conectarnos a los demás, de ser sensibles, respetuosos y hábiles a la hora de crear entornos más armónicos.

Dos hombres en un barco: la historia de la ceguera, el miedo y el orgullo

Thich Nhat Hanh, también conocido como “Thay” (“maestro” en vietnamita) es maestro zen, poeta y un gran activista por la paz. Cuenta con más de 100 libros publicados y fue propuesto para el premio Nobel de la Paz por Martin Luther King.

Entre las muchas historias que el maestro Thay nos suele dejar, hay una que nos da un buen ejemplo sobre la insufrible necesidad del ser humano por tener la razón. El relato se inicia en una mañana cualquiera en una región de Vietnam. Era la década de los años 60 y el contexto bélico se extendía en todas aquellas tierras antes tranquilas, serenas y marcadas por las rutinas de su gente.

Ese día dos viejos pescadores navegaban río arriba cuando de pronto, avistaron una embarcación que se dirigía a ellos río abajo. Uno de los ancianos quiso remar hacia la orilla pensando que en ese barco iba el enemigo. El otro anciano, empezó a gritar a viva voz alzando su remo convencido de que era un pescador incauto y poco hábil.

Los dos pescadores empezaron a discutir entre sí como niños en un patio de colegio, hasta que segundos después, la embarcación que iba río a bajo los embistió de pleno lanzándolos al agua. Los ancianos se cogieron a los restos de madera flotantes descubriendo que el otro barco iba vacío. Ninguno de los dos tenía razón. El auténtico enemigo estaba en sus mentes, en unas mentes demasiado obcecadas y en unos ojos que ya no contaban con la agudeza visual de antaño.

Las creencias son nuestras posesiones

Las personas somos auténticas máquinas de creencias. Las interiorizamos y las asumimos como programas mentales que nos repetimos una y otra vez a modo de letanía, hasta procesarlas como una propiedad, como un objeto que debe ser defendido a capa y espada. De hecho, nuestro ego es todo un mosaico de variadas y férreas creencias, esas por las que más de uno no duda perder a los amigos con tal de llevar siempre la razón.

Por otro lado, es conveniente recordar que todos tenemos pleno derecho a tener nuestras propias opiniones, nuestras verdades y nuestras predilecciones, esas que hemos descubierto con el tiempo y que tanto nos identifican y definen. Sin embargo, cuidado, porque ninguna de estas dimensiones deben “secuestrarnos” hasta el punto de arrojarnos a ese calabozo de “mi verdad es la única verdad que cuenta”.

Hay quien vive inmerso en un diálogo interior que a modo de mantra, le repite una y otra vez que sus creencias son las mejores, que sus enfoques son inamovibles y que su verdad es un lucero de sabiduría inviolable. Pensar de este modo les arroja a tener que ir por la vida buscando personas y situaciones que validen sus creencias, y las “verdades” de esos mundos atómicos y restringidos donde nada debe ser cuestionado.

Las consecuencias de vivir con este tipo de enfoque mental suelen ser serias y casi irremediables.

La desesperante necesidad de tener siempre la razón y sus consecuencias

El mundo no es en blanco y negro. La vida y las personas encuentran su máxima belleza y expresión en la diversidad, en los enfoques variados, en los distintas perspectivas de pensamiento ante los cuales, ser siempre receptivos para aprender, crecer y avanzar.

Apegarnos al pensamiento único y en la imposición de una verdad universal es ir en contra de la esencia de la humanidad, e incluso del propio ejercicio de la libertad individual. No es lícito, no es lógico y tampoco es sano. James C. Coyne, escritor, psicólogo y profesor emérito de la escuela de psiquiatría en Universidad de Pennsylvania afirma que la necesidad de tener siempre la razón es un mal moderno capaz de afectar a nuestra salud física y emocional.

Según un estudio llevado a cabo en la Universidad de Bradford (Reino Unido), cerca del 60% de personas con este tipo de perfil, sufre úlceras, altos niveles de estrés y relaciones disfuncionales con la familia. Además, y por si no fuera bastante, son personas que alteran la convivencia de todo entorno en el que se mueven.

Mujer con ramas rojas en el rostro

Para concluir, algo que todos sabemos es que nuestro a día a día es como un fluir donde se entrecruzan varias y complejas corrientes. Todos vamos en nuestros propios barcos, bien río arriba o bien río a bajo. En lugar de obcecarnos en mantener siempre una misma dirección, aprendamos a alzar la vista para no chocar los unos con los otros.

Permitamos el paso, creemos un mar de mentes capaces de conectarse las unas con las otras para fluir en libertad y en armonía. Al fin y al cabo todos buscamos un mismo destino, que no es otro que la felicidad. Así que construyámoslo poniendo como base el respeto, la empatía y un sentido auténtico de convivencia.

Imágenes cortesía de Logan Zillmer

Vía: lamenteesmaravillosa

Cómo ayudar al niño que un día fuimos

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Cómo ayudar al niño que un día fuimos

Es una obviedad decir que todos hemos sido niños en algún momento. Hasta la persona que pueda parecerte más agresiva, iracunda, cascarrabias o tóxica ha pasado por esa dulce etapa vital que se supone, debería ser la infancia. Pero no siempre es de color de rosa. Para muchas personas la infancia ha significado un periodo vital del que prefieren no acordarse.

Niños huérfanos, maltratados, abandonados, criticados…Tristemente, el ser niño no te exime de recibir comportamientos tan penosos o negligentes por parte de los adultos.

Y esto acaba pasando factura. Ese niño crece con una autoestima deficiente, pensando que no es digno de amor, que siempre le abandonarán, que dependerá de otros para ser feliz o que carece de valía personal. Al llegar a la edad adulta, todas estas carencias pueden ser sacadas a la luz en forma de falta de asertividad, celos, rabia, adicciones o depresión.

No pretendemos echar toda la culpa de como nos sentimos ahora a nuestro pasado, pero sí que es importante conocer su influencia para ahora, en el presente, aprender las herramientas que necesitamos para salir a flote.

Ese niño, que aun está dentro de nosotros, sigue dolido y necesita que el adulto que ahora somos le ayude a sanarse.

Los esquemas vitales

Jeffrey Young es un psicólogo americano conocido por ser el fundador de la terapia de esquemas. Esta terapia consiste en que la persona que está sufriendo se dé cuenta de los esquemas que hoy día rigen su vida y como estos deben ser modificados.

Estos esquemas fueron aprendidos en la infancia y han sido extrapolados a la edad adulta. El objetivo de la terapia es desactivar los esquemas y conseguir sanar al niño que llevamos dentro.

Los esquemas son patrones de pensamiento, emoción y acción que repetimos constantemente al encontrarnos en una situación determinada.

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Si por ejemplo nuestra madre nos abandonó cuando éramos niños, y es un hecho que no supimos gestionar, es probable que en la actualidad presientas con frecuencia que vas a ser abandonado. Esto repercute en las relaciones de amistad, familiares o pareja y puede estar generándote una conducta celotípica, agresiva o dependiente.

Digamos que aquella figura tan importante para ti que era tu madre, ha sido proyectada por ejemplo, en tu pareja. Así, como crees no ser digno de amor, piensas erróneamente que puede dejarte, al igual que lo hizo tu madre.

Además del esquema de abandono, existen otros como el de privación emocional, fracaso, vulnerabilidad al daño, desconfianza, etc… los cuales por razones de espacio no entraremos a explicar aquí. Todos ellos comparten la peculiaridad de que han sido formados en la infancia, ya sea por el tipo de apego con la familia o por experiencias tempranas traumáticas.

Estos esquemas siguen activándose cuando somos adultos, al encontrarnos con experiencias que se parecen a las que experimentamos de niños.

Sanar al niño interior

Las terapias cognitivo-conductuales se basan en el cambio de pensamientos automáticos negativos y creencias actuales, además de en la deshabituación de ciertos comportamientos repetitivos que son disfuncionales. También trabajan con las emociones y la influencia que tienen sobre nuestro comportamiento y su evaluación.

La terapia de esquemas, además de todo esto, añade el ejercicio de echar un vistazo al pasado, de volver a revivir aquello que nos hirió cuando éramos pequeños e intentar que nuestro adulto ayude a nuestro niño.

Un ejercicio que podemos practicar cada día es imaginarnos a nosotros mismos de niños, en una situación que fue dolorosa y no hemos superado. Cierra los ojos, relájate e intenta revivir lo más nítidamente posible aquella escena. Observa a ese niño o niña que eras y siente las emociones que sentiste. No huyas de la tristeza, ni de la ansiedad ni de la rabia que te supuso. Permítete sentirlas en todo su esplendor.

Niña interior

Una vez que estés metido en la escena y lo sientas todo casi como aquel día, saca a escena a tu adulto, con toda la sabiduría que ahora tiene y deja que ayude a ese niño. El adulto abrazará al niño, le secará las lágrimas, lo entenderá y le dirá que está ahí para siempre. Además, el adulto le preguntará al niño qué es lo que necesita e intentará satisfacerlo. De esta forma, habrás cubierto tus necesidades y ayudado a ese niño, que eres tú.

Además, el adulto debe animar al niño a perdonar. Este acto, tan valiente, rompe las cadenas de la esclavitud de un recuerdo difícil de superar y que aun nos pesa en la actualidad.

Es un ejercicio muy emotivo que ayuda a profundizar en nuestros sentimientos y a desactivar, en parte y con mucha práctica, los esquemas disfuncionales que hemos aprendido.

Imagen principal de Amanda Cass

Vía: lamenteesmaravillosa

Prefiero las distancias honestas a las cercanías hipócritas

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Prefiero las distancias honestas a las cercanías hipócritas

En los entornos donde abundan los hipócritas, los sinceros son los malos y la verdad es la gran enemiga. Por ello, siempre serán preferibles las distancias honestas cuando nuestros valores choquen a esa cercanía sibilina que trae máscaras de amabilidad y armaduras doradas detrás de las que se esconden personas falsas.

Es muy posible que algunos no sepan que los científicos, sociólogos y los biólogos han querido llamar al actual periodo terrestre “Antropoceno” (hombre nuevo) en lugar de Holoceno. La intención es simple y hasta inspiradora: enfatizar un periodo donde la humanidad tiene como objetivo alcanzar una “cuota” más alta en cuanto a inteligencia, cohesión social, armonía, respeto y conciencia.

Sin embargo, libros tan interesantes como “Antropozoología”, abrazando la cohexistencia en el Antropoceno”, de los científicos Michael Tobias Charles y Jane Gray Morrison, nos hablan precisamente de una dimensión muy concreta: la hipocresía del ser humano. Seguimos siendo esa raza de vertebrados habituada a predicar una cosa y hacer otra. Padecemos un trastorno por déficit de naturaleza y además, aún nos cuesta mucho favorecer esa cohexistencia de los unos con los otros dejando a un lado diferencias culturales, sociales o de género.

Todos sabemos que no es nada sencillo establecer una distancia frente a quien no nos agrada o nos incomoda. En ocasiones, estamos obligados a compartir espacio con ese familiar de ideas extremas, o incluso con ese directivo que no calza nuestros mismos principios morales. Sin embargo, lo que sí podemos hacer es crear adecuados espacios de autoprotección donde no caer nunca en el insaluble ejercicio de la hipocresía.

En el reino de la hipocresía solo los más fuertes sobreviven

Aquiles decía en la Ilíada que si había algo que le incomodaba mucho más que las puertas del Hades, eran las personas que decían una cosa y hacían otra. Bien, es muy posible que todos nosotros tengamos cerca a una persona chapada con este tipo de material que tanto abunda en la era del Antropoceno. Lo que tal vez no sepamos es que no hay que responsabilizar única y exclusivamente al propio hipócrita de su comportamiento.

La hipocresía es mucho más que la clásica disonancia entre nuestras ideas rectoras y nuestros comportamientos. En ocasiones, el propio entorno que nos rodea nos obliga a ello. Cada día nos enfrentamos a un enorme rompecabezas vital, las piezas están dispersas y estamos obligados a sobrevivir en estas “superficies sociales” tan complejas. Casi sin que nos demos cuenta, en ocasiones, acabamos haciendo cosas que no armonizan con nuestros principios, con nuestras ideas o convicciones.

Entre lo que se piensa, se dice y se hace, puede haber un abismo, y a pesar de no querer faltar a nuestra verdad interior lo acabamos haciendo por las presiones del ambiente. Esto es lo que Leo Festinger definió como disonancia cognitiva, es decir, experimentar una desarmonía o un conflicto entre nuestro sistema de ideas, creencias y emociones (cogniciones) con las propias conductas.

Ahora bien, a pesar de que una buena parte de nuestra sociedad sea terreno abonado para que nos comportemos como hipócritas creados en molde, en realidad, podemos diferenciar claramente dos tipologías. Por un lado, están los que sufren esa disonancia cognitiva y deciden poner límites para hallar una adecuada armonía entre lo que se piensa y lo que se hace. Por otra parte, abundan los que sencillamente, entienden la vida de este modo. La disonancia deja de existir para dar paso a una cognición firme y clara de lo que se hace tiene pleno sentido y ante todo…un propósito.

Cómo protegernos de los comportamientos hipócritas

Practicar lo que se predica no solo es un acto de respeto, también lo es de “autorespeto” y de bienestar personal. Ya sabemos que todos, de algún modo, hemos practicado este arte en alguna ocasión para poder integrarnos en un contexto determinado: en un trabajo, en una fiesta, en  una reunión familiar…

Ahora bien, si hay una finalidad clara y objetiva que tienen las disonancias cognitivas, es encender una alerta psicológica para informarnos de que el fino hilo que sustenta la conducta con los valores, está a punto de romperse. Iniciar un proceso de reflexión nos salva sin duda de cristalizar la hipocresía.

Sin embargo… ¿qué podemos hacer si muy cerca de nosotros habita un hipócrita empedernido y corrosivo? Hay personas honestas, que al intuir algo tan sencillo como la incompatibilidad de caracteres o de valores, eligen poner distancia con adecuada elegancia y respeto. Eso es algo que sin duda agradecemos, pero lamentablemente, no todo el mundo inicia este tipo de política de los buenos principios.

mujeres hipócritas

Lo más correcto sin duda sería que nosotros mismos estableciéramos un cordón de seguridad y nos alejáramos lo bastante como para no volver a coincidir, sin embargo, si esa persona es un familiar, un compañero de trabajo o un jefe, puede que no sea tan sencillo comprar el billete de no retorno.

En estos casos, nos será muy útil la regla de las tres”R”:

  • No “refuerces”: el hipócrita puede y tiene todo el derecho de hacer vida a tu alrededor, pero nunca reforzaremos sus comportamientos. Es decir, lo ideal es ser lo más asépticos posibles con ellos, no mantener conversaciones profundas donde revelar intimidades y no dar tampoco demasiada importancia a lo que puedan decir.
  • “Respétalo y respétate”. Deja que el hipócrita sea como bien quiera, que haga lo que desee pero siempre en su propia esfera, no dejes nunca que entre a la tuya. Respétate y dale la importancia justa sin dejar que te afecte su actitud.
  • No “renuncies” a tus valores. En ocasiones, cuando pasamos mucho tiempo en un escenario abonado por la hipocresía es común caer en algún momento en estos mismos comportamientos. Recuerda tus valores y principios y defíendelos aunque el resto no los entiendan o no los aprueben.

Por último, y no menos importante, recuerda siempre que la hipocresía se camufla con amabilidad cuando algo le conviene. Aprende a ser intuitivo y cauto, y si la oportunidad finalmente acontece, no dudes en poner una distancia adecuada donde poder recuperar tu plenitud emocional y psicológica.

Vía: lamenteesmaravillosa

Eres mucho más de lo que veo: eres lo que me haces sentir

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Eres mucho más de lo que veo: eres lo que me haces sentir

Las personas no son solo lo que vemos a simple vista: son aquello que consiguen hacernos sentir a través de sus miradas luminosas, de sus acertadas palabras y de esos abrazos eternos donde nos sentimos protegidos. Son seres que destilan un poder emocional sanador y vital, ese que es capaz de sacarnos de nuestros letargos de tristeza.

Todos nosotros hemos experimentado esta misma sensación alguna vez. Conocer a alguien que en un primer momento nos parece aséptico por su presencia e incluso carente de interés por su aparente introversión, por su falta de arrojo o espontaneidad. Sin embargo, al poco, asoman desconcertantes matices, detalles coloridos y mágicos aspectos que terminan por imantarnos una felicidad distinta, atrevida y hasta revulsiva.

Las personas somos mucho más que las facciones de un rostro y unas ropas que nos cubren el cuerpo. Aún más, el ser humano dispone de una energía única y excepcional que trasciende a esa otra fuerza que embiste nuestro corazón o que permite que nuestros pulmones realicen el intercambio gaseoso con la sangre. Más allá de las funciones orgánicas están esas emociones que definen lo que somos y cómo nos relacionamos con el mundo.

La forma en que contagiamos nuestras emociones a los demás constituye un poderoso canal, que por importante es merecedor de un cuidado con delicado esmero y sabio autoconocimiento. A continuación, te explicamos cómo hacerlo para disfrutar de una mejor calidad en tus relaciones interpersonales.

Lo que hacemos sentir a los demás: el contagio emocional

Todos nosotros transmitimos mensajes emocionales sin darnos cuenta. Nuestra apariencia, nuestros gestos o la forma en que nos movemos o miramos a los demás esculpen un microuniverso emocional donde no hacen falta las palabras para transmitir una información concreta. De hecho, y esto siempre conviene recordarlo, mucho antes del desarrollo del lenguaje los seres humanos hacíamos uso de las emociones como única forma de comunicación.

“Me gustas porque me haces sentir bien, y yo no soy de los que está bien con cualquiera”

La expresión facial del miedo, por ejemplo, ponía en alerta al grupo de un peligro, las lágrimas y una postura recogida informaba de un dolor, de una necesidad que atender. Sin embargo, con la llegada del lenguaje sofisticado, esa gestualidad exagerada no solo quedó reducida sino que además dejó de tolerarse. El mundo civilizado exige la inhibición de las emociones porque su expresión instintiva se considera algo primitivo, algo que es necesario “controlar” y esconder en nuestros espacios privados y de soledad..

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Las emociones garantizan nuestra supervivencia como grupo

Por otro lado, los estudios llevados a cabo por el campo de la cognición social nos señalan algo que es bueno recordar: las emociones no son solo un mecanismo de desahogo o de expresión personal. Por encima de todo, constituyen un mecanismo de supervivencia, porque con ellas “contagiamos” a los demás, les transmitimos información, los envolvemos con nuestra felicidad para que sientan alegría, o dejamos ver nuestras tristezas o dolores del alma para ser atendidos.

De ese modo, se pone en marcha el motor de la cooperación, ese que nos ha permitido sobrevivir como especie, el mismo que ha dado forma a una arquitectura cerebral casi perfecta donde las neuronas espejo nos han ayudado a aprender, a imitar e identificar las emociones ajenas.

Sin embargo, si optamos por inhibir emociones, por no mirar a los ojos de las personas con las que hablamos y por bajar el rostro cuando vemos a un compañero de trabajo sufrir a escondidas, iremos en contra de nuestro propio concepto evolutivo. Sumirnos en nuestras orgullosas islas de soledad crea una ecología emocional donde solo crece la infelicidad.

Hazme sentir bien, regálame emociones positivas

Por curioso que parezca, no existen demasiados estudios que nos expliquen cómo funciona ese maravilloso mecanismo que da forma al contagio emocional. Hasta el momento se sabe que lo que otros nos hacen sentir -ya sea positivo o negativo- se rige por lo que se conoce como “mirroring sistem” (sistema espejo). En este complejo entramado, los neurólogos ponen énfasis en la ínsula como esa estructura que participa del proceso e interiorización de los estados emocionales de los que nos rodean.

Además, tengamos en cuenta que estas estructuras son muy resistentes al daño degenerativo. Ello explica, por ejemplo, por qué los enfermos de Alzheimer siguen siendo tan receptivos al mundo emocional. Una caricia, un abrazo, una gesto amable y una presencia que les transmite calma y afecto se convierte, al final, en el único lenguaje que entienden y al que responden.

Por otro lado, las emociones positivas juegan un papel muy relevante en la educación. Un recién nacido, por ejemplo, empezará a entender el mundo en base a lo que le hacen sentir sus progenitores. Las emociones basadas en el contacto físico, en ese cariño que atiende los llantos, los miedos y todas sus necesidades afectivas propicia día a día un adecuado desarrollo neurológico.

Para concluir, las emociones positivas alimentan, construyen vínculos, sanan temores y constituyen ese eslabón de fortaleza en toda relación de pareja estable y feliz. Aprendamos entonces a ser creadores y mediadores de esa afectividad altruista, de esa consideración basada en la empatía y la reciprocidad donde intuir necesidades y otorgar bondad, respeto y esa sencilla felicidad que se inscribe en las pequeñas situaciones del día a día.

Imagen principal cortesía de Puuung

Vía: lamenteesmaravillosa

7 consejos para fomentar la resiliencia en los niños

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7 consejos para fomentar la resiliencia en los niños

Nos ahorraríamos muchos problemas si desarrolláramos desde niños algunas capacidades. Una de ellas, sin duda fundamental, es la resiliencia. Fomentar la resiliencia es posible desde la infancia. No es necesario que pasen más años para que el pequeño adquiera esta valiosa actitud.

Recordemos que la resiliencia es esa capacidad que le permite al ser humano mantenerse a flote frente a las adversidades, superarlas y fortalecerse a partir de ellas. Los problemas de los niños son, por supuesto, de una dimensión diferente a la de los adultos. Pero esto no quiere decir que no se pueda fomentar la resiliencia.

Los hombres se hacen más fuertes al darse cuenta de que la mano ayudante que necesitan esta al final de su propio brazo”.

-Sidney J. Phillips-

Enseguida te presentamos una serie de estrategias que te ayudarán a fomentar la resiliencia en los niños. Se trata de acciones simples y hasta obvias, que sin embargo muchas veces van al saco del olvido. No dejes que esto pase, seguro que un niño te agradecerá toda la vida que le ayudes a ser más resiliente.

Que aprenda a hacer amigos

Para fomentar la resiliencia es necesario que le enseñes a hacer amigos. El aislamiento es un factor que promueve la inseguridad y el miedo. Un niño aislado es un niño al que prestar atención. Piensa que no todos los niños cuentan con una gran habilidad para manejarse socialmente, así es bueno que les echemos una mano en esta tarea.

¿Cómo enseñarle a hacer amigos? Con cuidado, no contar con amigos puede ser un tema muy sensible para un niño. Por lo tanto nunca es una buena idea señalarle como el culpable de esa situación. Si lo hacemos es probable que adopte alguna de estas dos actitudes: encerrarse en sí mismo para protegerse o realizar intentos desesperados y a veces incluso peligrosos para que alguien lo acepte.

Por otro lado un niño que no tiene amigos normalmente es un niño inseguro. Por lo tanto nosotros como adultos tenemos que reforzar esa seguridad diciéndole todo lo que hace bien en contextos sociales. También podemos corregirle, pero centrándonos siempre en comportamientos concretos y solo delante de personas en las que el niño confíe.

Que aprenda a ayudar a los demás para fomentar

La solidaridad y la cooperación son fundamentales para el desarrollo emocional. Si el niño aprende a ayudar a los demás, se sentirá más útil y valioso. También fortalecerá su capacidad para establecer empatía. Esto en el futuro será uno de los pilares de su fortaleza psicológica.

Piensa que la mejor manera de fomentar la ayuda a los demás es con tu ejemplo. Primero ayudándolo a él y de paso promoviendo esa actitud en la familia. El juego también es una vía ideal para que compruebe por sí mismo los beneficios de trabajar en equipo.

Que establezca y mantenga una rutina

Establecer una rutina es fundamental para los niños, especialmente para los más pequeños. Les da una sensación de seguridad y de estabilidad. Disminuye sus temores y sus ansiedades porque saben lo que va a ocurrir a continuación. Además, la rutina le permite al niño evaluar si está viviendo “correctamente” o no.

En principio, deben existir horarios para acostarse y levantarse. También los horarios de la comida deben estar muy definidos. Lo mismo debe ocurrir con los tiempos de escuela, de tareas e incluso de descansos. Estos horarios solo deben ser alterados si hay razones de fuerza mayor.

Que aprenda a cuidarse

Si lo que pretendemos es fomentar la resiliencia, el niño tiene que aprender a ser responsable con una motivación en el horizonte: su propio bienestar. Esto no quiere decir que deba cuidarse solo. Más bien que debe pensar en su bienestar físico y emocional cuando esté solo y no tenga el amparo de los padres o adultos de la familia.

Es importante que cuando le des la comida, le indiques por qué es saludable para él. Y la importancia que esto tiene. También es bueno que inculques la importancia del deporte, de la risa, de la higiene y la buena presentación personal. Él aprenderá el autocuidado con la práctica, en todo caso.

Que aprenda a descansar

El descanso es tan importante como el trabajo. Para realizar las actividades de forma adecuada es bueno que el cuerpo esté descansado y la mente despejada. Por ejemplo, de nada sirve estudiar mucho si no dejamos que nuestra mente asimile y procese todo ese conocimiento con el que trabajamos.

Como hemos dicho en los puntos anteriores, es bueno que des ejemplo y tú también respetes el tiempo de descanso. Por otro lado, descansar no significa necesariamente estar sin hacer nada, simplemente en muchos casos podemos lograr sus beneficios realizando actividades que no requieran un gran nivel de atención.

Que aprenda a establecer metas

Este es un elemento trascendental. Es bueno que le niño aprenda a fijarse metas razonables en función de sus capacidades y recursos. El hecho de que aprenda a marcarse metas que van a demandarle un esfuerzo, pero que a mismo tiempo puede lograr, va a ser un refuerzo enorme para su autoestima. Ya sea en la infancia o durante toda la vida.

Por otro lado, más que metas de logro, el niño necesita en esta etapa metas de cumplimiento. Esto quiere decir que, por ejemplo, en lugar de pedirle que alcance determinada calificación en la escuela, más bien la meta debe ser que aprenda unas buenas técnicas de estudio y que las ponga en práctica un rato todos los días. Celebra que lo haya hecho. Hazle ver que esto es en sí mismo un gran logro.

Que aprenda a ver las dificultades como un reto

Hay muchos pequeños eventos cotidianos que el niño ve como grandes dificultades. Recuerda que son seres frágiles e inmaduros. Para ellos, no poder alcanzar tarro que está sobre un estante puede ser fuente de gran frustración.

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Es ahí donde es bueno que entres y conviertas ese “gran problema” en algo relajado, que se puede resolver. Muéstrale con tu actitud que la angustia está de más. Cuando sea un poco más mayor, evalúa con él, animadamente, cómo se puede resolver la situación.

Si aplicas estos sencillos consejos contribuirás a que el niño sea más resiliente. Es uno de esos regalos que, si se dan en la infancia, evitan muchos problemas en esa etapa y en etapas futuras. Fomentar la resiliencia, por tanto, es uno de los grandes retos de la crianza.

Sé quién soy y no tengo nada que demostrar

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Sé quién soy y no tengo nada que demostrar

Cuando uno tiene claro quién es no necesita el visto bueno de nadie. Porque pocas sensaciones son tan liberadoras como la de vivir sin necesidad de demostrar nada, sintiéndonos auténticos, dueños de nuestras propias decisiones y arquitectos de esos mapas donde habita la dignidad y un alma sabia, libre y colorida.

No es fácil. Llegar a ese punto de nuestro ciclo vital, donde la autoexpresión y luminosidad emocional dan paso a nuestro auténtico ser, sin prejuicios y sin la angustia de ser juzgados o rechazados, supone iniciar toda una revolución interna para la cual no todo el mundo está preparado. La razón de que esto sea así se halla sobre todo en nuestra estructura mental, focalizada siempre en la evaluación ajena antes que en la autoaceptación.

“Soy como soy y así soy feliz”

Vivimos en una sociedad orientada a la galería. El mundo es como un escenario teatral donde alguien establece qué es lo normativo, qué es lo esperable y lo adecuado para que, sin demorarnos demasiado, los demás nos pongamos a bailar a ese compás. Día a día, y sin que nos demos cuenta, nos convertimos en tristes actores secundarios de historias inventadas: esas que nada tienen que ver con nuestra identidad, con nuestros valores o principios.

No olvidemos que la imagen que tenemos de nosotros mismos no se transmite culturalmente ni se hereda a través de los genes: se construye. Así como cada uno de nosotros elaboramos una representación interna del mundo que nos rodea, también edificamos teorías y conceptos sobre nosotros mismos. Esos autoesquemas pueden llevarnos a odiarnos o, por lo contrario, a amarnos en plenitud.

Optemos por lo segundo. Convirtámonos en los actores principales de nuestras propias y maravillosas historias.

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Dejar de demostrar para empezar a vivir

A cada uno de nosotros nos han enseñado a leer, a caminar y a comer de forma saludable. Cuando caemos enfermos acudimos al médico y nos recetan fármacos que curan enfermedades. Sin embargo, rara vez nos enseñan a cuidarnos psicológicamente, o aún más, a querernos a nosotros mismos.

Son muchas las personas que acuden a la consulta de un psicólogo con la desoladora convicción de que no están hechos para ser felices. Bajo las expresiones “todo me sale mal”, “todos me dejan de lado” o “relación que empiezo relación que se va al traste”, se esconde en realidad una herida subyacente, un tatuaje interno que podría resumirse del siguiente modo “he olvidado quererme a mí mismo”.

Por otro lado, resulta curioso también cómo a la hora de definirse y de explicar cómo son sus relaciones, queda claro al instante que son perfiles muy orientados hacia los demás. Son personas llenas de afecto que entienden la vida a través del cuidado y la dedicación al otro. Piensan que el simple acto de ofrecer amor y demostrar ese afecto desinteresado les traerá de vuelta el mismo regalo afectivo, la misma moneda, la misma carga de energía.

Son muchas las personas que acuden a la consulta de un psicólogo con la desoladora convicción de que no están hechos para ser felices.

mujer que no tiene nada que demostrar

En medio de esta dinámica entre lo que doy y lo que espero recibir a cambio, la persona se olvida de algo muy simple: de vivir. Nuestra existencia no se basa en esa economía de afectos de tanto ofrezco tanto recibo. En medio de ese apego enfermizo hacia los demás está nuestro propio ser, ese que espera ser apreciado, liberado y reconocido por uno mismo.

No podemos olvidar que la inmunidad al flagelo de la tristeza o la desesperanza, se consigue aprendiendo a querernos a nosotros mismos. Solo entonces celebraremos nuestro propio yo sin miedos ni reservas.

Empieza a “limpiar” el ático de tu mente

Para saber quién somos, reconocer lo que valemos y empezar a vivir con autenticidad, nada mejor que hacer una limpieza en el ático de nuestra mente. ¿La razón? Aunque nos cueste creerlo, en ese espacio privilegiado se hallan cosas inservibles, “muebles viejos” que otros han introducido por nosotros y mucho polvo viejo que es necesario retirar abriendo nuevos ventanales.

A continuación, te explicamos cómo llevarlo a cabo. Estamos seguros de que estas estrategias serán muy útiles para tu crecimiento personal.

Claves para recordar quién eres de verdad

Nuestra limpieza debe empezar tomando conciencia de algo muy sencillo: de todo aquello que nosotros no hemos puesto ahí. De lo que no hemos elegido. La mayor parte de esas cosas nos llegaron en nuestros primeros años de infancia, cuando nuestro cerebro aún no había desarrollado adecuados filtros mentales para ser críticos y valorar lo que nos transmitían.

  • Reflexiona sobre los valores o mandatos que tus padres te inculcaron y que de algún modo, no armonizan con lo que tú sientes, con lo que tú necesitas o consideras que es importante.
  • El segundo paso en nuestra limpieza interna es sacar de los rincones oscuros y polvorientos esos esquemas negativos que hemos construido sobre nosotros mismos. Generalmente, tienen forma de frases: “yo no soy capaz de…”, “a estas alturas de la vida ya no vale la pena que…”, “yo no estoy hecho para esto y lo otro…”
  • A continuación, es momento de “atrapar” a esos intrusos que habitan en el ático de tu mente. Suelen estar muy camuflados y tienen la forma del miedo, la indecisión, de los prejuicios y constante necesidad de ser aceptados… Identifícalos y diles, amablemente, que se vayan por donde han entrado.

Por último, en este proceso de limpieza siempre llega el momento de introducir ese mobiliario básico y esencial que hará de nuestro ático mental un espacio apacible, hermoso, único a la vez que saludable. Hablamos sin duda del sofá de la autoestima, de la mesa del buen autoconcepto, de las sillas que conforman nuestros valores y de esa alfombra de intensos colores que conforma nuestra dignidad y que nadie puede pisar.

Empecemos a construir la vida que deseamos orgullosos por lo que somos, felices por poseer una mente fuerte y una personalidad que se atreve a ser protagonista de su propia historia.

Vía: lamenteesmaravillosa