Solemos entender el valor de los momentos cuando se convierten en recuerdos

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Solemos entender el valor de los momentos cuando se convierten en recuerdos

La realidad es que pocas personas logran percatarse de lo que viven en su momento presente y darle el valor que corresponda, especialmente por estar pensando en otra cosa o esperando algo diferente que podría ocurrir en el futuro.

La frase: era feliz y no lo sabía, tiene tanto contenido de verdad que produce tristeza, vamos por la vida detrás de algo que muchas veces ni siquiera sabemos exactamente qué es lo que es, para luego de mucho recorrer, sentir que ese algo lo tuvimos en nuestras manos y no supimos reconocerlo.

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Debemos estar conscientes del presente, donde todo ocurre, debemos ser capaces de apreciar las cosas importantes en los pequeños detalles, ésas que nos dibujan en el rostro una sonrisa. Podemos tener nuestra mente siempre ocupada, por lo general preocupada  y de esta manera perdernos lo que tenemos justo en frente, esa persona especial que nos acaricia, ese juego con nuestro hijo pequeño que a veces queremos que termine pronto para hacer cosas de “mayor importancia”, ese café matutino que nos despierta y muchas veces nos tomamos por el simple hábito adquirido, son solo muestras de pequeños detalles que llenan nuestras vidas.

El poder accionar es algo que solo ocurre en el presente, porque es de lo único que disponemos, poder decir lo que sentimos, poder abrazar, poder dar, poder recibir, solo lo podemos hacer en un solo tiempo. El pasado son solo recuerdos que traemos al presente de una manera por lo general distorsionada y el futuro aun no es accesible a nuestras vidas.

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Así que no permitamos que algo esté en nuestros recuerdos para darle valor, no vivamos buscando aquello que creemos necesitar, ni esperando que las condiciones cambien para ser felices. Seamos felices con lo que tenemos en este preciso momento, demos prioridad a nuestros afectos, dediquémonos tiempo, hagamos las cosas con amor y entrega, pensemos que no tendremos otra oportunidad para vivir un momento determinado, así que hagámoslo desde el corazón, que cuando llegue a ser un recuerdo no queramos sumarle valor, ni mucho menos cambiarlo, que estemos satisfechos con lo que dimos e hicimos con los recursos que teníamos para ese entonces.

La vida se diluye rápidamente, saquémosle el jugo, exprimamos el tiempo, perdamos la costumbre de postergar, de no decir lo que sentimos, de no disfrutar y de no agradecer. Cada momento contiene la magia que nosotros le impartamos. Si este fuese tu último momento, ¿cómo lo vivirías?

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Por: Sara Espejo – Mujer.Guru

Tanto que hacer con tu vida y ¿prefieres dedicarla a lo que no te hace feliz?

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Tanto que hacer con tu vida y ¿prefieres dedicarla a lo que no te hace feliz?

Parece un tanto ilógico, pero es lo que hacemos la mayoría de las personas con nuestro tiempo. Dedicamos la mayor parte de nuestra vida a cosas que no nos hacen felices, muchas veces ni siquiera logramos descubrir qué es aquello que nos hace vibrar, vivimos una vida sin propósito, sin pasión, en donde cada uno de sus días se parece mucho al anterior.

La vida nos ha sido ofrecida para disfrutarla, para bailarla, para sentir sus aromas y entender sus mensajes, la vida es para conocer personas, sitios, sabores, para admirar amaneceres y dormirnos con el sonido del mar de fondo, la vida es para admirar cada milagro, para enamorarnos de lo que hacemos, para reír, incluso para llorar, para aprender a amar y para ser amados.

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La vida es complicada si la vemos de esa manera, si aprendemos a relajarnos, a fluir con ella y a dedicarle nuestro tiempo a lo que nos hace feliz, realmente estaremos montados en la ola correcta, aprendiendo y creciendo, pero siempre disfrutando.

El amar la vida comienza por amarnos a nosotros mismos, aceptarnos, dejar de juzgarnos y limitarnos, no sabotear nuestros planes y menos nuestra vida cuando creemos que todo marcha bien, sentirnos merecedores de todas las bendiciones, porque ellas están allí disponibles para cada uno de nosotros. Solo cuando miramos con ojos de escasez es que obtenemos de la vida sobras y migajas.

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Pensemos prósperamente, no nos conformemos con un poquito, ni un parcial, vayamos detrás de sueños gigantes, que si nos sentimos capaces y merecedores, esos sueños se nos harán pequeños. Aprendamos a valorar las pequeñas cosas, que de seguro más adelante nos daremos cuenta de que en esos detalles estaba lo realmente importante de la vida.

No dejes que la monotonía te atrape, rinde tu tiempo, si tienes obligaciones que cumplir, organiza tu agenda de manera tal de que lo que te hace feliz no quede por fuera, ni un solo día. De igual manera cualquier cosa que demande tu tiempo hazla con amor, con agradecimiento por lo que te ofrece y así estarás entrando en sintonía con la prosperidad de la vida y a tu corazón le será más sencillo mostrarte el camino cuando tu actitud ante la vida es positiva.

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Aprende a silenciar tu mente, a veces ella por no salir de la zona de confort se encarga de alimentar ideas catastróficas asociadas a las consecuencias de atreverse, de ir tras lo que realmente queremos y si le damos control total, terminamos en una castrante cárcel creada por nosotros mismos. Tienes mucho por hacer, dedica tu vida a lo que realmente lo merezca.

Por: Sara Espejo – Mujer.Guru

Las mejores cosas siempre son gratis: soñar, abrazar, reír…

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Las mejores cosas siempre son gratis: soñar, abrazar, reír…

Las mejores cosas de nuestra existencia, en realidad, nunca son “cosas”: son momentos, lecciones, recuerdos, son abrazos intensos bajo la lluvia y emociones que recorren nuestra piel por aquellas palabras sinceras susurradas al oído. Todo ello acontece cuando nos sentimos verdaderamente libres y receptivos a lo que nos rodea, sin miedos, sin actitudes limitantes, sin prejuicios…

Una de las premisas que definen a la psicología positiva es la eterna cuestión de cómo ser más feliz. Martin Seligman, máximo representante de esta tendencia y célebre psicólogo famoso ante todo por sus trabajos sobre la depresión y la indefensión aprendida, nos señala que una forma de conseguirlo es mediante el “engagement”. Sería esa capacidad para involucrarnos en los aspectos más positivos y simples de la vida, tales como soñar, abrazar, reír…

Las mejores cosas de esta vida son gratis y no se pueden ver, porque las ofrecemos y las sentimos con los ojos cerrados: besar, abrazar, soñar…

Por curioso que resulte, no siempre es fácil darnos cuenta de cómo nos enriquecen este tipo de actos tan simples. A veces, perdemos el rumbo de tal manera que al final, acabamos construyendo una vida en la que no somos felices. Nosotros mismos alzamos nuestras propias cárceles y esos escenarios donde se pierde el valor de las cosas más sencillas, las más auténticas…

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Las psicología positiva y el valor de las pequeñas cosas

Hasta no hace mucho la psicología se centraba -ante todo- en describir esas áreas asociadas o bien a patologías o a aspectos negativos como la depresión, el estrés, la ansiedad. A casi nadie se le había ocurrido enseñarnos algo tan esencial como aprender a “ser felices”. Era como si cada uno de nosotros llegáramos al mundo con “un chip” instalado de fábrica que nos facilitaba alcanzar ese estado de forma natural.

No obstante, el ser humano tiene una extraña “habilidad” para no ser feliz o al menos, no sentirse tan realizado o satisfecho como desearía. Por ello, en 1999 la Organización Gallup fundó el Instituto de Psicología Positiva y en el 2006 Martin Seligman se convirtió en uno de los principales abanderados de esta tendencia que incide en diferentes aspectos, como que la riqueza no da la felicidad o y que la modernidad o la tecnología tampoco hace a las personas más alegres…

Un aspecto esencial que nos enseña la Psicología Positiva es que las emociones negativas nos ayudan a sobrevivir de forma individual. El miedo, nos empuja a huir, la tristeza a reconocer que algo va mal para “reconstruirnos por dentro”. Por su parte, las emociones positivas nos permiten conectar con los demás para sobrevivir como especie, de ahí los abrazos, las palabras amables, las caricias, la amistad, el amor…

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Las mejores cosas nunca son “cosas”

Tal Ben-Shahar es toda una referencia en el campo del estudio de la felicidad y el liderazgo. Es profesor de Harvard y sus clases siempre baten récords de matriculación por el gran interés que suscitan sus teorías, las mismas que ha reflejado en libros como “La búsqueda de la felicidad” o “Practicar la felicidad, un diario para tu realización”.

Disfruta de las pequeñas cosas de la vida, algún día te darás cuenta de que eran las mejores.

Queda claro que al gran público ya no nos interesa tanto saber qué es una depresión o qué síntomas tiene el estrés. Las personas queremos que nos indiquen cómo ser un poco más felices o al menos, cómo lograr sintonizar con nuestro interior y el entorno para sentirnos bien.

Estas serían algunas de las claves que nos indica el profesor Tal Ben-Shahar.

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Claves donde se inscribe la felicidad

Las mejores cosas son aquellas que no se programan y que surgen de forma espontánea. Uno de los focos de estrés e insatisfacción más habitual es el hecho de marcarnos altas metas o el proponernos alcanzar aspectos poco realistas.

  • La necesidad de aparentar juventud eterna, de acumular cosas, de alcanzar éxitos… Todo ello tiene un límite, y ese límite es no caer en el perfeccionismo neurótico sino en el positivo, aquel que es realista, que agradece lo que tiene, lo que uno es y lo que le rodea.
  • No hay que tener “miedo al miedo”. Lo señalábamos antes, las emociones negativas como el miedo son toques de atención individual que hay que saber atender y aceptar, para después superar. Si vivimos, por ejemplo, con miedo a equivocarnos jamás aprenderemos, jamás daremos el paso hacia la oportunidad o el cambio.
  • Conoce tus emociones y sírvete de ellas. Ya sabemos que las emociones negativas son armas de autoconocimiento, y en lo que respecta a las positivas, debemos verlas como canales de crecimiento y de expansión. El simple hecho de propiciarlas y desarrollarlas cada día a través del afecto, de la comunicación empática, del respeto y el cariño nos permitirá conectar con los demás para poder crecer por dentro y por fuera, y a su vez, ser mucho más libres.

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Para concluir, algo que nos señala Ben-Shahar es que no debemos obsesionarnos con la idea de una felicidad eterna. Algo así es poco más que un ideal imposible. Se trata más bien de liberarnos de todas las cargas posibles y de vivir en equilibrio, en armonía, en serenidad.

Las mejores cosas no siempre las trae el dinero ni el éxito. De hecho, es muy posible que la auténtica felicidad ya esté a nuestro lado, con nuestros amigos, nuestras parejas, nuestros hijos..

Vía: lamenteesmaravillosa

En este momento de mi vida estoy buscando hacer exclusivamente lo que me hace feliz

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En este momento de mi vida estoy buscando hacer exclusivamente lo que me hace feliz

Cuánto tiempo tuvo que pasar para darme cuenta de que invertía la mayoría de mi tiempo en cosas que realmente no me llenaban, que guardaba para mí y para lo que realmente me apasionaba solo las sobras, los minutos restantes, quizás representaban un sacrificio de mis horas de sueño, pero de seguro nunca tenían una posición privilegiada en mi lista de prioridades.

No conforme con esto, el tiempo que finalmente fabricaba para aquello que me hacía vibrar iba cargado de una cuota de remordimiento y por pensamientos constantes que me desconcentraban y me hacían preocuparme por cosas que estaban aconteciendo en mi mente en otro tiempo, o bien me cargaba de nostalgia, con recuerdos de mi pasado… En fin pocas veces lograba estar realmente allí.

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Resulta que en algún momento comencé a perder el interés por casi todo lo que hacía, mi vida completa gritaba por un cambio, me sentía consumida en la rutina, en la generación de dinero, en un callejón en donde muchos estamos, pero que algunos creemos morir asfixiados en él. Comencé a cuestionarme muchas cosas de lo que hacía, comencé a estar consciente de cómo vivía mis experiencias. Necesitaba entender por qué todo lo que había tenido mi atención durante prácticamente toda mi vida, ahora resultaba tan banal, tan prescindible.

Comprendí que no por nuestra crianza, por la sociedad, por los lineamientos que nos dictan desde que somos muy pequeños, llegamos a creer que lo más normal representa una mejor vida, pero resulta que si no te hace vibrar, no importa, no es lo que debes hacer, no  es donde debes estar.

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Debemos escuchar a nuestro corazón cuando se expresa y nos dice: ¡Muévete! Debemos dejar los miedos a un lado y actuar, debemos escuchar esa voz interior que tenemos toda la vida mandándola a callar, cuando ella trata de llevarnos a donde debemos estar. Nuestra mente acostumbrada a sus creencias y sus pautas quiere mantenernos “seguros”, todo lo desconocido es un riesgo, pero de seguro no habrá sitio más seguro que una urna.

No es sencillo callar nuestra mente, no es sencillo romper paradigmas y sencillamente dejarnos guiar por nuestra intuición. Más aún cuando no logramos identificar esa voz. Pero si interpretamos lo que sentimos tendremos una buena guía, si sentimos esa alegría que proviene del alma, si no podemos borrar la sonrisa de nuestro rostro, muy probablemente estaremos orientados por un buen camino.

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Dedica tu tiempo a hacer lo que te haga feliz, haz las cosas con amor, agradece cada oportunidad, cada día, cada respiro, estamos aquí y mientras eso ocurra es nuestro deber hacer que valga la pena, que nuestro libro de vida tenga muchas experiencias, amores, lágrimas, intensidad, pasión!!… que pasemos realmente por la vida y no al contrario. Que nuestro corazón se acelere muchas veces al día mostrándonos la vibración de la vida. Nunca digas que es tarde, no importa cómo hemos invertido nuestro tiempo, lo importante es lo que haremos desde este preciso instante en adelante.

Por: Sara Espejo – Mujer.Guru

Lo que duele es no haberlo intentado en aquel momento, cuando había oportunidad

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Lo que duele es no haberlo intentado en aquel momento, cuando había oportunidad

La intuición nos habla casi a cada instante, pero no siempre la atendemos. Las corazonadas son como el rumor que uno escucha al poner el oído en una caracola. Están ahí, pero no siempre desciframos su lenguaje, hasta que un día, comprendemos lo que quisieron decirnos en su momento: “hazlo, atrévete, vete a ser feliz“.

Entre las múltiples y singulares experiencias del mundo emocional está sin duda esa extraña sensación donde uno pone la mirada atrás y se da cuenta de muchas cosas. Una de ellas es la de haber descubierto tarde algo que ya percibimos en su momento. Un viaje para el cual debimos comprar el billete, un rostro y un nombre que nunca debimos amar o una cerradura en la que nunca debimos introducir la llave.

¿Por qué actúa así el ser humano? ¿Por qué no procedemos de forma acorde a nuestras intuiciones o deseos en un momento dado? Hemos de entender en primer lugar que las personas no somos infalibles. Avanzar en nuestros ciclos vitales es como poner los pies sobre las rocas que cruzan un río. Unas serán más seguras que otras, y a instantes, será necesario confiar en nuestro instinto para dar ese salto arriesgado pero acertado.

En otros momentos, sin embargo, no hay más remedio que retroceder para tomar perspectiva y recuperar el equilibrio. No siempre estamos preparados para esos grandes pasos aunque una voz nos diga que es lo mejor para nosotros. Lejos de lamentarlo, lejos de sumirnos en un adagio triste y perpetuo de lo que “pudo ser y no fue”, es necesario instaurar nuevas perspectivas.

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El momento perdido y el “yo” melancólico

Empezaremos siendo objetivos: hay trenes que ya no vuelven a pasar. Llegarán muchas más ofertas de trabajo, sin duda, pero no aquella que no te atreviste a aceptar porque te obligaba a irte lejos. Llegarán también muchas más personas a tu vida, pero nunca esa voz sincera que prometía ser lo mejor para ti, y que aún así, dejaste ir. Ahora bien, que dejáramos pasar una oportunidad concreta no implica que aparezcan otras diferentes e igual de ilusionantes.

Poner nuestra mirada en el retrovisor de nuestras vidas nos hace caer a menudo en un extraño sortilegio. Llegamos a pensar que lo que hicimos o no hicimos en su momento pudo traernos la auténtica felicidad. “¿Por qué lo dejé ir si era lo mejor para mí?” ¿Por qué decidí hacer esto o lo otro si algo en mí me indicaba que no era lo correcto? Este tipo de pensamientos que nos llevan a una suerte de deriva emocional tienen un nombre: son los pensamientos contrafactuales.

Cuando empezamos a especular imaginativamente sobre lo que hubiera podido ocurrir, aplicamos el pensamiento contrafactual. Es un mecanismo mediante el cual el ser humano imagina, visualiza o construye alternativas a los hechos y a los acontecimientos ya sucedidos. Se activan con una meta fallida, con una relación perdida, con un sueño evaporado por la falta de valentía, para dar forma mediante la imaginación a lo que tendría que haber pasado.

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Son muchas las personas que viven mentalmente sumidos en este especie de “multiverso” o universos múltiples donde diferentes “yos” llevan a cabo “lo que pudo haber sido y no fue”No obstante, lo único que se consigue con ello es diluir por completo la propia identidad. Vale la pena recordar lo que dijo Heidegger una vez sobre este mismo tema: el ser humano está destinado a renovar su pasado nostálgico -y a veces dramático-, hacia un futuro más esperanzador y sabio.

La voz de la intuición a la que no siempre atendemos

Comparábamos al inicio nuestras corazonadas con ese rumor que se escucha al poner el oído en una caracola. Uno lo oye, no hay duda, pero no sabe muy bien qué es ese sonido o de dónde viene. Es interesante saber que esos murmullos del interior de las caracolas, lejos de ser el rumor del mar o producto de nuestra imaginación, es en realidad el aire del exterior vibrando en ese objeto semicerrado. La propia caracola hace de amplificador.  

Con las corazonadas, sucede algo parecido. Tenemos una sensación que escuchamos a modo de rumor sin darle demasiada importancia. Sin embargo, es así como se construyen las intuiciones: un elemento externo interactúa con nuestro corazón, con nuestra mente para tomar contacto con nuestro ser inconsciente. Es entonces cuando una voz interior vibra para darnos un mensaje concreto acorde a nuestra identidad. “Hazlo, es tu OPORTUNIDAD”.

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A veces, el hecho de desoír esa voz trae una consecuencia que ya conocemos: el arrepentimiento. Malcolm Galdwell, sociólogo y experto en esta materia nos indica que los mensajes que envía la intuición son difíciles de descodificar. No siempre los entendemos, no siempre queremos escucharlos porque la lógica o la presión de quienes nos envuelven pesa demasiado. Es algo que vamos entrenando con el tiempo, siendo más receptivos, libres y conscientes de nosotros mismos.

Queda claro también que muchas veces “esa voz” se equivoca, pero si hay algo que de verdad duele, que de verdad pesa y lacera el alma no es precisamente el habernos equivocado en un momento dado. Lo que duele es no haberlo intentado cuando tuvimos la oportunidad.

Vía: lamenteesmaravillosa

La insufrible necesidad de tener siempre la razón

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La insufrible necesidad de tener siempre la razón

Hay personas así, opinadores profesionales, mentes obcecadas en el “yo tengo la razón y tú te equivocas”. Son perfiles con el ego muy grande y una empatía muy pequeña, especialistas en alzar disputas continuas, artesanos habilidosos en desestabilizar la armonía de todo contexto.

Querer tener razón y demostrar que estamos en lo cierto es algo que a todos nos satisface, no podemos negarlo. Es un refuerzo para la autoestima y un modo de reequilibrar nuestras disonancias cognitivas. Ahora bien, la mayoría de nosotros entendemos que hay límites, sabemos que es vital aplicar actitudes constructivas, una visión humilde y un corazón empático capaz de apreciar y respetar los enfoques ajenos.

Sin embargo, uno de los grandes males de la humanidad sigue siendo esa insufrible necesidad por tener siempre la razón. “Mi verdad es la única verdad y la tuya no vale” enarbola el palacio mental de muchas personas e incluso de ciertos organismos, grupos políticos o países que gustan de vendernos sus idearios como panfletos moralizantes.

Ahora bien, más allá de ver estos hechos como algo aislado o anecdótico, debemos tomar conciencia de que es algo serio. Porque quien se obsesiona en tener siempre la razón acaba sufriendo dos efectos secundarios implacables: el aislamiento y la pérdida de la salud. Debemos ser capaces de conectarnos a los demás, de ser sensibles, respetuosos y hábiles a la hora de crear entornos más armónicos.

Dos hombres en un barco: la historia de la ceguera, el miedo y el orgullo

Thich Nhat Hanh, también conocido como “Thay” (“maestro” en vietnamita) es maestro zen, poeta y un gran activista por la paz. Cuenta con más de 100 libros publicados y fue propuesto para el premio Nobel de la Paz por Martin Luther King.

Entre las muchas historias que el maestro Thay nos suele dejar, hay una que nos da un buen ejemplo sobre la insufrible necesidad del ser humano por tener la razón. El relato se inicia en una mañana cualquiera en una región de Vietnam. Era la década de los años 60 y el contexto bélico se extendía en todas aquellas tierras antes tranquilas, serenas y marcadas por las rutinas de su gente.

Ese día dos viejos pescadores navegaban río arriba cuando de pronto, avistaron una embarcación que se dirigía a ellos río abajo. Uno de los ancianos quiso remar hacia la orilla pensando que en ese barco iba el enemigo. El otro anciano, empezó a gritar a viva voz alzando su remo convencido de que era un pescador incauto y poco hábil.

Los dos pescadores empezaron a discutir entre sí como niños en un patio de colegio, hasta que segundos después, la embarcación que iba río a bajo los embistió de pleno lanzándolos al agua. Los ancianos se cogieron a los restos de madera flotantes descubriendo que el otro barco iba vacío. Ninguno de los dos tenía razón. El auténtico enemigo estaba en sus mentes, en unas mentes demasiado obcecadas y en unos ojos que ya no contaban con la agudeza visual de antaño.

Las creencias son nuestras posesiones

Las personas somos auténticas máquinas de creencias. Las interiorizamos y las asumimos como programas mentales que nos repetimos una y otra vez a modo de letanía, hasta procesarlas como una propiedad, como un objeto que debe ser defendido a capa y espada. De hecho, nuestro ego es todo un mosaico de variadas y férreas creencias, esas por las que más de uno no duda perder a los amigos con tal de llevar siempre la razón.

Por otro lado, es conveniente recordar que todos tenemos pleno derecho a tener nuestras propias opiniones, nuestras verdades y nuestras predilecciones, esas que hemos descubierto con el tiempo y que tanto nos identifican y definen. Sin embargo, cuidado, porque ninguna de estas dimensiones deben “secuestrarnos” hasta el punto de arrojarnos a ese calabozo de “mi verdad es la única verdad que cuenta”.

Hay quien vive inmerso en un diálogo interior que a modo de mantra, le repite una y otra vez que sus creencias son las mejores, que sus enfoques son inamovibles y que su verdad es un lucero de sabiduría inviolable. Pensar de este modo les arroja a tener que ir por la vida buscando personas y situaciones que validen sus creencias, y las “verdades” de esos mundos atómicos y restringidos donde nada debe ser cuestionado.

Las consecuencias de vivir con este tipo de enfoque mental suelen ser serias y casi irremediables.

La desesperante necesidad de tener siempre la razón y sus consecuencias

El mundo no es en blanco y negro. La vida y las personas encuentran su máxima belleza y expresión en la diversidad, en los enfoques variados, en los distintas perspectivas de pensamiento ante los cuales, ser siempre receptivos para aprender, crecer y avanzar.

Apegarnos al pensamiento único y en la imposición de una verdad universal es ir en contra de la esencia de la humanidad, e incluso del propio ejercicio de la libertad individual. No es lícito, no es lógico y tampoco es sano. James C. Coyne, escritor, psicólogo y profesor emérito de la escuela de psiquiatría en Universidad de Pennsylvania afirma que la necesidad de tener siempre la razón es un mal moderno capaz de afectar a nuestra salud física y emocional.

Según un estudio llevado a cabo en la Universidad de Bradford (Reino Unido), cerca del 60% de personas con este tipo de perfil, sufre úlceras, altos niveles de estrés y relaciones disfuncionales con la familia. Además, y por si no fuera bastante, son personas que alteran la convivencia de todo entorno en el que se mueven.

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Para concluir, algo que todos sabemos es que nuestro a día a día es como un fluir donde se entrecruzan varias y complejas corrientes. Todos vamos en nuestros propios barcos, bien río arriba o bien río a bajo. En lugar de obcecarnos en mantener siempre una misma dirección, aprendamos a alzar la vista para no chocar los unos con los otros.

Permitamos el paso, creemos un mar de mentes capaces de conectarse las unas con las otras para fluir en libertad y en armonía. Al fin y al cabo todos buscamos un mismo destino, que no es otro que la felicidad. Así que construyámoslo poniendo como base el respeto, la empatía y un sentido auténtico de convivencia.

Imágenes cortesía de Logan Zillmer

Vía: lamenteesmaravillosa

Cómo ayudar al niño que un día fuimos

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Cómo ayudar al niño que un día fuimos

Es una obviedad decir que todos hemos sido niños en algún momento. Hasta la persona que pueda parecerte más agresiva, iracunda, cascarrabias o tóxica ha pasado por esa dulce etapa vital que se supone, debería ser la infancia. Pero no siempre es de color de rosa. Para muchas personas la infancia ha significado un periodo vital del que prefieren no acordarse.

Niños huérfanos, maltratados, abandonados, criticados…Tristemente, el ser niño no te exime de recibir comportamientos tan penosos o negligentes por parte de los adultos.

Y esto acaba pasando factura. Ese niño crece con una autoestima deficiente, pensando que no es digno de amor, que siempre le abandonarán, que dependerá de otros para ser feliz o que carece de valía personal. Al llegar a la edad adulta, todas estas carencias pueden ser sacadas a la luz en forma de falta de asertividad, celos, rabia, adicciones o depresión.

No pretendemos echar toda la culpa de como nos sentimos ahora a nuestro pasado, pero sí que es importante conocer su influencia para ahora, en el presente, aprender las herramientas que necesitamos para salir a flote.

Ese niño, que aun está dentro de nosotros, sigue dolido y necesita que el adulto que ahora somos le ayude a sanarse.

Los esquemas vitales

Jeffrey Young es un psicólogo americano conocido por ser el fundador de la terapia de esquemas. Esta terapia consiste en que la persona que está sufriendo se dé cuenta de los esquemas que hoy día rigen su vida y como estos deben ser modificados.

Estos esquemas fueron aprendidos en la infancia y han sido extrapolados a la edad adulta. El objetivo de la terapia es desactivar los esquemas y conseguir sanar al niño que llevamos dentro.

Los esquemas son patrones de pensamiento, emoción y acción que repetimos constantemente al encontrarnos en una situación determinada.

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Si por ejemplo nuestra madre nos abandonó cuando éramos niños, y es un hecho que no supimos gestionar, es probable que en la actualidad presientas con frecuencia que vas a ser abandonado. Esto repercute en las relaciones de amistad, familiares o pareja y puede estar generándote una conducta celotípica, agresiva o dependiente.

Digamos que aquella figura tan importante para ti que era tu madre, ha sido proyectada por ejemplo, en tu pareja. Así, como crees no ser digno de amor, piensas erróneamente que puede dejarte, al igual que lo hizo tu madre.

Además del esquema de abandono, existen otros como el de privación emocional, fracaso, vulnerabilidad al daño, desconfianza, etc… los cuales por razones de espacio no entraremos a explicar aquí. Todos ellos comparten la peculiaridad de que han sido formados en la infancia, ya sea por el tipo de apego con la familia o por experiencias tempranas traumáticas.

Estos esquemas siguen activándose cuando somos adultos, al encontrarnos con experiencias que se parecen a las que experimentamos de niños.

Sanar al niño interior

Las terapias cognitivo-conductuales se basan en el cambio de pensamientos automáticos negativos y creencias actuales, además de en la deshabituación de ciertos comportamientos repetitivos que son disfuncionales. También trabajan con las emociones y la influencia que tienen sobre nuestro comportamiento y su evaluación.

La terapia de esquemas, además de todo esto, añade el ejercicio de echar un vistazo al pasado, de volver a revivir aquello que nos hirió cuando éramos pequeños e intentar que nuestro adulto ayude a nuestro niño.

Un ejercicio que podemos practicar cada día es imaginarnos a nosotros mismos de niños, en una situación que fue dolorosa y no hemos superado. Cierra los ojos, relájate e intenta revivir lo más nítidamente posible aquella escena. Observa a ese niño o niña que eras y siente las emociones que sentiste. No huyas de la tristeza, ni de la ansiedad ni de la rabia que te supuso. Permítete sentirlas en todo su esplendor.

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Una vez que estés metido en la escena y lo sientas todo casi como aquel día, saca a escena a tu adulto, con toda la sabiduría que ahora tiene y deja que ayude a ese niño. El adulto abrazará al niño, le secará las lágrimas, lo entenderá y le dirá que está ahí para siempre. Además, el adulto le preguntará al niño qué es lo que necesita e intentará satisfacerlo. De esta forma, habrás cubierto tus necesidades y ayudado a ese niño, que eres tú.

Además, el adulto debe animar al niño a perdonar. Este acto, tan valiente, rompe las cadenas de la esclavitud de un recuerdo difícil de superar y que aun nos pesa en la actualidad.

Es un ejercicio muy emotivo que ayuda a profundizar en nuestros sentimientos y a desactivar, en parte y con mucha práctica, los esquemas disfuncionales que hemos aprendido.

Imagen principal de Amanda Cass

Vía: lamenteesmaravillosa

Bueno o malo, esto también pasará – Leyenda del Rey

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Bueno o malo, esto también pasará – Leyenda del Rey

Para tener control real de nuestras vidas y disfrutarlas al máximo, debemos acostumbrarnos a darle la atención e importancia que tiene cada uno de los acontecimientos en nuestras vidas, desde el enfoque de la transitoriedad, tomando consciencia de que nada es para siempre, ni lo que llamamos bueno, ni lo que llamamos malo.

No agreguemos drama innecesario en nuestro camino, seamos capaces de asimilar cada experiencia, obteniendo de cada una lo mejor posible, su lección, su energía, su marca positiva en nosotros. Si podemos vivir la vida sin desarrollar apegos, sino disfrutando de cada una de las cosas maravillosas  y aceptando las que consideramos negativas, estaremos viviendo un poco más alineados con la nuestra serenidad y armonía.

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Si nos ocurre algo maravilloso disfrutemos de ello, sin miedo a dejar de vivirlo, porque eso nos hace dejar de disfrutar y darle paso al ego que todo lo quiere retener. Si estamos atravesando una experiencia que no nos agrada, no nos resistamos, dejemos que fluya, aceptándola, así no nos hará tanto daño, busquemos las alternativas para salir de ella pero sin resistirnos a su acontecer, sin darle más fuerza y control sobre nosotros.

Entender que todo pasa, nuestras emociones, nuestras experiencias, es tener un ancla a tierra, es venir de vuelta al momento presente y dejar de preocuparnos por lo que pasará.  Acá les dejo esta antigua leyenda que nos invita a reflexionar acerca de cómo podemos apreciar la vida y sus tránsitos:

Esto También Pasará

Una vez un rey citó a todos los sabios de la corte, y les manifestó:

“Me he mandado hacer un precioso anillo con un diamante con uno de los mejores orfebres de la zona.

Quiero guardar oculto dentro del anillo, algún mensaje que pueda ayudarme en momentos de desesperación total. Me gustaría que ese mensaje ayude en el futuro a mis herederos y a los hijos de mis herederos. Tiene que ser pequeño, de tal forma que quepa dentro del diamante de mi anillo”.

Todos aquellos que escucharon los deseos del rey eran grandes sabios, eruditos que podían haber escrito grandes tratados…Pero ¿pensar un mensaje que contuviera dos o tres palabras y que cupiera debajo de un diamante de un anillo? Muy difícil. Igualmente pensaron, y buscaron en sus libros de filosofía por muchas horas, sin encontrar nada que se ajustara a los deseos del poderoso rey.

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El rey tenía muy próximo a él un sirviente muy querido. Este hombre había sido también sirviente de su padre, y había cuidado de él cuando su madre había muerto. Era tratado como parte de la familia y gozaba del respeto de todos.

El rey, por esos motivos, también lo consultó.

Y éste le dijo:

“No soy un sabio, ni un erudito, ni un académico, pero conozco el mensaje”

“¿Cómo lo sabes?” preguntó el rey.

“Durante mi larga vida en el palacio, me he encontrado con todo tipo de gente, y en una oportunidad me encontré con un místico. Era un invitado de tu padre, y yo estuve a su servicio. Cuando nos dejó, yo lo acompañe hasta la puerta para despedirlo y como gesto de agradecimiento me dio este mensaje”.

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En ese momento el anciano escribió en un diminuto papel el mencionado mensaje. Lo dobló y se lo entregó al rey.

-Pero no lo leas – dijo – Mantenlo guardado en el anillo. Ábrelo solo cuando no encuentres salida en una situación.

Ese momento no tardó en llegar: el país fue invadido y el rey perdió el reino. Estaba huyendo a caballo para salvar su vida, mientras sus enemigos lo perseguían. Estaba solo, y los perseguidores eran numerosos. En un momento, llegó a un lugar donde el camino se acababa, y frente a él había un precipicio y un profundo valle.

Caer por él, sería fatal. No podía volver atrás porque el enemigo le cerraba el camino. Podía escuchar el trote de los caballos, las voces, la proximidad del enemigo.

Fue entonces cuando recordó lo del anillo. Sacó el papel, lo abrió y allí encontró un pequeño mensaje tremendamente valioso para el momento.

Simplemente decía “ESTO TAMBIÉN PASARÁ”. Fue en ese momento que fue consciente que se cernía sobre él un gran silencio.

Los enemigos que lo perseguían debían haberse perdido en el bosque, o debían haber equivocado el camino. Pero lo cierto es que lo rodeó un inmenso silencio. Ya no se sentía el trotar de los caballos. El rey se sintió profundamente agradecido del sirviente y del místico desconocido. Esas palabras habían resultado milagrosas. Dobló el papel, volvió a guardarlo en el anillo, reunió nuevamente su ejército y reconquistó su reinado.

Ese día en que entraba victorioso a la ciudad, hubo una gran celebración con música y baile, y el rey se sentía muy orgulloso de si mismo.

En ese momento, el anciano que nuevamente estaba a su lado, le dijo:

“Apreciado rey, ha llegado el momento para que leas nuevamente el mensaje del anillo”

“¿Qué quieres decir?” Preguntó el rey.

“Ahora estoy viviendo una situación de euforia, las personas celebran mi retorno, hemos vencido al enemigo”.

“Escucha” dijo el anciano “Este mensaje no es solamente para situaciones desesperadas, también es para situaciones placenteras. No es sólo para cuando te sientes derrotado, también lo es para cuando te sientas victorioso. No es sólo para cuando eres el último, sino también para cuando eres el primero.”

El rey abrió el anillo y leyó el mensaje “ESTO TAMBIÉN PASARA” , y nuevamente sintió la misma paz, el mismo silencio, en medio de la muchedumbre que celebraba y bailaba .

El orgullo y el ego habían desaparecido. El rey pudo terminar de comprender el mensaje. Lo malo era tan transitorio como lo bueno.

Entonces el anciano le dijo:

“Recuerda que todo pasa. Ningún acontecimiento ni ninguna emoción son permanentes. Como el día y la noche, hay momentos de alegría y momentos de tristeza. Acéptalos como parte de la dualidad de la naturaleza porque son la naturaleza misma de las cosas.”

Por: Sara Espejo – Mujer.Guru

Prefiero las distancias honestas a las cercanías hipócritas

hipocresía

Prefiero las distancias honestas a las cercanías hipócritas

En los entornos donde abundan los hipócritas, los sinceros son los malos y la verdad es la gran enemiga. Por ello, siempre serán preferibles las distancias honestas cuando nuestros valores choquen a esa cercanía sibilina que trae máscaras de amabilidad y armaduras doradas detrás de las que se esconden personas falsas.

Es muy posible que algunos no sepan que los científicos, sociólogos y los biólogos han querido llamar al actual periodo terrestre “Antropoceno” (hombre nuevo) en lugar de Holoceno. La intención es simple y hasta inspiradora: enfatizar un periodo donde la humanidad tiene como objetivo alcanzar una “cuota” más alta en cuanto a inteligencia, cohesión social, armonía, respeto y conciencia.

Sin embargo, libros tan interesantes como “Antropozoología”, abrazando la cohexistencia en el Antropoceno”, de los científicos Michael Tobias Charles y Jane Gray Morrison, nos hablan precisamente de una dimensión muy concreta: la hipocresía del ser humano. Seguimos siendo esa raza de vertebrados habituada a predicar una cosa y hacer otra. Padecemos un trastorno por déficit de naturaleza y además, aún nos cuesta mucho favorecer esa cohexistencia de los unos con los otros dejando a un lado diferencias culturales, sociales o de género.

Todos sabemos que no es nada sencillo establecer una distancia frente a quien no nos agrada o nos incomoda. En ocasiones, estamos obligados a compartir espacio con ese familiar de ideas extremas, o incluso con ese directivo que no calza nuestros mismos principios morales. Sin embargo, lo que sí podemos hacer es crear adecuados espacios de autoprotección donde no caer nunca en el insaluble ejercicio de la hipocresía.

En el reino de la hipocresía solo los más fuertes sobreviven

Aquiles decía en la Ilíada que si había algo que le incomodaba mucho más que las puertas del Hades, eran las personas que decían una cosa y hacían otra. Bien, es muy posible que todos nosotros tengamos cerca a una persona chapada con este tipo de material que tanto abunda en la era del Antropoceno. Lo que tal vez no sepamos es que no hay que responsabilizar única y exclusivamente al propio hipócrita de su comportamiento.

La hipocresía es mucho más que la clásica disonancia entre nuestras ideas rectoras y nuestros comportamientos. En ocasiones, el propio entorno que nos rodea nos obliga a ello. Cada día nos enfrentamos a un enorme rompecabezas vital, las piezas están dispersas y estamos obligados a sobrevivir en estas “superficies sociales” tan complejas. Casi sin que nos demos cuenta, en ocasiones, acabamos haciendo cosas que no armonizan con nuestros principios, con nuestras ideas o convicciones.

Entre lo que se piensa, se dice y se hace, puede haber un abismo, y a pesar de no querer faltar a nuestra verdad interior lo acabamos haciendo por las presiones del ambiente. Esto es lo que Leo Festinger definió como disonancia cognitiva, es decir, experimentar una desarmonía o un conflicto entre nuestro sistema de ideas, creencias y emociones (cogniciones) con las propias conductas.

Ahora bien, a pesar de que una buena parte de nuestra sociedad sea terreno abonado para que nos comportemos como hipócritas creados en molde, en realidad, podemos diferenciar claramente dos tipologías. Por un lado, están los que sufren esa disonancia cognitiva y deciden poner límites para hallar una adecuada armonía entre lo que se piensa y lo que se hace. Por otra parte, abundan los que sencillamente, entienden la vida de este modo. La disonancia deja de existir para dar paso a una cognición firme y clara de lo que se hace tiene pleno sentido y ante todo…un propósito.

Cómo protegernos de los comportamientos hipócritas

Practicar lo que se predica no solo es un acto de respeto, también lo es de “autorespeto” y de bienestar personal. Ya sabemos que todos, de algún modo, hemos practicado este arte en alguna ocasión para poder integrarnos en un contexto determinado: en un trabajo, en una fiesta, en  una reunión familiar…

Ahora bien, si hay una finalidad clara y objetiva que tienen las disonancias cognitivas, es encender una alerta psicológica para informarnos de que el fino hilo que sustenta la conducta con los valores, está a punto de romperse. Iniciar un proceso de reflexión nos salva sin duda de cristalizar la hipocresía.

Sin embargo… ¿qué podemos hacer si muy cerca de nosotros habita un hipócrita empedernido y corrosivo? Hay personas honestas, que al intuir algo tan sencillo como la incompatibilidad de caracteres o de valores, eligen poner distancia con adecuada elegancia y respeto. Eso es algo que sin duda agradecemos, pero lamentablemente, no todo el mundo inicia este tipo de política de los buenos principios.

mujeres hipócritas

Lo más correcto sin duda sería que nosotros mismos estableciéramos un cordón de seguridad y nos alejáramos lo bastante como para no volver a coincidir, sin embargo, si esa persona es un familiar, un compañero de trabajo o un jefe, puede que no sea tan sencillo comprar el billete de no retorno.

En estos casos, nos será muy útil la regla de las tres”R”:

  • No “refuerces”: el hipócrita puede y tiene todo el derecho de hacer vida a tu alrededor, pero nunca reforzaremos sus comportamientos. Es decir, lo ideal es ser lo más asépticos posibles con ellos, no mantener conversaciones profundas donde revelar intimidades y no dar tampoco demasiada importancia a lo que puedan decir.
  • “Respétalo y respétate”. Deja que el hipócrita sea como bien quiera, que haga lo que desee pero siempre en su propia esfera, no dejes nunca que entre a la tuya. Respétate y dale la importancia justa sin dejar que te afecte su actitud.
  • No “renuncies” a tus valores. En ocasiones, cuando pasamos mucho tiempo en un escenario abonado por la hipocresía es común caer en algún momento en estos mismos comportamientos. Recuerda tus valores y principios y defíendelos aunque el resto no los entiendan o no los aprueben.

Por último, y no menos importante, recuerda siempre que la hipocresía se camufla con amabilidad cuando algo le conviene. Aprende a ser intuitivo y cauto, y si la oportunidad finalmente acontece, no dudes en poner una distancia adecuada donde poder recuperar tu plenitud emocional y psicológica.

Vía: lamenteesmaravillosa

No reniegues de tu vida, disfrutar de lo que se tiene es vivir…

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No reniegues de tu vida, disfrutar de lo que se tiene es vivir…

Lamentablemente pocas veces sabemos apreciar lo que la vida nos ofrece, los caminos que nos toca recorrer, las personas que llegan a formar parte de nuestra vida y de los momentos que se presentan como aprendizajes necesarios, tristemente no nos damos cuenta que la vida nos ofrece una oportunidad hermosa, maravillosa, eterna y continuada, para apreciar cada instante y cada respiro.

Pero la vida es corta: viviendo, todo falta; muriendo, todo sobra. Félix Lope de Vega y Carpio

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Resulta muy común y fácil renegar constantemente de lo que tenemos, manifestamos inconformidad con respecto a nuestras viviendas, lugares de trabajo, con nuestro entorno social, con el poco tiempo que tenemos, con el mucho tiempo que nos sobra, con la actitud de nuestra pareja, con el comportamiento de nuestros hijos, lamentablemente pocas veces  reconocemos la virtud de la vida de BB manera espontánea, siempre es más fácil ver los defectos y aquello que nos entristece y nos hace vivir constantemente en la insatisfacción.

El que no valora la vida no se la merece. Leonardo Da Vinci

Si tan sólo tuviéramos conciencia de las puertas que nos abre el hecho de reconocer y aceptar lo que la vida nos ofrece, en lugar de vivir renegando de ello, debemos disfrutar lo que llega a nuestras manos y de igual manera saber apreciar lo que parte de ella.

A veces pensamos que en la media en la que disfrutamos de las cosas aprendemos a valorarlas, no miramos en la profundidad para darnos cuenta que ocurre lo contrario, en la medida en la que valoramos lo que tenemos, podremos disfrutar de lo que nos ofrece, sin agregarle si es justo o injusto, si lo merecemos o no, simplemente disfrutar de los detalles que nos regala la vida, en tanto la vivimos o pretendemos vivirla.

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La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla. Gabriel García Márquez

Renegar de nuestra vida, solo trae sufrimiento, negación, amargura e inconformidad, este estado de oscuridad, puede llevar a perdernos los momentos más mágicos de nuestra vida, para darnos cuenta, al final de ella, que sencillamente nos perdimos de vivirla.

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Disfrutar de los niños, aprender de su crecimiento sin frustraciones innecesarias, permitirnos disfrutar del silencio sin lamentar la soledad, apreciar la compañía sin esperar nada, comprender y ser compasivo sin tener que juzgar o controlarlo todo… se trata de vivir en el presente, sin más ni menos, solo apreciar la experiencia en el momento.

Por: Marvi Martínez