La belleza se posa en el árbol de quienes se sienten en paz

Paz

La belleza se posa en el árbol de quienes se sienten en paz

Te has preguntado alguna vez por qué algunas personas transmiten belleza en todo lo que hacen o por qué otras personas encuentran conflictos allá por donde pasan. La respuesta podría estar en las actitudes y comportamientos que nos acercan a estar en paz con nosotros mismo y por ende con los demás. La paz es difícil de hallar, pero podríamos empezar con la máxima de no lastimar a los demás con lo que nos causa dolor a nosotros mismos.

Buda preguntó una vez: el mal hacer se debe a la mente. Así, si la mente se transforma, ¿el mal hacer puede permanecer? Esta cuestión nos lleva a la reflexión. Sería bueno modificar la manera de pensar acerca de las cosas y situaciones para que mejoren. Si nuestro pensamiento cambia en el proceso, también lo harán nuestras vidas.

Cada persona tiene su propia idea o concepción de la paz. Pero, diferentes estudios psicológicos nos ayudan a que no la confundamos con otros conceptos que se le parecen o que se le asocian. Por ejemplo, la paz no es aburrimiento, porque precisamente al experimentarla es cuando comenzamos a movernos. Tampoco es ausencia de dificultad, porque no hay nada más difícil que poder sentirse completamente en paz.

Manos iluminadas

Estar en paz consigo mismo es el medio más seguro de comenzar a estarlo con los demás.

¿Por qué algunas personas nos hacen sentir bien?

Las personas en paz transmiten una energía especial que les hace brillar y que crean en los demás sentimientos positivos. Esto es debido a las neuronas espejo, las cuales hacen que tendamos a reproducir a nivel mental lo que hace la persona que tenemos delante nosotros. Por lo tanto, cuando estemos con estas personas también nosotros encontramos cierta paz.

Además, las emociones son tan contagiosas como los resfriados. Un experimento de David Goleman, psicólogo estadounidense y profesor de psicología en la Universidad de Harvard, así lo puso de manifiesto. Los participantes que se sometieron al estudio fueron contagiados por las emociones de las personas que observaban en fotografías.

Hay personas que nos hacen sentir bien. Que nos transmiten sensaciones agradables o nos recuerdan momentos especiales. Nos envuelven con una placentera sensación de tranquilidad o seguridad, ya que aportan un halo de protección a nuestra vida diaria. Aunque a veces no sepamos explicar muy bien por qué, estas personas están llenas de detalles que van sumando positividad a nuestra vida y que hacen que nos sintamos a gusto.

Niña con paloma

La paz es la felicidad del alma

El ser humano busca la felicidad más que ninguna otra cosa. Esa es la meta consciente o inconsciente de todas nuestras actividades, de todos nuestros afanes. Buscamos la felicidad en determinadas situaciones, en oficios concretos o en determinadas personas para que nos aporten lo que nos falta para complementarnos.

Pero, una vez que obtenemos lo que deseamos, descubrimos que no podemos ser felices si no estamos en paz con nosotros mismos. La paz es la condición indispensable de la felicidad. La paz interior es una sensación subjetiva de bienestar, es impalpable pero muy real ya que nos llena de una profunda tranquilidad. Se trata de un estado en el que nos liberamos de las principales preocupaciones, miedos, estrés y sufrimiento.

La felicidad del alma es un estado en el que nos apartamos mental y emocionalmente de los problemas y conflictos cotidianos haciendo un alto en la vertiginosidad de la rutina diaria. Muchas personas piensan que es imposible alcanzar un estado de paz interior. Afirman que la vida cotidiana es tan incierta y a veces tan caprichosa que no es posible encontrar la serenidad.

Sin embargo, eso no implica que sea imposible alcanzar la paz interior. Cuando tenemos un locus de control interno podemos decidir qué guerras vale la pena luchar. Una vez que tomamos las riendas de nuestra vida, podemos aspirar a la paz interior.

Diente de leon

Muévete y el camino aparecerá

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Muévete y el camino aparecerá

Muévete y el camino aparecerá. Puede que no lo haga hoy, ni tampoco mañana, pero en cada paso dado con firmeza la mente se aclara y las oportunidades surgen. Tampoco importan las veces que te hayas perdido, porque en cada sendero equivocado nos encontramos a nosotros mismos, y ese aprendizaje es sin duda el más valioso.

La vida es movimiento, y si no lo asumimos desde un principio de este modo, quedaremos relegados al ostracismo de quien no entiende que tras los cambios llegan las oportunidades o que no basta solo con esperar para que la felicidad llame a nuestra puerta. Todo logro llega tras una lucha. Todo éxito acontece tras la férrea dedicación de quien invierte tiempo, de quien entiende de sacrificios y de esa voluntad donde no cabe la palabra rendición.

Ahora bien, hay algo que en ocasiones falla en esta fórmula. Nos han inculcado desde niños que debemos ser capaces de luchar por nuestro sueños. Nos esforzamos en cultivarnos a través de unos estudios, alimentamos esperanzas y esperamos ser un día esa mano de obra especializada y puntera capaz de crear un mundo mejor donde se tengan en cuenta nuestros esfuerzos, nuestra valía.

Si embargo, esto no siempre se cumple. Tal y como explicó una vez Nicholas Kristof, periodista especializado en derechos humanos, hemos llegado a un punto en nuestra sociedad moderna donde parecen haberse terminado las oportunidades, o más concretamente, “la igualdad de oportunidades”. Puede parecer fatalista, no hay duda, pero muchos estarán de acuerdo en que a veces, no basta con luchar hasta la extenuación para hallar el triunfo.

Estamos ante una fórmula que empieza a fallar y que requiere tal vez, de otro enfoque. Hay que poner en marcha otro tipo de camino. Te invitamos a descubrirlo a continuación.

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El camino de la desigualdad y el caos personal

Michael Spence ganó el premio nobel de economía en el 2001. Tal y como nos explica a través de diversos artículos, hemos llegado a un punto donde hay una regla de tres que casi nunca falla: a mayor riqueza o nivel de modernidad de un país, mayores son las desigualdades sociales.

Evolución económica no va de la mano de la evolución humanitaria ni aún menos de los derechos personales, esos que nos dignifican como especie. Es como si hubiéramos vuelto a esa conciencia de clase del medievo, donde unas élites se alzan en la cúspide y más abajo, se halla una clase media en serio peligro de extinción.

No es este el momento de ahondar en cuestiones políticas, pero estamos ante una realidad que tiene un claro impacto sobre nuestra salud psicológica. El caos personal al que puede llevarnos este contexto es inmenso, por ello es vital que mantengamos a flote nuestra brújula interior para aprender a sobrevivir en un entorno cambiante, a instantes implacable y muy poco sensible con las necesidades de las personas.

Es muy posible que durante mucho tiempo hayamos enfocado nuestra estrategia vital de forma errónea. Buscamos nuestro camino en el exterior. Hemos desgastado las suelas de nuestros zapatos y agotado nuestro corazón en busca de oportunidades entre múltiples senderos, arroyos y sinuosas carreteras que no nos han llevado a ninguna parte. Tal vez, sea el momento de dirigir nuestra mirada a otro camino: el de nuestro interior.

Seguidamente, te explicamos en qué consiste esta nueva propuesta.

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Movimiento interior y creación

Ya lo dijo Carl Gustav Jung, si miramos hacia fuera, soñamos; pero si volvemos nuestra mirada hacia el interior, despertamos. Es pues momento de despertar. No importa la edad que tengamos, si somos adolescentes o si ya han pasado sesenta inviernos por nuestra vida, lo cierto es que aún nos quedan infinidad de primaveras y es necesario disfrutarlas en plenitud iniciando una revolución interna.

Nos hemos pasado media vida conjugando el verbo “buscar”. Buscamos trabajo, buscamos pareja, buscamos nuevas oportunidades y buscamos esa felicidad soñada con la que sentirnos vivos. Es hora de utilizar otro verbo: “crear para permitir que nos encuentren”. Veamos los pasos a seguir.

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Claves para encontrar tu camino

Algo que nos proponen especialistas en crecimiento personal es que debemos entender primero a qué nos estamos enfrentando. Reconocer a nuestro enemigo en lugar de resistirnos a él nos puede ayudar a tener una visión más realista de las cosas.

  • Conexión interior. En la actualidad hay un área que cada vez está adquiriendo mayor relevancia: el de las intuiciones. Quien es capaz de escuchar, confiar y entender sus propias intuiciones tendrá una conexión real con sus necesidades. Además, obtendrá ese aprendizaje vital e inconsciente que forma parte de nuestra personalidad.
  • Enfrentar la contradicción. Si hay algo a lo que nos enfrentamos día a día es a la contradicción. Si tengo tanto que ofrecer, ¿por qué nadie me tiene en cuenta? ¿Por qué me rechazan? ¿Es que quizá no soy lo bastante bueno para el mundo? El peligro de este tipo de contradicciones vitales es que minan nuestra autoestima. Dejemos a un lado este enfrentamiento continuo para tomar conciencia de nuestras fortalezas, de nuestras aptitudes y habilidades. Reforcémoslas.
  • En un mundo de personas iguales, atrévete a ser diferente. Hasta el momento, has intentado encontrar tu camino moviéndote en las mismas direcciones que los demás. Somos demasiados haciendo lo mismo, la sociedad y la educación recibida se ha encargado de dar al mundo personas semejantes que piensan del mismo modo, así pues… ¿y si intentamos ser diferentes?

Ahonda en tus capacidades para explotarlas y ofrecer cosas nuevas a esta sociedad tan demandante. En lugar de buscar, atrévete a crear, a innovar, a dar forma a un camino que nace directamente desde tu corazón para seducir a los demás. Al fin y al cabo el éxito no está en tener poder, el éxito está en hacer aquello que nos hace felices mientras servimos de inspiración a los demás.

Vía: Lamenteesmaravillosa

La importancia de adelgazar el ego para alimentar el alma

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La importancia de adelgazar el ego para alimentar el alma

En el territorio del ego solo crece la soberbia, la mirada que entiende el mundo partiendo de su propio ombligo y que siembra de infelicidad cualquier entorno en el que habita. Todos conocemos a alguien moldeado con este patrón, son mentes que restan en armonía, que ahogan la calma y que deberían empezar a poner a dieta su egos para que a sus egos también les quedase algo de comida.

Si damos un pequeño vistazo al panorama actual y al escenario sociopolítico que nos envuelve, nos daremos cuenta de que, efectivamente, el reino del ego está en auge. Son muchos los países y líderes que están empezando a practicar ese autoproteccionismo y esa autodefensa del yo, donde delimitar lo tuyo y lo mío, donde dejar a un lado al extranjero para proteger la propia identidad.

A muchos se les olvida, quizá, que los egos obesos y la voz de la soberbia se obsesionan con marcar distancias, trayendo así la desigualdad, los odios, la discriminación y la propia infelicidad. No obstante, no solo somos testigos de este tipo de dinámica a nivel político. Según un artículo publicado en la revista “Psychology Today“, en los entornos laborales apuntan cada vez más esos directivos o jefes que, lejos de aplicar la Inteligencia Emocional en sus organizaciones, se dejan llevar por el ego en una necesidad última por ejercer el poder y el control.

Los trabajadores que tienen como directivos a una persona con este tipo de perfi, los definen como “niños pequeños con demasiado poder”. Lo más relevante de todo ello es que las acciones egoístas desplegadas en todo territorio, ya sea a nivel familiar, empresarial o social, no obtienen beneficio alguno. Se desperdicia el potencial humano porque queda supeditado al reino del miedo, al imperio del desprecio y a esa falta de ética, empatía y cercanía donde poco o nada bueno crece.

Te proponemos reflexionar sobre ello.

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Egos fuertes y egos grandes

Empezaremos aclarando algo esencial. La palabra “ego” viene del latín y significa simplemente, “yo”. Para la filosofía oriental ego se refiere a la autoconciencia, al autorreconocimiento y a esa entidad que debe diferenciarse de las conductas insalubres como la egolatría o el egoísmo.

Por otro lado, Freud también identificó a ese nivel de nuestro aparato psíquico como esa parte intermedia donde la persona se debate entre el impulso instintivo y la presión de las normas sociales. El objetivo final sería desarrollar un ego saludable que nos permita armonizar en el día a día de nuestras relaciones y la propia sociedad.

Con todo ello podemos deducir sin duda que hay dos tipos de ego. Por una parte, estaría nuestra necesidad de desarrollar un “yo” (ego) fuerte donde quede consolidada nuestra autoestima, donde exista una conciencia plena de uno mismo con sus valores, su nobleza y esa identidad que nos define pero que a su vez, es sensible y cercana al resto de identidades que nos rodean. Por otro lado, y en el polo opuesto, estarían los egos grandes.

Veamos sus características con detalle.

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Los egos grandes y sus universos personales

Un ego grande es un “yo” desmesurado y poco realista que no se ha enriquecido de manera paralela al interior de la persona. Sus vacíos, sus limitaciones personales y su falta de autoestima lo abocan a buscar un reconocimiento exterior donde sentirse reforzado.

  • El ego grande tiene como propósito “recolectar” energías ajenas para ejercer el control. Para ello, no duda en humillar o en despreciar.
  • Al ego grande le encanta ser el centro de atención e identificarse con todo aquello que logre diferenciarle del resto: un título, un logro, una marca, una bandera…
  • El ego grande es capaz de vestirse con la armadura de la bondad para exaltarse como persona y así, captar adeptos.
  • A su vez, existen diversos tipos de “egos grandes”, está el sabelotodo, el sofisticado, el que busca prestigio, el insaciable y que siempre busca emociones y experiencias nuevas para luego enorgullecerse de ellas.

Los 7 pasos para adelgazar el ego

A lo largo de la historia no han faltado los estudios tanto psicológicos como filosóficos que ahondado en el tema del “ego” y en su relación con el mal. Es un tema complejo donde no hay resultados claros, porque también estaría sin duda el componente biológico, el social y el educacional. Sea como sea, lo que todos tenemos claro es que los egos grandes son el reflejo de mentes anoréxicas que no han sido iniciadas en el universo de la Inteligencia Emocional.

“Si tu ego no te deja tranquilo, mándalo a comprar humildad”
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Es pues necesario que todos sembremos esta semilla en las nuevas generaciones, en ayudarlos a construir un ego saludable y empático, en iniciarlos en el arte de alimentar el alma y no el ego. Aquí estarían unas claves básicas sobre las que reflexionar.

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Estrategias para vencer el ego

La clave para vencer el ego pasa por ser conscientes de nuestros comportamientos y actitudes cotidianas. Te preguntaras, pero… ¿qué actitudes? Vamos con ellas.

  • Libérate de la necesidad de ser superior a los demás.
  • No te apegues solo a tus logros y a tus éxitos. Reconoce también los de los demás.
  • No te sientas eternamente ofendido por lo que dicen, hacen o piensan quienes te envuelven. Tienen derecho a no ser como tu deseas.
  • Libérate de la necesidad de tener más cada día más. Aprecia lo que ya tienes.
  • Libérate de la necesidad de ganar. En ocasiones, también se aprende de la pérdida.
  • No te obsesiones con tener siempre la razón.
  • Tu objetivo en la vida no es tener éxito o fama. Tu objetivo, sencillamente, es ser feliz.

Para concluir, entendamos que la práctica cotidiana del ego lo único que consigue es alzar muros y crear distancias. Empecemos pues alimentar el alma y a practicar esa humildad donde reconocer al otro como parte de uno mismo. Nutramos el corazón de nobleza para crear un mundo más respetuoso y cercano.

Vía: lamenteesmaravillosa

Tienes derecho a enfadarte, a protestar y a sentir tu malestar

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Tienes derecho a enfadarte, a protestar y a sentir tu malestar

Aunque quieran convencerte de lo contrario, lo tienes: enfadarte es un derecho y una necesidad emocional. Sentir la contrariedad, la indignación y la rabia del desconcierto es el primer paso para poder afrontar un problema. Piensa que si nos limitamos a tragarnos el enfado una y otra vez sin afrontar lo que hace daño, vulneraremos nuestra autoestima.

Hay que tenerlo claro: permitirnos sentir el enfado no es perder el control, ni evidenciar nuestra debilidad. A menudo, influenciados quizá por una línea más bien espiritual, tendemos a confundir términos e ideas. Sabemos que quien nos enfada nos domina, pero no por ello vamos a desactivar esa emocionalidad negativa para esconderla, no asumirla ni gestionarla. Los enfados tienen un objetivo muy claro: invitarnos a resolver una amenaza concreta.

Por otro lado, algo que también sabemos es que el día a día siempre pone a prueba nuestro equilibrio emocional. Habrá personas que vivan eternamente ofendidas y quienes nunca se tomen nada como algo personal. Cada uno de nosotros avanzamos por nuestra cotidianidad con un filtro determinado, con el cual dejamos pasar o no ciertas emociones y pensamientos.

Sin embargo, todo tiene un límite y una frontera infranqueable. Hablamos de esa barrera que a menudo se cruza de forma arbitraria para vilipendiar nuestra autoestima, para deshilachar nuestra integridad emocional o para manipularnos. El enfado tiene una razón de ser y expresarlo de forma respetuosa en el momento adecuado y en el instante más necesitado es algo catártico y muy saludable.

Te proponemos reflexionar sobre ello.

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Enfadarte, protestar y dar voz a tus emociones también ayuda

Por curioso que parezca, son muy pocos los libros que nos expliquen o argumenten los beneficios del enfado o la indignación. Tradicionalmente, se ha relacionado siempre este tipo de emoción a la ira y la falta de control, a la falta de templanza, de tacto y acierto a la hora de gestionar esa contrariedad vital.

Sin embargo, es bueno recordar que, al igual que ocurre en el proceso del duelo, es necesario dar el paso hacia la aceptación de la propias emociones antes de canalizarlas, antes de transformarlas. Saber qué siento y por qué lo siento es vital a la hora de resolver una encrucijada emocional. Comentábamos que la bibliografía sobre el tema es escasa, aunque por fortuna disponemos de un libro tan interesante como esclarecedor: “Annoying“ (2011), de los científicos Joe Palca y Flora Lichtman.

En este trabajo se profundiza en el tema del enfado desde un enfoque multidisciplinar donde no falta la neurociencia, la sociología, la antropología y la psicología. Lo primero que nos revelan es que a menudo suelen compararse los enfados con la ira, la frustración o la repugnancia hacia algo o alguien. No es cierto, de hecho, los expertos proponen entender los enfados como una emoción única y exclusiva.

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A su vez, un enfado nunca surge por un acto puntual. Es una acumulación de “muchos pocos haciendo un mucho”, es como el mosquito que revolotea en nuestra habitación cada noche hasta que al final perdemos el sueño y somos incapaces de focalizar nuestra atención en nada más. Sin embargo, y aquí llega lo más importante del tema, sin molestia no hay posibilidad de cambio. Es decir, esa emoción negativa tiene un propósito: quiere que actuemos.

Enfadarse de forma inteligente

El propio Charles Darwin dijo una vez que emociones negativas, como el miedo y la ira, son advertencias que nos conducen a poner en marcha conductas apropiadas para evitar o deshacer un peligro. Prestar atención a lo que nos molesta, nos indigna y nos quita la calma es una muestra de autocomprensión. Actuar de forma acertada en base a esas emociones demuestra sin duda nuestra Inteligencia Emocional.

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Las 4 leyes del enfado inteligente

La primera ley y no menos importante, es tener claro que quien vive eternamente ofendido está abocado a una eterna infelicidad. Hay batallas que no merecen la pena ser libradas, hay aspectos que no merecen nuestra atención y conversaciones que es mejor no iniciar o no alimentar.

  • Enfádate por lo que de verdad turba tu equilibrio personal, pon voz a lo ataca tu autoestima y defiéndete con firmeza ante quien osa hacerte daño.
  • La segunda ley hace referencia a algo muy evidente: defendernos con respeto es posible. Discutir de forma asertiva y sin agredir verbalmente a quien tenemos delante es esencial. Algo que puede y debe hacerse mediante la Inteligencia Emocional.
  • La tercera ley tiene unos pasos muy claros que es necesario interiorizar: escucha, siente, respira, aclara y actúa. Es decir, primero atenderemos el estímulo que nos ofende o nos hace daño. Después tomaremos conciencia de nuestras emociones, sentiremos el enfado. Más tarde respiraremos y aclaremos prioridades.

“Debo actuar y poner límites dejando claro que no deseo que me traten de ese modo. No debo dejar que el propio enfado me inmovilice hasta impedir que pueda pensar. Lo utilizaré para actuar de forma inteligente “

  • La cuarta y última ley para enfadarnos de forma inteligente es el aprendizaje. Cada situación resuelta, afrontada o cada necesidad defendida, debe enseñarnos que la inactividad, el silencio y el “tragar emociones” hace daño y enferma.

No hay que tener miedo de las emociones negativas, entenderlas y gestionarlas es la auténtica llave de nuestro crecimiento personal.

Imágenes cortesía de Nicoletta Ceccoli

Vía: lamenteesmaravillosa

La angustia: una epidemia silenciosa

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La angustia: una epidemia silenciosa

Son tantas las manifestaciones de la angustia, y tan frecuentes las consultas por su causa, que varios expertos ya la catalogan como una verdadera epidemia. Se deja sentir de muchas formas: dificultades para dormir, ataques de pánico, una amplia gama de fobias, etc.. Lo que tienen en común es ese miedo insidioso que asalta cotidianamente.

Frente a este fenómeno, el mundo de la salud ya ha desarrollado varias respuestas. Hay una importante oferta de medicamentos. Por un lado, están los tradicionales: todo un ejército de ansiolíticos desarrollados en laboratorios farmacéuticos, que prometen disminuir la dosis de angustia. Sin embargo, estos fármacos, además de que tienen unos efectos secundarios atroces, por lo general solo ofrecen soluciones pasajeras. Es decir, solo tienen efecto mientras se toman.

También hay una enorme oferta de medicamentos alternativos: “naturistas”, homeopáticos y soluciones bioenergéticas. Eso, por supuesto, sin contar todos los remedios caseros contra la angustia: agua de valeriana o de toronjil, baños de agua tibia y toda suerte de trucos tradicionales. Sin embargo, ninguno de ellos parece funcionar del todo.

La epidemia de angustia nace en la mente colectiva

Todos los fenómenos que tienen lugar en la mente se reflejan en el cuerpo. La mayoría de las veces, se da en ese orden: primero en la mente, luego en el cuerpo. Solo en un porcentaje bajo de casos ocurre lo contrario: primero en el cuerpo y luego en la mente. Ocurre cuando, por ejemplo, tienes una fiebre muy elevada o has ingerido una sustancia que altera tu percepción, entre otros casos.

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Así, el recorrido del éxito de la intervención con psicofámacos es limitado. Reducen el síntoma, es cierto, pero no solucionan la causa que lo origina. Los medicamentos, de cualquier tipo, solo deben ser vistos como una ayuda limitada y temporal, no como una solución definitiva.

La verdadera solución solo aparece si se ataca la causa real de la angustia. El problema es que, al decir de muchos expertos, los tiempos actuales en su conjunto están generando angustia por montones. Todo transcurre con una celeridad de vértigo, y las herramientas psicológicas de las que disponemos no alcanzan a procesar la realidad al mismo ritmo. Por eso ahora la angustia no es un problema individual, sino una verdadera epidemia.

¿Por qué se dice que es una epidemia “silenciosa”?

Uno de los aspectos más complejos de esta epidemia de angustia está en el hecho de que resulta muy difícil verbalizarla. Cada individuo siente en su interior esa desazón diaria, que no lo deja dormir, lo mantiene de mal humor o lo lleva a sumergirse en rutinas tiránicas. Pero, a la vez, a ese individuo le cuesta mucho trabajo poner en palabras lo que siente.

Cada persona siente como si algo le sobrara. Un peso del que quisiera liberarse, pero que no logra identificar del todo. “¿De dónde proviene esa sensación de peso, de exceso? ¿En dónde está ese lastre? ¿Estaré en un trabajo que no me conviene? ¿Quizás las relaciones que tengo con los demás son negativas? ¿Hacia dónde debo apuntar para sentirme mejor?”… Esas son las preguntas que llegan, sin ser invitadas.

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Es como si la existencia estuviera completamente atiborrada de algo que no necesita. La sensación se parece a aquella que surge cuando entramos a una habitación colmada, apretujada, con objetos innecesarios. Sabemos que se debe poner orden, pero hay tantas cosas por organizar que no atinamos a identificar la casilla de salida.

De la epidemia al individuo

La ciencia se ha empeñado en diseñar soluciones genéricas o estandarizadas. Al fin y al cabo, eso es lo suyo: extraer soluciones universales para problemas particulares. Sin embargo, en lo que tiene que ver con la subjetividad humana, este tipo de enfoques suelen ser muy desafortunados. Finalmente, no resuelven nada.

Por eso hay una epidemia de angustia, y por eso la epidemia transcurre con la complicidad del silencio que nace del drama que vive cada uno. La respuesta a esa inquietud solo puede darla cada persona, una por una. No hay una solución aplicable a todos los casos. No existe esa fórmula mágica o universal que se aplique con igual eficacia para todos. Cada uno tiene que encontrar su propio camino para resolver su falta de sueño, su sensación de opresión y ahogo, su fastidio recurrente…

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También cada uno debe entender que para solucionar su angustia, lo primero que debe hacer es enfrentarse a la novedad, al vacío. Es absolutamente necesario que haga rupturas con lo habitual: es la única manera de empezar a dejar espacio en la habitación mental que está atiborrada. Una terapia que libere la expresión también es una buena opción, al igual que lo son los ejercicios de relajación que contribuyen a abrir esa ventana en una mente que está muy cargada.

Vía: lamenteesmaravillosa

No pudo ser, pero mereció la pena

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No pudo ser, pero mereció la pena

“La vida, las circunstancias nos separaron, pero mereció la pena

Aún recuerdo tu forma de caminar, de mirarme, como nos reíamos juntos por las cosas más tontas… simplemente porque tú y yo éramos felices.

La vida, las circunstancias nos separaron pero mereció la pena… mereció la pena compartir confidencias contigo, abrazos, besos, deseo…

La vida, las circunstancias nos separaron pero mereció la pena…

La vida nos hizo un regalo, conocernos y querernos y no me hace falta más. No quiero ni voy a lamentarme diciendo ¡Qué mala suerte, lo perdí! ¡El Destino me lo quitó! El simple hecho de haber vivido contigo una pequeña parte de mi vida me es suficiente para sentirme afortunado.

La vida, las circunstancias nos separaron pero mereció la pena…

No voy a llorar porque ya no estés, me hiciste feliz. Tú me hiciste volver a creer en el amor, en el respeto, en la complicidad.

Tú me hiciste volver a creer en la perfecta combinación de dos seres imperfectos. Aunque me hubiese gustado seguir caminando de tu lado. 

Aunque la vida te arrastró como un fuerte huracán y ya nunca más te vi, no me importa. Tu recuerdo seguirá viviendo en mí para siempre.

Los recuerdos tienen vida

Puede que conozca otros amores, yo no me cierro. La vida tiene la habilidad de sorprenderte sin que te des cuenta. También puede que el amor no vuelva a llamar a mi puerta… realmente ¿quién puede saber esto?.

Pero ocurra lo que ocurra, tus dulces besos, tus tiernas palabras y tu forma de calmarme cuando más enfadado estaba, tendrán siempre un lugar en mi corazón.

Puede que conozca otros amores, yo no me escondo. La vida puede sorprenderme.

Pero ocurra lo que ocurra, la forma en que besabas mi frente y la cuenca de mis ojos… como cogías mis manos y las mirabas de esa forma que me hacía sentir tan especial… como me alzabas por los aires, mientras sentíamos que éramos los dueños de la felicidad, tendrán siempre un lugar en mi corazón”.

El poder de los recuerdos

Los recuerdos son las esencias de las personas, de nuestras experiencias y momentos. Son parte de nuestra historia y del recorrido de nuestras vidas.

Ya sean buenos o malos, ejercen un gran poder dentro de nosotros pues en cuestión de segundos pueden erizarnos las piel, sacarnos unas lágrimas o simplemente, dibujarnos una sonrisa.

Como en el relato anterior, que a pesar de ser conscientes de que no pudo haber sido, nos queda el recuerdo de lo vivido y lo sentido. Un recuerdo nos alimenta, nos da fuerza.

Un recuerdo nos alimenta

Por ello, aunque aquella relación no continuó por las circunstancias que sean, te queda su recuerdo, su esencia, su sello. Y aunque retomes tu vida, siempre te quedará el recuerdo de lo que fue. 

Pero sé cauteloso y no te encadenes más de lo recomendado, pues los recuerdos también pueden dejar las heridas abiertas. Ten en cuenta que:

1. Tener bonitos recuerdos de personas a las que hemos amado es bueno y positivo. Lo que no debemos es quedarnos estancados en el pasado.

La vida continúa y tenemos que continuar siendo felices y abriendo nuestra mente a nuevas experiencias y a nuevas personas que pueden traernos de nuevo la felicidad.

2. Los recuerdos vividos de una forma optimista nos benefician y nos ayudan a sentir que la vida nos ha hecho un regalo y que por ello debemos sentirnos afortunados.

Además, siempre puedes aprender de las experiencias vividas.

3. Los recuerdos forman parte de la vida. Cuando esas personas ya no están, nos ayudan a volver a tenerlos cerca de nosotros durante un ratito.

Debemos revivirlos con alegría y no con tristes nostalgias. Quédate con lo mejor y aprende de lo peor.

4. No debemos utilizar los recuerdos para atormentarnos sintiendo lo que hemos perdido. Si no tuviéramos recuerdos, nuestra vida estaría vacía.

Quizás no tendríamos nada del pasado por lo que lamentarnos, pero tampoco tendríamos nada por lo que alegrarnos.

Los recuerdos guardan vida.

“Cuando la noche callada

despierta mis sentimientos,

vienen a mi los recuerdos

como en las alas del viento.

Recuerdos dulces algunos

otros muy tristes por cierto

pero todos son recuerdos

recuerdos que yo los quiero.

Cuando vienen , yo los siento

y me golpean el pecho

yo les hablo y van derecho

a buscar los pensamientos.

Y allí conversan un rato

del tiempo que ya se ha ido

y se van como han venido

pero esta vez sin golpear

para no perturbar el sueño

que me ha venido.

“Solo recuerdos”- Julio Casati

Vía: lamenteesmaravillosa

En el reino de la hipocresía, la sinceridad es la gran incomprendida

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En el reino de la hipocresía, la sinceridad es la gran incomprendida

En los territorios donde cabalga la mentira vestida de dulce hipocresía, la sinceridad es siempre la gran incomprendida. Es como si comunicar con transparencia fuera un delito, una osadía para quien se quita las armaduras y, con educado respeto, es capaz de ir con el corazón por delante y con la verdad en su boca.

No es fácil. En la actualidad son muchos los sociólogos y analistas que definen a una buena parte de la población como entidades pasivas, como meros testigos de lo que acontece en ese mundo que se enmarca en un televisor. La hipocresía reina en muchas de nuestras esferas políticas, en ciertos escenarios laborales e incluso en la intimidad de algunas de nuestras casas, sin que reaccionemos ante ella.

Hay quien opta por el silencio y por esa supuesta pasividad por simple y absoluto cansancio. Porque ya sabemos “de qué pie cojea” ese familiar, ese directivo o ese compañero de trabajo. Sabemos que abundan en exceso aquellos que defienden la igualdad, pero que en su interior desprecian en secreto que otros tengan sus mismos derechos, sus mismas oportunidades.

Sin temor a equivocarnos, podríamos decir que hay una dimensión mucho más tosca, oscura y peliaguda que la propia mentira: la hipocresía. Es nada más y nada menos que una falta de honestidad muy sibilina, ahí donde uno esconde la propia personalidad mientras se exhibe una nobleza moral intachable.

Puesto que estamos seguros de que conoces a más de un persona con dichas características, te proponemos ahondar en el tema para disponer de más estrategias para actuar ante ellas.

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Normalizamos la hipocresía casi sin darnos cuenta

De niños los adultos nos enseñan que la verdad es buena y que mentir es una costumbre que es mejor no adquirir. Nos inician en una práctica de la que tarde o temprano descubrimos sinuosos recovecos, afinados matices. Tal y como nos explicó Lawrence Kohlberg en su teoría sobre el desarrollo moral, es en la segunda etapa, en la llamada “moral convencional”, cuando en el niño de entre 10 y 13 años desarrolla ya un inicio de conciencia sobre el sentido de la justicia, descubriendo además cómo los adultos pueden caer en sus propias contradicciones.

Nos exigen sinceridad, pero son muchos los que se ofenden si decimos la verdad. Poco a poco llegamos a unas situaciones en las que nos preguntamos qué puede ser mejor: ofender con la sinceridad o mentir por simple educación. Tarde o temprano asumimos que la hipocresía reina e impera, y que con ella, se construye una falsa convivencia; una convivencia donde exhibir gloriosos principios morales y bellas ideologías bajo las cuales, a menudo, se esconde la cobardía o la simple despreocupación por los demás.

La hipocresía está plenamente institucionalizada en nuestra sociedad, la hemos normalizado. Sin embargo, y aquí llega el dato curioso, la mayoría tenemos un radar siempre actualizado que sabe detectarla. La vemos en nuestros políticos, en alguno de nuestros familiares o compañeros de trabajo y sin embargo no reaccionamos ante ella. De algún modo, somos conscientes de que es una batalla casi perdida: es una tarea difícil cambiar a quien ni tan siquiera es honesto consigo mismo.

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A la falsedad se la supera siendo siempre auténticos

Hay varios tipos de hipocresía. Están los que exhiben grandes atributos para esconder oscuros principios morales: el racismo, el machismo, una mente retrógrada. Sin embargo, el tipo de falsedad que más abunda es la de esa persona que busca encajar, ser aceptado e incluso alabado. Por ello, no dudará en defender hoy el color rojo y mañana el color verde y al otro el azul, dependiendo siempre de en qué escenario se mueva.

Estar orientados en todo momento por la opinión de los demás vulnera nuestra autoestima y evita que practiquemos, por ejemplo, esa autoevaluación con la cual, vivir siempre de acuerdo a nuestros propios valores a pesar de que a los demás, no les agraden.

Veamos ahora cómo deberíamos actuar ante esas personas habituadas a vivir en el reino de la hipocresía.

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Cómo reaccionar frente a la hipocresía

A la hipocresía no se la vence, se la encara. Tal y como hemos señalado con anterioridad, cambiar al hipócrita es una batalla perdida, pero lo que sí podemos hacer es dar ejemplo, ser auténticos y desactivar la influencia que puedan tener sobre nosotros.

  • Recuerda en todo momento que las únicas expectativas a las que debes obedecer son a las tuyas propias. Lo que el hipócrita te recomiende con su falsa vara de medir tiene menos importancia que el polvo que se acumula en las estanterías de tu hogar.
  • Los hipócritas siempre caen en sus propias contradicciones. Cuando las veas, no las ataques, ni inicies discusiones con ellos: te darán mil argumentos para justificarse. Limítate solo a señalar su contradicción, algo corto y firme.
  • Si estás obligado a tratar cada día con una persona hipócrita, ten en cuenta que intentará sabotearte muy a menudo. Calificará tus actuaciones y te etiquetará. Si para esa persona eres un espejo en el que ve lo que no le gusta, una de las opciones que tendrá para terminar con su malestar será acabar con el espejo, o sea, contigo.

Mantén siempre un diálogo interno contigo mismo para recordar quién eres, cuáles son tus valores y cuáles tus grandezas. Lo que diga, haga o piense el hipócrita no vale ni cuenta en tu vida. Solo es aire, solo es el aliento de una marioneta algo cobarde que ha hecho de la falsedad su reino de naipes.

Tarde o temprano, caerá.

Vía: lamenteesmaravillosa

En la oscuridad, siempre hay personas “encendidas” que nos guían

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En la oscuridad, siempre hay personas “encendidas” que nos guían

En épocas de oscuridad siempre hay personas “encendidas” que nos guían. Son como la luz del sol atravesando una vidriera para inspirarnos, para darnos esperanzas en esos momentos en que se pierde el rumbo, los ánimos y el norte de nuestras brújulas vitales. Son medicina para el corazón en instantes de adversidad.

Hemos de admitirlo: todos necesitamos a alguien que se preocupe por nosotros. Podemos amar nuestra independencia, nuestra orgullosa autosuficiencia y pensar incluso que nosotros mismos llevamos el sol por dentro. Sin embargo, cuando hay tempestad por fuera tarde o temprano surgen las goteras de la tristeza, los coladeros del miedo, el insomnio y ese desconcierto vital que solo el apoyo afectivo, la empatía y el cariño pueden aliviar.

Ahora bien, aquí llega el dato curioso: desde la psicología social nos revelan que conferir apoyo emocional es un arte que no todo el mundo sabe ofrecer de forma adecuada. Por curioso que nos parezca, en ocasiones, quien más nos quiere puede darnos un tipo de atención tan desmesurada capaz de generar en nosotros cierta sensación de dependencia, de ineficacia o debilidad.

El tipo de apoyo más eficaz es aquel que está siempre presente pero de una forma sutil, envolvente y auténtica. Hablamos también de ese tipo de ayuda donde ninguno de los dos miembros sentirá que está en deuda el uno con el otro, porque no hay “donantes” y “receptores” de afecto, lo que hay es un vínculo donde habita una reciprocidad fluida, sutil y maravillosa.

Te proponemos reflexionar sobre este tema tan interesante y a la vez, dotado de diversos matices.

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Personas que erosionan y personas “encendidas”

Todos sabemos qué es la empatía y cuál es su impacto en nuestras relaciones cotidianas. Ahora bien, estamos seguros de que en más de una ocasión, cuando tratas con alguien incapaz de conectar con los demás, alguien con ciertos matices agresivos, hostiles y hasta destructivos, sueles decir aquello de “esta persona no tiene empatía“.

Simon Baron-Cohen, profesor de la Universidad de Cambridge y experto en el desarrollo de la psicopatología, define estos rasgos psicológicos bajo un término que vale la pena recordar: “empatía erosiva”. Según él, este comportamiento surge cuando alguien, no deja solo de “conectar” con el prójimo, sino que además va erosionando, minando y fragmentando con persistente lentitud a quien tiene más cerca. Son perfiles dotados, efectivamente, de cierta oscuridad.

En el polo opuesto, están sin duda las personas “encendidas”. Más que verlas como personalidades de gran nobleza y bondad, podemos definirlas como hombres y mujeres que “saben ser y dejan ser”, como facilitadores de armonía interna, como hiladores emocionales que reúnen nuestros pedazos rotos para recordarnos, una vez más, lo hermosos e importantes que podemos ser.

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Características psicológicas de las personas “encendidas”

Señalábamos al inicio que dar apoyo es en realidad un tipo de arte que no todo el mundo sabe practicar. Por ejemplo, algo que vale la pena recordar es que en el momento en que se diferencia claramente al donante del receptor pueden surgir, en ocasiones, ciertas incomodidades. El receptor puede sentirse “deudor” o convertirse en dependiente de un donante que disfruta de su papel de cuidador.

  • Las personas encendidas, por su parte, no asumen en ningún instante un papel de cuidador: son facilitadores.
  • Saben estar sin controlar, sin juzgar y sin ejercer en ningún momento una atención constante donde la otra persona acabe desarrollando cierta dependencia. Son expertos en generar un auténtico crecimiento personal.
  • Respetan espacios, saben estar cuando es necesario y proteger la intimidad del otro cuando así lo necesita.
  • Son presencias presentes pero siempre sutiles, con la habilidad excepcional de recordarnos quiénes somos. Se preocupan, traen positividad, ánimos y esperanzas para sintonizarnos una vez más, al rumor de la vida, del optimismo.

Cómo aprender a dar luz, cómo ofrecer un apoyo emocional auténtico

Las personas “encendidas” nos guían en tiempos de dificultad, nos acompañas en instantes de bienestar y nos inspiran en la cotidianidad del día a día. Eso es algo que todos sabemos. Ahora bien… ¿seríamos nosotros capaces de ofrecerles un apoyo con una calidad y autenticidad semejante?

Lo creamos o no, ofrecer apoyo emocional no es fácil. Hacerlo requiere de un autoconocimiento muy profundo, de una buena gestión de las propias emociones y de una descentralización de ese “yo” donde permitirnos descubrir al otro para empatizar en todos los sentidos.

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Claves para desarrollar un apoyo real

Hay quien logra empatizar afectivamente con la otra persona pero no llega nunca a desarrollar una empatía cognitiva. No se trata por tanto solo de “sentir” lo que quien está ante mí esta experimentando, debo comprenderlo.

  • A su vez, es necesario desarrollar una precisión empática. Hablamos de esa habilidad para inferir de modo correcto el estado mental en el que se encuentra la otra persona. Para ello, hay que saber hacer las preguntas correctas, no emitir juicios en voz alta y escuchar con atención.
  • Evita aumentar la ansiedad de la otra persona con las clásicas expresiones de “eso no es nada”  “podría ser peor”.
  • A su vez, hemos de tener en cuenta que quien lo está pasando realmente mal no le valen tampoco las típicas frases buenistas de “estoy aquí para lo que necesites” o “puedes contar conmigo”. Más que palabras se necesitan hechos reales, tangibles y visibles

Las personas “encendidas” son de pocas palabras, pero de grandes actos. Estarán a tu lado antes de se lo pidas y leerán en tu mirada tus pesares, tus tristezas. Para concluir, lo que a veces entendemos por apoyo, en realidad no lo es tanto. El buen apoyo no se basa solo en decir lo correcto, sino también en hacer lo apropiado a través de pequeños actos de bondad y de un interés sincero.

Vía: lamenteesmaravillosa

Piénsalo, ¿vas a rendirte ahora?

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Piénsalo, ¿vas a rendirte ahora?

Hoy es ese día. Te has vuelto a caer, has vuelto a fallar. Parece que por mucho que te esfuerces no serás capaz de conquistar esa montaña en cuya cima descansan tus sueños. Sabes que todo requiere esfuerzo, pero empiezas a pensar que quizás ya ha llegado la hora de rendirte. Quizás tanto esfuerzo ya no merezca la pena.

Pero, entonces, comienzas a recordar todos los pasos del camino. Todo el esfuerzo, la lucha y la constancia, todo lo que has aprendido y una pequeña sonrisa se cuela en medio de tu rostro. Sabías que esto era duro, pero también sabes que aunque aún no hayas conquistado la cima, has conquistado parte del camino, parte de tu vida.

Ya no eres la que empezó la escalada a la montaña. Ahora conoces tus límites al igual que conoces todo de lo que eres capaz. Sabes que has aprendido mucho en todos los sentidos. Sí, has sufrido, pero también has sido feliz, valiente, te has arriesgado y has conquistado varios de tus miedos. Y es entonces cuando surge la pregunta, ¿vas a rendirte ahora?

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¿Quién dijo que volver a empezar es fracasar?

¿Quién dijo que volver a empezar es fracasar? ¿Quién dijo que volver a intentarlo era una locura? Probablemente alguien que se ha rendido muchas veces en su vida. Alguien que tiene más miedo a volver a fracasar que valor para enfrentarse a ese miedo. Alguien que, por tanto, es el menos indicado para dar consejos.

Volver a empezar es volver a soñar, es volver a vivir la vida que uno busca. Es buscar ser lo que realmente sueñas ser. Solo por eso hay que seguir insistiendo cuantas veces sea necesario. Al menos hasta que tus sueños cambien. Porque solo así, sin rendirte, estarás satisfecha contigo misma por todo lo que has dado. No permitas que nadie te diga que es mejor resignarse a lo fácil que luchar por lo que te hace feliz.

Y si la idea de algo te hace feliz, aunque aún no lo tengas, entonces siempre merecerá la pena lucharlo. Porque al final el camino será olvidado por muy tortuoso que haya sido. Nuestra memoria suele recordar mejor los momentos más bonitos, y conseguir lo que más deseas hará que los malos momentos del camino ya no sean piedras, sino arena sobre la que poder caminar descalza recordando lo vivido.

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Traicionarte a ti mismo es fracasar, volver a intentarlo es luchar

Destierra de tu cabeza al idea de que un fallo es un fracaso o de que un abandono es necesariamente un error. Un fracaso es traicionar tus valores, es preferir el conformismo a la posibilidad cuando esa posibilidad es anhelada. Por otro lado, no es un fracaso ser prudente; es más, la prudencia puede ser la opción más inteligente una vez que se han agotado las posibilidades, o las que quedan por explorar exigen un coste muy alto: más vale tirar una toalla que una vida.

Volver a intentarlo con determinación hace que, de repente, todo se vuelva más simple porque eres más sabio. Te has quitado de encima la mochila de las dudas y las has cambiado por una experiencia rica en conocimiento. Las opiniones de los demás, de los que te animan a rendirte, son de los demás y por ello dejan de afectarte. Empiezas a vivir de acuerdo a lo que sientes.

Y entonces será cuando pronto mirarás atrás y dirás: “ya pasó, lo logré”. Porque sé que podrás hacerlo. Porque sé que eres más fuerte que nadie cuando luchas por lo que deseas, y aunque ahora dudes, créeme, puedes. Y también sé que no es casualidad que ahora estés leyendo esto, es porque estás a punto de tocar la cima con la yema de los dedos. Sigue un poco más que estás a punto de llegar. Confía en ti y en todo lo que vales!

Vía: lamenteesmaravillosa

Para convivir en armonía es necesario sumar, no restar

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Para convivir en armonía es necesario sumar, no restar

Estoy en esa etapa de la vida donde ya cansan las medias verdades, las falsas apariencias y las presencias interesadas. En este mundo, nutrido a veces de días oscuros y personas intermitentes, quiero compañías que sepan sumar, no que resten; deseo vínculos que sean mi faro iluminado para construir un horizonte más libre, ilusionado.

Los expertos en psicología social y liderazgo nos recuerdan una sensación que todos habremos experimentado alguna vez. Hay personas que causan un impacto indefinible cuando entran a una habitación. En ocasiones, la famosa expresión “tener luz” parece ser auténtica, creíble. Son presencias que por alguna razón, nos transmiten calma y armonía.

Esta facultad tiene poco de magia, en realidad es pura psicología, y el proceso que favorece esta “impregnación emocional” se debe a una dimensión que se define como “conciencia cognitiva”. Es decir, la persona que ejerce esta influencia positiva ha elegido de forma consciente ese estado. Está bien consigo misma, no hay conflictos, no hay rencor, solo un equilibrio interior que a su vez, llega a quienes le rodean.

Estas, son sin duda personalidades que saben sumar, perfiles que cohesionan escenarios, que hacen fluir los pequeños entornos en los que se mueven y que por lo general, son muy hábiles a la hora de “abrir sus paraguas emocionales” para protegerse de las malas artes ajenas, de las manipulaciones y de los traficantes de culpa.

Te proponemos reflexionar sobre ello y ante todo, aprender alguna estrategia de este tipo de personas.

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Saber sumar y convivir es apartar fronteras

Vivimos en un mundo complejo, en territorios dotados de una carga energética positiva o negativa en base al tipo de interacción humana que en ella, se lleve a cabo cada día. Sabemos también que están muy de moda etiquetas tan manidas, como la ya clásica “toxicidad o persona tóxica“, sin embargo, más allá de estos polémicos términos hay algo que está claro y que debemos asumir: siempre van a existir perfiles de comportamiento que nos amarguen la existencia directa o indirectamente.

Hay personas que no saben sumar, lo sabemos, amigos, compañeros o familiares que no entienden ni entenderán que para convivir no basta solo con atender y saciar las necesidades propias a toda costa. Cabe decir, no obstante, que a veces, tras la “supuesta” persona tóxica existe un problema concreto, como una depresión encubierta que requiere sin duda de nuestra sensibilidad.

Es necesario pues saber intuir, leer entre líneas y no recurrir al instante a esa frontera radical donde dejar a unos con sus miserias mientras otros, nos colocamos los escudos y las máscaras antigás para que no nos impregnen con su negatividad. Convivir requiere también saber comprender, ser empático y no poner distancias sin saber antes, cuál es la raíz de la discrepancia. 

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Personas que saben brillar, personas que saben convivir

Hablábamos al inicio de las personas que saben brillar y que disponen de eso que hemos definido como conciencia cognitiva. Se trata ante todo de un constructo realmente útil que todos deberíamos aprender a practicar, a hacer nuestro para dotar a nuestros ambientes cotidianos de esa energía que crea cohesión, y que a su vez nos da la oportunidad de defendernos con respeto, con auténtica inteligencia emocional.

Grande es quien para brillar no necesita apagar la luz de los demás

A continuación, te invitamos a reflexionar sobre las dimensiones que dan forma a este comportamiento tan lleno de armonía, de equilibrio interior.

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Cómo desarrollar una conciencia cognitiva saludable y útil

Para crear un buen impacto en nuestros contextos cotidianos y favorecer esa necesitada cohesión, es necesario primero “cohesionarnos” por dentro, es decir, saber qué ocurre en nuestro interior. Debemos aprender a ser cognitivamente conscientes.

  • Para sumar y no restar, no debemos prestar atención solo a nuestro exterior. No se trata únicamente de ir con toda la buena voluntad del mundo para ayudar, para “caer bien”, para resolver necesidades ajenas. Quien se centra solo en el exterior se descuida a sí mismo, y la armonía, también se pierde.
  • Es necesario, por tanto, desarrollar una auténtica calma interior, recordar cuáles son nuestros valores, cuáles nuestras fortalezas, reafirmando siempre nuestra autoestima como ese faro de luz que nunca hay que perder de vista.
  • Por otro lado, también es muy positivo poner en práctica una adecuada conciencia sensorial. Debemos intuir, sentir y saber entender las emociones ajenas, ese mundo de los sentidos que a menudo nos envuelven y nos aprisionan.
  • La persona que sabe brillar, que sabe sumar, es capaz de entender y descifrar ese mundo emocional para canalizarlo como es debido. Desarrollará un adecuado y respetuoso “desapego emocional” hacia quien gusta traer conflictos, críticas y amarguras infundadas.
  • A su vez, sabrá sintonizar con la persona que camufla sus necesidades reales mediante esa hostilidad o mal humor donde a veces, yace la soledad, el miedo o la depresión.

Para concluir, la verdadera convivencia no implica crear fronteras ni expatriarnos ante lo que no nos gusta o no entendemos. Se trata de crear puentes, de respetar opiniones distintas, de entender a quien sufre en silencio y de hacer brillar a quien en ocasiones cae en un nubarrón de oscuro desconcierto.

La distancia auténtica la guardaremos para cuando nos infligen un daño auténtico. Porque en esta vida, quien sabe sumar no es cautivo de nada ni nadie; es alguien libre, feliz por ser quien es y que a su vez, es capaz de transmitir su bienestar a quienes le rodean.

Vía: lamenteesmaravillosa