No pudo ser, pero mereció la pena

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No pudo ser, pero mereció la pena

“La vida, las circunstancias nos separaron, pero mereció la pena

Aún recuerdo tu forma de caminar, de mirarme, como nos reíamos juntos por las cosas más tontas… simplemente porque tú y yo éramos felices.

La vida, las circunstancias nos separaron pero mereció la pena… mereció la pena compartir confidencias contigo, abrazos, besos, deseo…

La vida, las circunstancias nos separaron pero mereció la pena…

La vida nos hizo un regalo, conocernos y querernos y no me hace falta más. No quiero ni voy a lamentarme diciendo ¡Qué mala suerte, lo perdí! ¡El Destino me lo quitó! El simple hecho de haber vivido contigo una pequeña parte de mi vida me es suficiente para sentirme afortunado.

La vida, las circunstancias nos separaron pero mereció la pena…

No voy a llorar porque ya no estés, me hiciste feliz. Tú me hiciste volver a creer en el amor, en el respeto, en la complicidad.

Tú me hiciste volver a creer en la perfecta combinación de dos seres imperfectos. Aunque me hubiese gustado seguir caminando de tu lado. 

Aunque la vida te arrastró como un fuerte huracán y ya nunca más te vi, no me importa. Tu recuerdo seguirá viviendo en mí para siempre.

Los recuerdos tienen vida

Puede que conozca otros amores, yo no me cierro. La vida tiene la habilidad de sorprenderte sin que te des cuenta. También puede que el amor no vuelva a llamar a mi puerta… realmente ¿quién puede saber esto?.

Pero ocurra lo que ocurra, tus dulces besos, tus tiernas palabras y tu forma de calmarme cuando más enfadado estaba, tendrán siempre un lugar en mi corazón.

Puede que conozca otros amores, yo no me escondo. La vida puede sorprenderme.

Pero ocurra lo que ocurra, la forma en que besabas mi frente y la cuenca de mis ojos… como cogías mis manos y las mirabas de esa forma que me hacía sentir tan especial… como me alzabas por los aires, mientras sentíamos que éramos los dueños de la felicidad, tendrán siempre un lugar en mi corazón”.

El poder de los recuerdos

Los recuerdos son las esencias de las personas, de nuestras experiencias y momentos. Son parte de nuestra historia y del recorrido de nuestras vidas.

Ya sean buenos o malos, ejercen un gran poder dentro de nosotros pues en cuestión de segundos pueden erizarnos las piel, sacarnos unas lágrimas o simplemente, dibujarnos una sonrisa.

Como en el relato anterior, que a pesar de ser conscientes de que no pudo haber sido, nos queda el recuerdo de lo vivido y lo sentido. Un recuerdo nos alimenta, nos da fuerza.

Un recuerdo nos alimenta

Por ello, aunque aquella relación no continuó por las circunstancias que sean, te queda su recuerdo, su esencia, su sello. Y aunque retomes tu vida, siempre te quedará el recuerdo de lo que fue. 

Pero sé cauteloso y no te encadenes más de lo recomendado, pues los recuerdos también pueden dejar las heridas abiertas. Ten en cuenta que:

1. Tener bonitos recuerdos de personas a las que hemos amado es bueno y positivo. Lo que no debemos es quedarnos estancados en el pasado.

La vida continúa y tenemos que continuar siendo felices y abriendo nuestra mente a nuevas experiencias y a nuevas personas que pueden traernos de nuevo la felicidad.

2. Los recuerdos vividos de una forma optimista nos benefician y nos ayudan a sentir que la vida nos ha hecho un regalo y que por ello debemos sentirnos afortunados.

Además, siempre puedes aprender de las experiencias vividas.

3. Los recuerdos forman parte de la vida. Cuando esas personas ya no están, nos ayudan a volver a tenerlos cerca de nosotros durante un ratito.

Debemos revivirlos con alegría y no con tristes nostalgias. Quédate con lo mejor y aprende de lo peor.

4. No debemos utilizar los recuerdos para atormentarnos sintiendo lo que hemos perdido. Si no tuviéramos recuerdos, nuestra vida estaría vacía.

Quizás no tendríamos nada del pasado por lo que lamentarnos, pero tampoco tendríamos nada por lo que alegrarnos.

Los recuerdos guardan vida.

“Cuando la noche callada

despierta mis sentimientos,

vienen a mi los recuerdos

como en las alas del viento.

Recuerdos dulces algunos

otros muy tristes por cierto

pero todos son recuerdos

recuerdos que yo los quiero.

Cuando vienen , yo los siento

y me golpean el pecho

yo les hablo y van derecho

a buscar los pensamientos.

Y allí conversan un rato

del tiempo que ya se ha ido

y se van como han venido

pero esta vez sin golpear

para no perturbar el sueño

que me ha venido.

“Solo recuerdos”- Julio Casati

Vía: lamenteesmaravillosa

En el reino de la hipocresía, la sinceridad es la gran incomprendida

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En el reino de la hipocresía, la sinceridad es la gran incomprendida

En los territorios donde cabalga la mentira vestida de dulce hipocresía, la sinceridad es siempre la gran incomprendida. Es como si comunicar con transparencia fuera un delito, una osadía para quien se quita las armaduras y, con educado respeto, es capaz de ir con el corazón por delante y con la verdad en su boca.

No es fácil. En la actualidad son muchos los sociólogos y analistas que definen a una buena parte de la población como entidades pasivas, como meros testigos de lo que acontece en ese mundo que se enmarca en un televisor. La hipocresía reina en muchas de nuestras esferas políticas, en ciertos escenarios laborales e incluso en la intimidad de algunas de nuestras casas, sin que reaccionemos ante ella.

Hay quien opta por el silencio y por esa supuesta pasividad por simple y absoluto cansancio. Porque ya sabemos “de qué pie cojea” ese familiar, ese directivo o ese compañero de trabajo. Sabemos que abundan en exceso aquellos que defienden la igualdad, pero que en su interior desprecian en secreto que otros tengan sus mismos derechos, sus mismas oportunidades.

Sin temor a equivocarnos, podríamos decir que hay una dimensión mucho más tosca, oscura y peliaguda que la propia mentira: la hipocresía. Es nada más y nada menos que una falta de honestidad muy sibilina, ahí donde uno esconde la propia personalidad mientras se exhibe una nobleza moral intachable.

Puesto que estamos seguros de que conoces a más de un persona con dichas características, te proponemos ahondar en el tema para disponer de más estrategias para actuar ante ellas.

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Normalizamos la hipocresía casi sin darnos cuenta

De niños los adultos nos enseñan que la verdad es buena y que mentir es una costumbre que es mejor no adquirir. Nos inician en una práctica de la que tarde o temprano descubrimos sinuosos recovecos, afinados matices. Tal y como nos explicó Lawrence Kohlberg en su teoría sobre el desarrollo moral, es en la segunda etapa, en la llamada “moral convencional”, cuando en el niño de entre 10 y 13 años desarrolla ya un inicio de conciencia sobre el sentido de la justicia, descubriendo además cómo los adultos pueden caer en sus propias contradicciones.

Nos exigen sinceridad, pero son muchos los que se ofenden si decimos la verdad. Poco a poco llegamos a unas situaciones en las que nos preguntamos qué puede ser mejor: ofender con la sinceridad o mentir por simple educación. Tarde o temprano asumimos que la hipocresía reina e impera, y que con ella, se construye una falsa convivencia; una convivencia donde exhibir gloriosos principios morales y bellas ideologías bajo las cuales, a menudo, se esconde la cobardía o la simple despreocupación por los demás.

La hipocresía está plenamente institucionalizada en nuestra sociedad, la hemos normalizado. Sin embargo, y aquí llega el dato curioso, la mayoría tenemos un radar siempre actualizado que sabe detectarla. La vemos en nuestros políticos, en alguno de nuestros familiares o compañeros de trabajo y sin embargo no reaccionamos ante ella. De algún modo, somos conscientes de que es una batalla casi perdida: es una tarea difícil cambiar a quien ni tan siquiera es honesto consigo mismo.

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A la falsedad se la supera siendo siempre auténticos

Hay varios tipos de hipocresía. Están los que exhiben grandes atributos para esconder oscuros principios morales: el racismo, el machismo, una mente retrógrada. Sin embargo, el tipo de falsedad que más abunda es la de esa persona que busca encajar, ser aceptado e incluso alabado. Por ello, no dudará en defender hoy el color rojo y mañana el color verde y al otro el azul, dependiendo siempre de en qué escenario se mueva.

Estar orientados en todo momento por la opinión de los demás vulnera nuestra autoestima y evita que practiquemos, por ejemplo, esa autoevaluación con la cual, vivir siempre de acuerdo a nuestros propios valores a pesar de que a los demás, no les agraden.

Veamos ahora cómo deberíamos actuar ante esas personas habituadas a vivir en el reino de la hipocresía.

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Cómo reaccionar frente a la hipocresía

A la hipocresía no se la vence, se la encara. Tal y como hemos señalado con anterioridad, cambiar al hipócrita es una batalla perdida, pero lo que sí podemos hacer es dar ejemplo, ser auténticos y desactivar la influencia que puedan tener sobre nosotros.

  • Recuerda en todo momento que las únicas expectativas a las que debes obedecer son a las tuyas propias. Lo que el hipócrita te recomiende con su falsa vara de medir tiene menos importancia que el polvo que se acumula en las estanterías de tu hogar.
  • Los hipócritas siempre caen en sus propias contradicciones. Cuando las veas, no las ataques, ni inicies discusiones con ellos: te darán mil argumentos para justificarse. Limítate solo a señalar su contradicción, algo corto y firme.
  • Si estás obligado a tratar cada día con una persona hipócrita, ten en cuenta que intentará sabotearte muy a menudo. Calificará tus actuaciones y te etiquetará. Si para esa persona eres un espejo en el que ve lo que no le gusta, una de las opciones que tendrá para terminar con su malestar será acabar con el espejo, o sea, contigo.

Mantén siempre un diálogo interno contigo mismo para recordar quién eres, cuáles son tus valores y cuáles tus grandezas. Lo que diga, haga o piense el hipócrita no vale ni cuenta en tu vida. Solo es aire, solo es el aliento de una marioneta algo cobarde que ha hecho de la falsedad su reino de naipes.

Tarde o temprano, caerá.

Vía: lamenteesmaravillosa

En la oscuridad, siempre hay personas “encendidas” que nos guían

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En la oscuridad, siempre hay personas “encendidas” que nos guían

En épocas de oscuridad siempre hay personas “encendidas” que nos guían. Son como la luz del sol atravesando una vidriera para inspirarnos, para darnos esperanzas en esos momentos en que se pierde el rumbo, los ánimos y el norte de nuestras brújulas vitales. Son medicina para el corazón en instantes de adversidad.

Hemos de admitirlo: todos necesitamos a alguien que se preocupe por nosotros. Podemos amar nuestra independencia, nuestra orgullosa autosuficiencia y pensar incluso que nosotros mismos llevamos el sol por dentro. Sin embargo, cuando hay tempestad por fuera tarde o temprano surgen las goteras de la tristeza, los coladeros del miedo, el insomnio y ese desconcierto vital que solo el apoyo afectivo, la empatía y el cariño pueden aliviar.

Ahora bien, aquí llega el dato curioso: desde la psicología social nos revelan que conferir apoyo emocional es un arte que no todo el mundo sabe ofrecer de forma adecuada. Por curioso que nos parezca, en ocasiones, quien más nos quiere puede darnos un tipo de atención tan desmesurada capaz de generar en nosotros cierta sensación de dependencia, de ineficacia o debilidad.

El tipo de apoyo más eficaz es aquel que está siempre presente pero de una forma sutil, envolvente y auténtica. Hablamos también de ese tipo de ayuda donde ninguno de los dos miembros sentirá que está en deuda el uno con el otro, porque no hay “donantes” y “receptores” de afecto, lo que hay es un vínculo donde habita una reciprocidad fluida, sutil y maravillosa.

Te proponemos reflexionar sobre este tema tan interesante y a la vez, dotado de diversos matices.

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Personas que erosionan y personas “encendidas”

Todos sabemos qué es la empatía y cuál es su impacto en nuestras relaciones cotidianas. Ahora bien, estamos seguros de que en más de una ocasión, cuando tratas con alguien incapaz de conectar con los demás, alguien con ciertos matices agresivos, hostiles y hasta destructivos, sueles decir aquello de “esta persona no tiene empatía“.

Simon Baron-Cohen, profesor de la Universidad de Cambridge y experto en el desarrollo de la psicopatología, define estos rasgos psicológicos bajo un término que vale la pena recordar: “empatía erosiva”. Según él, este comportamiento surge cuando alguien, no deja solo de “conectar” con el prójimo, sino que además va erosionando, minando y fragmentando con persistente lentitud a quien tiene más cerca. Son perfiles dotados, efectivamente, de cierta oscuridad.

En el polo opuesto, están sin duda las personas “encendidas”. Más que verlas como personalidades de gran nobleza y bondad, podemos definirlas como hombres y mujeres que “saben ser y dejan ser”, como facilitadores de armonía interna, como hiladores emocionales que reúnen nuestros pedazos rotos para recordarnos, una vez más, lo hermosos e importantes que podemos ser.

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Características psicológicas de las personas “encendidas”

Señalábamos al inicio que dar apoyo es en realidad un tipo de arte que no todo el mundo sabe practicar. Por ejemplo, algo que vale la pena recordar es que en el momento en que se diferencia claramente al donante del receptor pueden surgir, en ocasiones, ciertas incomodidades. El receptor puede sentirse “deudor” o convertirse en dependiente de un donante que disfruta de su papel de cuidador.

  • Las personas encendidas, por su parte, no asumen en ningún instante un papel de cuidador: son facilitadores.
  • Saben estar sin controlar, sin juzgar y sin ejercer en ningún momento una atención constante donde la otra persona acabe desarrollando cierta dependencia. Son expertos en generar un auténtico crecimiento personal.
  • Respetan espacios, saben estar cuando es necesario y proteger la intimidad del otro cuando así lo necesita.
  • Son presencias presentes pero siempre sutiles, con la habilidad excepcional de recordarnos quiénes somos. Se preocupan, traen positividad, ánimos y esperanzas para sintonizarnos una vez más, al rumor de la vida, del optimismo.

Cómo aprender a dar luz, cómo ofrecer un apoyo emocional auténtico

Las personas “encendidas” nos guían en tiempos de dificultad, nos acompañas en instantes de bienestar y nos inspiran en la cotidianidad del día a día. Eso es algo que todos sabemos. Ahora bien… ¿seríamos nosotros capaces de ofrecerles un apoyo con una calidad y autenticidad semejante?

Lo creamos o no, ofrecer apoyo emocional no es fácil. Hacerlo requiere de un autoconocimiento muy profundo, de una buena gestión de las propias emociones y de una descentralización de ese “yo” donde permitirnos descubrir al otro para empatizar en todos los sentidos.

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Claves para desarrollar un apoyo real

Hay quien logra empatizar afectivamente con la otra persona pero no llega nunca a desarrollar una empatía cognitiva. No se trata por tanto solo de “sentir” lo que quien está ante mí esta experimentando, debo comprenderlo.

  • A su vez, es necesario desarrollar una precisión empática. Hablamos de esa habilidad para inferir de modo correcto el estado mental en el que se encuentra la otra persona. Para ello, hay que saber hacer las preguntas correctas, no emitir juicios en voz alta y escuchar con atención.
  • Evita aumentar la ansiedad de la otra persona con las clásicas expresiones de “eso no es nada”  “podría ser peor”.
  • A su vez, hemos de tener en cuenta que quien lo está pasando realmente mal no le valen tampoco las típicas frases buenistas de “estoy aquí para lo que necesites” o “puedes contar conmigo”. Más que palabras se necesitan hechos reales, tangibles y visibles

Las personas “encendidas” son de pocas palabras, pero de grandes actos. Estarán a tu lado antes de se lo pidas y leerán en tu mirada tus pesares, tus tristezas. Para concluir, lo que a veces entendemos por apoyo, en realidad no lo es tanto. El buen apoyo no se basa solo en decir lo correcto, sino también en hacer lo apropiado a través de pequeños actos de bondad y de un interés sincero.

Vía: lamenteesmaravillosa

Piénsalo, ¿vas a rendirte ahora?

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Piénsalo, ¿vas a rendirte ahora?

Hoy es ese día. Te has vuelto a caer, has vuelto a fallar. Parece que por mucho que te esfuerces no serás capaz de conquistar esa montaña en cuya cima descansan tus sueños. Sabes que todo requiere esfuerzo, pero empiezas a pensar que quizás ya ha llegado la hora de rendirte. Quizás tanto esfuerzo ya no merezca la pena.

Pero, entonces, comienzas a recordar todos los pasos del camino. Todo el esfuerzo, la lucha y la constancia, todo lo que has aprendido y una pequeña sonrisa se cuela en medio de tu rostro. Sabías que esto era duro, pero también sabes que aunque aún no hayas conquistado la cima, has conquistado parte del camino, parte de tu vida.

Ya no eres la que empezó la escalada a la montaña. Ahora conoces tus límites al igual que conoces todo de lo que eres capaz. Sabes que has aprendido mucho en todos los sentidos. Sí, has sufrido, pero también has sido feliz, valiente, te has arriesgado y has conquistado varios de tus miedos. Y es entonces cuando surge la pregunta, ¿vas a rendirte ahora?

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¿Quién dijo que volver a empezar es fracasar?

¿Quién dijo que volver a empezar es fracasar? ¿Quién dijo que volver a intentarlo era una locura? Probablemente alguien que se ha rendido muchas veces en su vida. Alguien que tiene más miedo a volver a fracasar que valor para enfrentarse a ese miedo. Alguien que, por tanto, es el menos indicado para dar consejos.

Volver a empezar es volver a soñar, es volver a vivir la vida que uno busca. Es buscar ser lo que realmente sueñas ser. Solo por eso hay que seguir insistiendo cuantas veces sea necesario. Al menos hasta que tus sueños cambien. Porque solo así, sin rendirte, estarás satisfecha contigo misma por todo lo que has dado. No permitas que nadie te diga que es mejor resignarse a lo fácil que luchar por lo que te hace feliz.

Y si la idea de algo te hace feliz, aunque aún no lo tengas, entonces siempre merecerá la pena lucharlo. Porque al final el camino será olvidado por muy tortuoso que haya sido. Nuestra memoria suele recordar mejor los momentos más bonitos, y conseguir lo que más deseas hará que los malos momentos del camino ya no sean piedras, sino arena sobre la que poder caminar descalza recordando lo vivido.

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Traicionarte a ti mismo es fracasar, volver a intentarlo es luchar

Destierra de tu cabeza al idea de que un fallo es un fracaso o de que un abandono es necesariamente un error. Un fracaso es traicionar tus valores, es preferir el conformismo a la posibilidad cuando esa posibilidad es anhelada. Por otro lado, no es un fracaso ser prudente; es más, la prudencia puede ser la opción más inteligente una vez que se han agotado las posibilidades, o las que quedan por explorar exigen un coste muy alto: más vale tirar una toalla que una vida.

Volver a intentarlo con determinación hace que, de repente, todo se vuelva más simple porque eres más sabio. Te has quitado de encima la mochila de las dudas y las has cambiado por una experiencia rica en conocimiento. Las opiniones de los demás, de los que te animan a rendirte, son de los demás y por ello dejan de afectarte. Empiezas a vivir de acuerdo a lo que sientes.

Y entonces será cuando pronto mirarás atrás y dirás: “ya pasó, lo logré”. Porque sé que podrás hacerlo. Porque sé que eres más fuerte que nadie cuando luchas por lo que deseas, y aunque ahora dudes, créeme, puedes. Y también sé que no es casualidad que ahora estés leyendo esto, es porque estás a punto de tocar la cima con la yema de los dedos. Sigue un poco más que estás a punto de llegar. Confía en ti y en todo lo que vales!

Vía: lamenteesmaravillosa

Para convivir en armonía es necesario sumar, no restar

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Para convivir en armonía es necesario sumar, no restar

Estoy en esa etapa de la vida donde ya cansan las medias verdades, las falsas apariencias y las presencias interesadas. En este mundo, nutrido a veces de días oscuros y personas intermitentes, quiero compañías que sepan sumar, no que resten; deseo vínculos que sean mi faro iluminado para construir un horizonte más libre, ilusionado.

Los expertos en psicología social y liderazgo nos recuerdan una sensación que todos habremos experimentado alguna vez. Hay personas que causan un impacto indefinible cuando entran a una habitación. En ocasiones, la famosa expresión “tener luz” parece ser auténtica, creíble. Son presencias que por alguna razón, nos transmiten calma y armonía.

Esta facultad tiene poco de magia, en realidad es pura psicología, y el proceso que favorece esta “impregnación emocional” se debe a una dimensión que se define como “conciencia cognitiva”. Es decir, la persona que ejerce esta influencia positiva ha elegido de forma consciente ese estado. Está bien consigo misma, no hay conflictos, no hay rencor, solo un equilibrio interior que a su vez, llega a quienes le rodean.

Estas, son sin duda personalidades que saben sumar, perfiles que cohesionan escenarios, que hacen fluir los pequeños entornos en los que se mueven y que por lo general, son muy hábiles a la hora de “abrir sus paraguas emocionales” para protegerse de las malas artes ajenas, de las manipulaciones y de los traficantes de culpa.

Te proponemos reflexionar sobre ello y ante todo, aprender alguna estrategia de este tipo de personas.

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Saber sumar y convivir es apartar fronteras

Vivimos en un mundo complejo, en territorios dotados de una carga energética positiva o negativa en base al tipo de interacción humana que en ella, se lleve a cabo cada día. Sabemos también que están muy de moda etiquetas tan manidas, como la ya clásica “toxicidad o persona tóxica“, sin embargo, más allá de estos polémicos términos hay algo que está claro y que debemos asumir: siempre van a existir perfiles de comportamiento que nos amarguen la existencia directa o indirectamente.

Hay personas que no saben sumar, lo sabemos, amigos, compañeros o familiares que no entienden ni entenderán que para convivir no basta solo con atender y saciar las necesidades propias a toda costa. Cabe decir, no obstante, que a veces, tras la “supuesta” persona tóxica existe un problema concreto, como una depresión encubierta que requiere sin duda de nuestra sensibilidad.

Es necesario pues saber intuir, leer entre líneas y no recurrir al instante a esa frontera radical donde dejar a unos con sus miserias mientras otros, nos colocamos los escudos y las máscaras antigás para que no nos impregnen con su negatividad. Convivir requiere también saber comprender, ser empático y no poner distancias sin saber antes, cuál es la raíz de la discrepancia. 

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Personas que saben brillar, personas que saben convivir

Hablábamos al inicio de las personas que saben brillar y que disponen de eso que hemos definido como conciencia cognitiva. Se trata ante todo de un constructo realmente útil que todos deberíamos aprender a practicar, a hacer nuestro para dotar a nuestros ambientes cotidianos de esa energía que crea cohesión, y que a su vez nos da la oportunidad de defendernos con respeto, con auténtica inteligencia emocional.

Grande es quien para brillar no necesita apagar la luz de los demás

A continuación, te invitamos a reflexionar sobre las dimensiones que dan forma a este comportamiento tan lleno de armonía, de equilibrio interior.

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Cómo desarrollar una conciencia cognitiva saludable y útil

Para crear un buen impacto en nuestros contextos cotidianos y favorecer esa necesitada cohesión, es necesario primero “cohesionarnos” por dentro, es decir, saber qué ocurre en nuestro interior. Debemos aprender a ser cognitivamente conscientes.

  • Para sumar y no restar, no debemos prestar atención solo a nuestro exterior. No se trata únicamente de ir con toda la buena voluntad del mundo para ayudar, para “caer bien”, para resolver necesidades ajenas. Quien se centra solo en el exterior se descuida a sí mismo, y la armonía, también se pierde.
  • Es necesario, por tanto, desarrollar una auténtica calma interior, recordar cuáles son nuestros valores, cuáles nuestras fortalezas, reafirmando siempre nuestra autoestima como ese faro de luz que nunca hay que perder de vista.
  • Por otro lado, también es muy positivo poner en práctica una adecuada conciencia sensorial. Debemos intuir, sentir y saber entender las emociones ajenas, ese mundo de los sentidos que a menudo nos envuelven y nos aprisionan.
  • La persona que sabe brillar, que sabe sumar, es capaz de entender y descifrar ese mundo emocional para canalizarlo como es debido. Desarrollará un adecuado y respetuoso “desapego emocional” hacia quien gusta traer conflictos, críticas y amarguras infundadas.
  • A su vez, sabrá sintonizar con la persona que camufla sus necesidades reales mediante esa hostilidad o mal humor donde a veces, yace la soledad, el miedo o la depresión.

Para concluir, la verdadera convivencia no implica crear fronteras ni expatriarnos ante lo que no nos gusta o no entendemos. Se trata de crear puentes, de respetar opiniones distintas, de entender a quien sufre en silencio y de hacer brillar a quien en ocasiones cae en un nubarrón de oscuro desconcierto.

La distancia auténtica la guardaremos para cuando nos infligen un daño auténtico. Porque en esta vida, quien sabe sumar no es cautivo de nada ni nadie; es alguien libre, feliz por ser quien es y que a su vez, es capaz de transmitir su bienestar a quienes le rodean.

Vía: lamenteesmaravillosa

La desconexión interior, cuando descuidamos nuestras emociones

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La desconexión interior, cuando descuidamos nuestras emociones

La desconexión interior es un mecanismo de defensa que muchos suelen practicar. Es elegir no sentir para no sufrir, es “enfriar” el corazón para proteger el alma de nuevos fracasos, de nuevas decepciones y heridas que no cicatrizan. Ahora bien, esta estrategia lo que va a conseguir en realidad es alejarnos de una participación saludable de la vida.

Analicemos por un momento qué finalidad tienen nuestras emociones. Cada vez que se activan en el cerebro ejercen una reacción en todo nuestro ser. La repugnancia, por ejemplo, nos aleja de algo o alguien. El cariño, la ilusión, el afecto o la pasión nos conectan y nos inyectan todo un torrente de dinámicas con las cuales, ser más energéticos o creativos que nunca.

Sin embargo, quien piense que las emociones negativas no tienen ningún fin o que su único propósito es traernos la infelicidad se equivoca. En realidad, son ellas las que han permitido que el ser humano se adapte, aprenda y avance a lo largo de su evolución y su ciclo vital. El miedo o la angustia son mecanismos de supervivencia, son señales de alarma que debemos saber interpretar para poder traducirlas en respuestas adaptativas que garanticen nuestra integridad.

Desde la neurociencia, y a través de libros tan interesantes como “A new view of pain as a homeostatic emotion” (Una nueva visión del dolor como principio de la emoción homeostática), se nos explica algo muy revelador: el hombre moderno experimenta mucho miedo. A pesar de carecer de depredadores externos o de peligros físicos concretos, el temor de este mundo avanzado es mucho más profundo y laberíntico.

Hablamos de los temores internos, de esos demonios personales que nos paralizan, que nos quitan el aire y que tienen, sin duda, múltiples orígenes. Ante nuestra incapacidad para gestionarlos, a menudo, optamos sencillamente por aplicar el síndrome de desconexión emocional.

Te proponemos reflexionar sobre este concepto que, tal vez, te sea ya muy conocido.

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El síndrome de desconexión interior: un mecanismo de defensa demasiado común

Imaginemos por un momento a una persona ficticia con un nombre cualquiera: Miguel. Este joven cuenta ya con un pasado afectivo surtido numerosos fracasos. Su nivel de decepción es tan profundo que ha iniciado una nueva etapa en su vida donde reduce su grado de compromiso emocional a la mínima expresión. No quiere volver a sufrir ni experimentar más desilusiones, más desengaños.

Sus mecanismos de defensa para lograr este objetivo son muy afinados: ha iniciado una compleja disociación entre pensamientos y emociones hasta el punto de “intelectualizar” cualquier hecho. De este modo, protege su aislamiento emocional en todo momento con razonamientos como el siguiente: “Soy feliz estando solo, pienso que el amor es una pérdida de tiempo y algo que frena mi futuro profesional”.

Miguel ha desarrollado lo que se conoce como síndrome de desconexión interior para dejar a un lado los desencantos del pasado, procurando  así que no vuelvan a repetirse. No obstante, y aquí llega el dato más revelador: además de poner muros a una participación saludable de la vida, lo que está consiguiendo nuestro protagonista es hundirse en el mismo vacío emocional del que deseaba protegerse.

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Los efectos de la desconexión emocional

Si para Miguel amar es sufrir, cerrar las puertas al amor supone a menudo trasladar ese mismo sufrimiento a todos los ámbitos de su vida. La desconexión emocional es un virus implacable que avanza despacio conquistando múltiples territorios. Porque la persona que lo experimenta deja de registrar internamente el cariño y el afecto como algo significativo.

Al poco, emergerá la sibilina frustración, la afilada amargura, el implacable mal humor y ese malestar emocional que tarde o temprano, se traduce en dolor físico, en insomnio, en diversas enfermedades y cómo no, en la sombra de una depresión

Vivir conectado a nuestras emociones: un salvavidas cotidiano

Hablábamos al inicio del peso de las emociones negativas en nuestra vida. Las definíamos como mecanismos de supervivencia; sin embargo, como hemos podido ver en el ejemplo anterior, muchos de nosotros en lugar de atenderlas y entenderlas, las colocamos en el ancla de nuestros barcos mentales para sumergirlas en el vacío de la indiferencia. Del olvido.

Elegir no sentir para no sufrir no tiene sentido. No lo tiene porque el ser humano, por mucho que nos digan, no es una entidad racional ni un ordenador. Somos un cúmulo de fabulosas emociones que nos guían y que nos dan la vida para conectar los unos con los otros, para aprender después de las caídas, para llorar las penas, reír la felicidad y avanzar con el rostro alto tras sortear esos peligros de los cuales, hemos obtenido una lección.

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Desde la neurociencia nos recuerdan que la desconexión interior que nace de un conjunto de emociones negativas no es útil ni saludable. Las emociones negativas, como el miedo o el disgusto, tienen un propósito y dan forma a algo que los científicos definen como “impulso homeostático”. El ser humano está diseñado para actuar, no para quedar aislado en sus islas de insatisfacción. 

Cuando nuestro equilibrio interior se ve perturbado, una buena idea es aunar energías, ser creativos, valientes para recuperar esa homeostasis interna; así alcanzaremos esa plenitud emocional o ese punto perfecto donde nada duele y nada se echa falta. Permitámonos “sentir” de nuevo para conectar primero con nosotros mismos y después atrevernos a establecer contacto con quienes nos rodean.

Al fin y al cabo, nuestro cerebro es una maravillosa entidad social y emocional que necesita de los demás para estar bien, para estar en paz y en necesitado equilibrio. Cuidemos  entonces de nuestras emociones.

Vía: lamenteesmaravillosa

Cada día me siento más ligera, más ilusionada y menos perfecta

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Cada día me siento más ligera, más ilusionada y menos perfecta

Cada día me percibo a mí misma menos perfecta, y esa sensación, lejos de preocuparme me enorgullece y me permite ser más mucho libre: más yo. Ahora, avanzo más ligera, sin pesos ajenos, sin espinas en el corazón y sin piedras bajo el zapato que entorpezcan mi avance ilusionado, mi caminar lleno de armonía y de múltiples posibilidades.

Todas estas ideas se resumen en un término que está muy de actualidad: crecimiento personal. La industria editorial pone a nuestro alcance múltiples enfoques, estrategias y afinadas habilidades para que demos el paso: para que propiciemos una inversión auténtica en nosotros mismos. Ahora bien, hallar esos talentos ocultos, potenciarlos y mirar el horizonte con la mente más clara y el corazón encendido no es algo precisamente fácil.

Asimismo, un aspecto que vale la pena destacar, y que su vez tiene muy claro el mercado editorial, es que el público que más demanda este tipo de lecturas sobre desarrollo y crecimiento personal son mujeres. El género femenino busca sobrepasar fronteras de sus propios contextos para crecer, y a su vez, transformar sus realidades y una sociedad donde los cambios siguen siendo muy lentos, y donde lo masculino sigue llenando aún la mayoría de las esferas.

No es sencillo. Vivimos en un mundo donde, curiosamente, el crecimiento es un imperativo fundamental en cualquier organización. Todo negocio se rige sobre una ley esencial: o se crece o se perece. Sin embargo, a nivel humano esta necesidad no es tan explícita. Porque a veces, “crecer” implica dejar de tener miedo a levantar la voz, implica también atreverse a desafiar lo establecido para demostrar todo aquello de lo que somos capaces. Un aspecto que el género femenino está consiguiendo ya a pasos agigantados.

Te proponemos reflexionar sobre ello con nosotros.

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El crecimiento personal también implica “ir más allá de nosotros mismos”

La mayoría de nuestros lectores conocerán sin duda la famosa pirámide de necesidades de Abraham Maslow. Esta teoría enunciada en 1940 ponía sobre su cúspide el concepto de autorrealización como el reflejo de una persona que, en apariencia, había logrado por fin su auténtico desarrollo personal.

Ahora bien, lo que no todo el mundo sabe es que el propio Abraham Maslow se dio cuenta dos décadas después de que su teoría fallaba. Había algo incorrecto. La búsqueda de la autorrealización implica que centremos todos nuestros esfuerzos, habilidades y energías sobre nuestra propia persona en exclusividad. Ansiamos ser capaces, independientes, creativos, valientes y por encima de todo autoabastecernos en casi cualquier aspecto.

Maslow percibió que la mayoría de personas interpretaban la cumbre de su pirámide como la corona que se le otorga a un individuo engrandecido que se percibe así mismo como alguien hábil, fuerte y a su vez, desconectado de su entorno. Parecía no existir por tanto un bien común, un propósito más elevado. Su enfoque no era correcto. De ahí, que introdujera otra dimensión que fuera más allá de esa autocomplacencia, de esa entropía personal para alcanzar un propósito mayor: lo llamó autotrascendencia.

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Curiosamente, esa necesidad de autotrascendencia es lo que caracteriza a la gran mayoría de mujeres que cada día se interesan por cultivarse en el mundo del desarrollo y el crecimiento personal. La mujer de hoy tiene muy claras cuáles son sus identidades, cuáles sus potencialidades. No necesita “exaltar” lo que ya es, no quiere autocomplacerse, busca ante todo trascender, ir más allá de los límites que otros le han impuesto para tomar contacto con su entorno y cambiarlo.

Menos perfecta y libre de las expectativas ajenas

La mujer no necesita ser perfecta para dar lo mejor de sí y alcanzar el éxito. Necesita solo ser ella misma. La doctora Saskia Sassen, una conocida socióloga y escritora holandesa conocida por sus trabajos sobre las “ciudades globales”, nos explica que la mayoría de nosotros estamos obligados a adaptarnos a un mundo que, sencillamente, no funciona.

El género femenino, por tanto, debe tener muy claro un aspecto esencial: antes de propiciar ese  ansiado desarrollo personal o esa autotrascendecia debe “liberarse”. Es necesario romper con los estereotipos, los mandatos invisibles, los prejuicios y esas expectativas caducas hacia las cuales, muchas se sienten aún prisioneras.

No es necesario ser perfecta para ser validada como persona. No existen los cuerpos perfectos, las profesionales perfectas e infalibles, ni las madres perfectas, ni las perfectas amigas, ni aún menos las hijas ideales o las ideales esposas.

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Somos lo que somos y aspiramos a ser lo que sin duda, merecemos. Para lograrlo, es necesario tener un enfoque de vida, una ilusión, unos objetivos, unas pasiones que colocar en nuestro horizonte para luchar por ellas cada día, a cada instante. En segundo lugar, debemos dejar a un lado las expectativas ajenas para asumir las propias: son las únicas que valen de verdad.

La tercera y no menos valiosa, es ser siempre nosotras mismas, sin contradicciones, sin falsos enfoques, sin sesgos que contradigan nuestras propias esencias. Solo así viviremos en armonía, solo así nos atenderemos como merecemos dando a su vez a los demás y a este mundo, lo mejor de nuestro ser para hacerlo un poco más respetuoso, más digno.

Vía: lamenteesmaravillosa

Las palabras no se las lleva el viento

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Las palabras no se las lleva el viento

Es verdad que nuestra memoria comete fallos, pero de ahí a decir que no existe hay un largo camino. Un sendero que no está exento de importancia y que a veces es terreno fértil para aquellos que se quieren quitar de encima los compromisos que han adquirido. Gracias a estos oportunistas se ha popularizado la expresión de que “las palabras se las lleva en viento”.

Esta metáfora en el fondo lo que dice es que aquello que se enuncia y no se escribe y se firma tiene un peso menor al de una hoja caduca y amarillenta, de las que caen de los árboles en otoño. Quizás en el ámbito legal sea así, pero en el ámbito personal esto dista mucho de funcionar de esta manera.

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¿Cumplirá con su compromiso?

Como decíamos al principio, contamos con una memoria que patina, pero memoria al fin y al cabo. Es en este lugar donde quedan grabados los compromisos personales que adquirimos y que los demás adquieren con nosotros. Cuando nuestra hermana se compromete a recoger hoy a los niños no firma ningún documento legal para corroborarlo, simplemente dice que acudirá. Nos da su palabra, que rubrica con su identidad.

Así, a su palabra queda ella misma adherida. Algo que en teoría en las relaciones humanas debería pesar más que un garabato en forma de rúbrica. Por otro lado nos fiaremos de esa palabra en función de el número de veces que le haya cumplido en el pasado y tomaremos especialmente en cuenta aquellas que han supuesto un coste similar para la persona que nos ha dado su palabra.

Es decir, si sabemos que nuestra hermana esa tarde no tenía planes ni es probable que le surjan, intentaremos encontrar situaciones en las que haya adquirido un compromiso sobre el que también hemos pensado que tenía un coste bajo para ella. Una vez localizadas, las utilizaremos para estimar si cumplirá o no cumplirá.

Por el contrario, si vive lejos y sabemos que esa tarde tiene una actividad que le gusta y que podría interferir en horario, acudiremos a las veces en las que recordemos que ha adquirido un compromiso con un coste alto. De este modo, también las utilizaremos para estimar si cumplirá o no cumplirá.

Para esta estimación también evaluaremos otros factores, como las posibles motivaciones para adquirir ese compromiso. Puede que le encanten los niños y vea los ratos que pasa con sus sobrinos como momentos de disfrute y deleite. Esto disminuirá sin duda el coste estimado en caso de haberlo. Por el contrario lo aumentará si no disfruta de la compañía de sus sobrinos y, por el contrario, parece sufrirla.

Finalmente decir que el incremento del coste no tiene por qué aumentar necesariamente las probabilidades de que alguien incumpla su palabra. Hay determinadas personas que por diferentes razones, como revindicarse como generosas, pueden responder a compromisos de coste alto y no hacerlos frente a aquellos que tienen un coste bajo.

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Las palabras que hieren, las palabras que dan fuerza

Hay otro tipo de palabras que difícilmente se lleva el viento de nuestra memoria y es aquellas que nos han dicho las personas que apreciamos y que nos hicieron mucho daño. Puede que entendamos que las dijeron en un momento de frustración y que después hayamos comprendido que no las sentían, pero no es tan fácil borrarlas de la memoria como el viento puede llevarse a la hoja que cae lentamente del árbol.

El problema es que estas palabras quedaron registradas junto a una profunda huella emocional y nuestra memoria no suele olvidar lo que provoca huellas profundas. Hay una excepción: que el hecho sobrepase nuestra capacidad de asimilación emocional y tape el recuerdo con una amnesia disociativa.

Sin embargo, incluso con este tipo de amnesia, la persona podría tener sentimientos de rechazo hacia la persona que la hirió aunque no sepa explicar por qué. De esta menea las palabras que pronunciamos no son elementos inocuos lanzados al aire escritas con lápices de borrado fácil. Muy al contrario, son elementos de influencia que pueden no borrarse nunca.

Finalmente, señalar un último dato importante, aunque este es un tema que daría para un libro entero. Las palabras que recibimos dejan huella en nosotros, pero también la dejan las que decimos. Igual que hemos hablado de un profundo daño por las palabras escuchadas, también las que pronunciamos pueden dejarnos sentimientos muy intensos, como la culpa (en negativo) o el orgullo (en positivo). De manera que no, las palabras no se las lleva el viento. Algunas incluso ni un huracán.

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Vía: lamenteesmaravillosa

Para brillar con luz propia no necesito a una pareja a mi lado

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Para brillar con luz propia no necesito a una pareja a mi lado

Aunque mucha gente crea lo contrario, no lo necesitas: no es necesario tener una pareja para brillar con luz propia. Porque tú ya llegaste al mundo con una estrella en tu interior, es la misma que te guía en noches de oscuridad y ella quien, cuando así lo quiere y si se da la oportunidad, elige salir a bailar con otra estrella igual de luminosa.

Decía Platón con gran sabiduría que “al contacto del amor todo el mundo se vuelve poeta”. De pronto, hallamos fortalezas donde las creíamos perdidas y el mundo, sin más, adquiere una pátina de luminoso esplendor. Este éxtasis emocional es algo que sin duda merece vivirse. Sin embargo, la pasión no es el único estado del que vive el ser humano. También se puede brillar en soledad, en ese estado de calma y satisfacción personal donde nada sobra y nada falta.

 

Una pareja puede darnos vitalidad, felicidad, sexualidad, ternura e intimidad. Sin embargo, y esto deberíamos tenerlo claro, al ser amado no se le puede utilizar como pócima mágica para sanar nuestras insatisfacciones vitales. Si tú no brillas por dentro, no puedes arrebatarle la luz a otra persona esperando que su energía valga para ambos. Valdrá durante un tiempo limitado, pero al poco, se irá apagando en un lento fenecer.

A día de hoy, muchos de nosotros vivimos aún encapsulados en ciertas ideas preconcebidas sobre un amor ideal que ha de llegar para apagar nuestras frustraciones. Sin embargo, las frustraciones no se apagan, ni se destruyen, ni escapan por el coladero de los sueños rotos, sino que se superan en primera persona.

Te proponemos reflexionar sobre ello.

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Brillar con luz propia, un don reservado a unos pocos

Las polillas son unos seres tristemente fascinantes. Presentan fototaxis positiva, es decir, se sienten atraídas por la luz. La Luna, por ejemplo, les sirve de guía y de orientación en sus migraciones nocturnas y en sus rituales de apareamiento. Sin embargo, en la actualidad, debido a la gran contaminación lumínica de origen artificial, cada vez hay menos polillas. Asimismo, en su absoluta atracción hacia los focos de luz, es común ver cómo acaban perdiendo la vida al revolotear alrededor de las bombillas de nuestras casas.

Grande es quien para brillar, no necesita apagar la luz de los demás

En las relaciones afectivas suele suceder algo similar. Hay personas que tienen luz propia, son casi como auténticas “bombillas” en medio de la oscuridad. Son seres que pueden brillar porque gozan de plenitud personal, de una buena autoestima y de esa magia fascinante que resulta hipnótica para muchos. Es común que otros se sientan cautivados e inicien una relación esperando que esa calma y esa luz, alivie sus miedos, sus insatisfacciones y esos rincones privados de callada penumbra.

Queda claro, no obstante, que hay muchos tipos de relación de pareja. Hay quien se une para calmar anhelos, otros para disfrutar de la intimidad y hay quien busca una vinculación auténtica con la que construir un futuro. No hay pues un modelo perfecto de relación, pero sí relaciones que nos enriquecen o que nos empobrecen. Quien nos busca solo para quitarnos nuestra “luz” en provecho propio, para consolar sus tristezas o inseguridades conseguirá que vayamos perdiendo una por una todas nuestras fortalezas.

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Tu luz interior emergerá cuando estés preparado

Tal y como ya hemos señalado, una pareja puede hacernos feliz pero no darnos una felicidad auténtica. Este último aspecto, depende siempre de uno mismo. Tanto es así, que a día de hoy es común ver a muchas personas casadas o manteniendo una relación afectiva de bastantes años que declaran querer a sus cónyuges o compañeros/as afectivos/as y, sin embargo, siguen sin ser felices. Sienten un vacío, un malestar, una suerte de inexplicable frustración.

Elije todo lo que puedas ser: elige brillar

Algo que deberíamos empezar a asumir es que la felicidad, como estado de éxtasis absoluto, no existe. Si lo es, resulta ser muy breve, tan efímera como un sueño de verano. Sin embargo, no por ello debemos sentirnos más apagados o apesadumbrados. Tal y como hemos señalado al inicio, todos nosotros venimos de “fábrica” con una estrella en nuestro interior. Está ahí, aunque no la veamos: solo hay que saber encenderla para que nos alumbre y nos guíe.

Ahora bien, una luz se enciende solo cuando tiene bastante energía. La nuestra se nutre de esas fortalezas interiores que a veces, descuidamos: la autoestima, la seguridad personal, la autoeficacia, la autonomía emocional, un buen autoconcepto… Brillar con luz propia requiere también disfrutar de un buen sentido del humor, ser agradecidos, ser creativos y no dejar que la penumbra del miedo nos ronde como esas nubes abigarradas de tormenta que osan cubrir el sol en los días de primavera.

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No necesitas que otros te den su luz. No la exijas, no apagues la de otros ni aún menos la robes a cambio de amor. Todos somos capaces de brillar primero en la soledad de nuestros propios planetas. Solo así seremos dignos de crear firmamentos más hermosos: lugares en los que reine ese amor auténtico que empieza siempre por uno mismo, para irradiar después de la forma más plena y auténtica en esa entrega hacia el ser amado.

Vía: lamenteesmaravillosa

Conjugar el verbo cambiar puede arruinar una relación

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Conjugar el verbo cambiar puede arruinar una relación

Son muchas parejas las que conciben el amor como una forma de cambiar al otro o a uno mismo. Pero ese cambio no lo tratan como una forma de crecer juntos como pareja y como individuos, sino como una forma de conseguir obtener lo que consideran “la pareja perfecta”.

En esta búsqueda de la pareja perfecta conciben su relación como un reflejo de sus propios deseos. Tratan al otro como si no tuviera fondo ni forma, sino que se construyera a través del cumplimiento de lo que el otro miembro de la pareja desea.

Entonces, empiezan a conjugar el verbo cambiar sin pudor. Pasan de decir al principio de la relación aquello de “no cambies nunca” pero que rápidamente evoluciona a “puedes cambiar algunos detalles que ya no me gustan”, y que, por desgracia para ellos, termina con un “has cambiado y ya no te quiero”.

En esta forma patológica de ver las relaciones de pareja, los protagonistas utilizan el chantaje emocional para poder obtener lo que desean. Así, conjugan el verbo cambiar para obtener su ansiada pareja perfecta hasta que se dan cuenta de que sus deseos van cambiando con el tiempo y sus parejas no pueden cumplir todo lo que buscan a cada momento.

Las parejas no están para cumplir las necesidades del otro como individuo. Las parejas tienen que enmarcarse en la búsqueda del espacio de un nosotros, pero manteniendo el yo de sus miembros.

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Cuando cambiar un poco se vuelve costumbre

Una vez que se inicia la relación, estas parejas dañinas que buscan ese ideal de pareja perfecta comienzan a fijarse en esos considerados pequeños detalles que no les satisfacen en su pareja. Entonces, con el sutil arte de la sugerencia, manejando la culpa o la obligación en el otro, empiezan a proponer pequeños cambios.

Con el tiempo, esta manera de cambiar poco a poco, se convierte en una forma de relacionarse dentro de la propia pareja. En esa dinámica del cambio se pierden de vista los objetivos y las emociones negativas dominan la relación, porque ya no se busca un crecimiento conjunto sino la dominación del otro.

Deja de existir la libertad de acción entre los miembros de la pareja y se instaura la tiranía de la dominación o sumisión hacia los deseos de uno de los miembros. O lo que es peor, deja de buscarse la consonancia de la pareja para buscar la satisfacción personal. Pero, esta forma de satisfacción va cambiando con el tiempo y, por tanto, la pareja nunca se llega a adaptar a lo que el otro quiere.

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Cambiar en pareja es buscar la adaptación al entorno

Esto no quiere decir que dentro de las parejas no entre el concepto de cambio. El cambio es normal desde el punto de vista de la adaptación al entorno. Otros sistemas con los que la pareja se relaciona están en continuo proceso de cambio: las amistades, la familia o los trabajos marcan las relaciones en muchos sentidos.

Por ello, las parejas están en un continuo proceso de trasformación y crecimiento para adaptarse al contexto cambiante que les rodea. Esto no significa que esos cambios deban de dirigirse a la satisfacción de necesidades individuales de alguno de sus miembros sin tener en cuenta al otro. El cambio debe de producirse en consonancia con ambos miembros y buscando la mejor adaptación al entorno, sin menoscabar las necesidades de cada miembro.

Numerosos estudios muestran que, el éxito en resolver los inconvenientes o problemas que los cambios acarrean a la pareja, tienen igualmente que ver en gran medida con el significado que esta les atribuya. En este sentido, los cambios que aportan crecimiento y adaptación al entorno si resultan manejables y posibles de superar se convierten en momentos de aprendizaje y crecimiento.

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El “has cambiado” como trampa que lleva a la ruptura

Pero si el cambio en la pareja se produce de forma egoísta, llegamos a la trampa del “has cambiado” como excusa para la ruptura de la relación. Esto sucede porque los cambios no se han establecido como una oportunidad de crecimiento de la pareja, sino como un obstáculo.

Este obstáculo son los deseos de uno de los miembros. Pero la pareja no se construye para cumplir las expectativas o deseos de un individuo sino para crecer dentro de una realidad imperfecta que nos sorprende día a día.

Si reflexionamos un poco, nos daremos cuenta de que, cuando intentamos cambiar a alguien porque tiene una forma de ser que no nos gusta, habitualmente lejos de obtener lo que queremos, conseguimos el efecto contrario. Esto en una pareja no iba a ser la excepción. Si hay algo que no te gusta de ella o lo aceptas tal y como es o es que no es amor lo que realmente sientes.

Vía: lamenteesmaravillosa