No te conformes con ser el plan B de alguien

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No te conformes con ser el plan B de alguien

Algunas veces queremos ocupar lugares especiales y prioritarios en la vida de otra persona, pero terminamos en cualquier otra posición distinta a la que nos gustaría. En estos casos no es necesario conformarnos, debemos tener claros cuánto valemos y que si alguien no nos da la posición que nos corresponde y con la cual nos sentimos cómodos, seguramente habrá alguien más que sí esté dispuesto a ofrecernos lo que merecemos.

Adicionalmente a las múltiples alternativas, no podemos dejar de considerar una digna soledad, en sustitución de una relación con alguien para quien no somos más que un plato de segunda.

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Muchas personas toman a otras de repuesto, prestándole atención solo cuando sus prioridades no están disponibles. Algunas veces quienes ocupan estos roles de papeles secundarios, tienen sus autoestima tan golpeada que se conforman con las sobras que alguien le pueda ofrecer.

Pero vale la pena entender que nadie tiene que hacer papeles de coprotagonistas en sus propias historias. Si alguien sabe amar, respetar, cuidar y sembrar en una relación, a lo mínimo que debe aspirar es a eso mismo por parte de la persona con la cual se relacione.

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Es válido no querer a alguien, pero lo más sano en este caso es no darle cabida en nuestras vidas, no ilusionarlo, no jugar con sus sentimientos, no tenerlo de “por si acaso”. Si no está en nuestros planes darle importancia a alguien, resulta útil la honestidad. Es preferible causar un dolor puntual que prolongar la odisea de quien se carga de expectativas e ilusiones  que no podemos o queremos cumplir.

Resulta muy egoísta acaparar afectos que no estamos en condiciones de cuidar, inclusive resulta cruel y perverso el aprovecharse de los sentimientos de alguien que nos aprecia, por la necesidad de acumular, sin importar el dolor que causemos.

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Debemos recordar que nada escapa de la Ley de Causa y Efecto, que lo que sembremos será lo que cosechemos, por ende no actuemos pensando solo en nosotros y en los beneficios que obtenemos de nuestras relaciones, es necesario pensar en el propio bienestar sin generarle daño a alguien más.

Del otro lado, de qué sirve que nos quieran a ratos, con condiciones, siempre esperando, sin poder dar rienda suelta a lo que sentimos, midiéndonos, para no salir más lastimados de lo que probablemente ya estamos. El amor no se ruega, la atención no se mendiga y no podemos decidir qué posición ocupamos para otra persona, pero sin duda podemos decidir si estamos conformes con ella o no y en función de eso tomar las medidas que consideremos necesarias para nuestro bienestar y que vayan en pro de lo mejor que podemos merecer.

Por: Sara Espejo – Mujer.Guru

Yo no te olvidé, simplemente dejé de mendigar tu atención

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Yo no te olvidé, simplemente dejé de mendigar tu atención

La vida es tan fugaz, que no vale la pena desperdiciarla mendigando absolutamente nada. Si para alguien es necesario que mendiguemos su atención o cariño, para considerarnos, esto será una demostración de que no nos quieren bien y lo peor es que si nosotros aceptamos ese esquema, serán dos quienes no nos quieran de buena manera.

Es válido pasar por varias fases en un proceso de conquista que queremos liderar, pero cuando las acciones solo son unidireccionales, si dándolo todo y haciendo malabares y trucos, solo conseguimos un mínimo de atención por un período de tiempo extendido, sin que haya manifestaciones claras de reciprocidad, debemos canalizar nuestras energías en otra dirección.

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No todo el mundo tiene que querernos, pero sí resulta necesario que nosotros lo hagamos. El amor propio, el auto respeto, el aprecio y el reconocimiento de nosotros mismos y de lo que nos merecemos debe incluir una serie de límites en donde preservemos nuestra integridad y nuestra dignidad. Nadie debe ser tan importante que amerite una humillación de nuestra parte, que haga que perdamos el rumbo y nos enfoquemos en lo que no nos hace bien.

La atención debe ser algo que se reciba de forma espontánea, sin que requiera de nosotros un esfuerzo que nos desgaste, así mismo los sentimientos, estos no pueden forzarse, ni inyectarse, nacen de manera natural, se cultivan, se pueden inclusive racionalizar y favorecerlos, pero no se pueden obligar.

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Si nos sentimos dando mucho a quien difícilmente nos mira, es hora de vernos a nosotros mismos, pedirnos disculpas por la mala inversión de tiempo, de esfuerzos, de sentimientos y sencillamente determinar un nuevo rumbo. Mientras una persona no nos considera y no nos incluye dentro de su lista de prioridades, habrá muchas otras dispuestas a subirnos a un pedestal solo para admirarnos y ofrecernos lo mejor… Si ninguna de ellas nos llama la atención, pues siempre será preferible una soledad digna, que mendigarle a quien no le importamos.

Tengamos paciencia y perdámosle el miedo a la soledad, el amor llega cuando estamos en capacidad de recibirlo, cuando hemos aprendido a proyectar lo que queremos y creemos merecer y lo comenzamos a atraer.

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Cualquier experiencia incómoda o dolorosa, nos habla de heridas que debemos sanar, de creencias que debemos desmontar y es una invitación de la vida para revisarnos a nivel interior para entender por qué permitimos algunas cosas en nuestra vida, por qué nos conformamos con poco, por qué permanecemos donde no nos aprecian. No importa si las respuestas no nos llegan en el momento, ya el hecho de hacernos consciente de que debemos canalizar algo en nuestro ser nos permite ver la vida de otra manera y atraer cosas que resulten apropiadas a nuestra vida. Poco a poco nos daremos cuenta de lo que cada experiencia ha aportado a nuestras vidas.

Por: Sara Espejo – Mujer.Guru

Deja los celos… Al final todo el mundo está donde y con quien quiere estar

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Deja los celos… Al final todo el mundo está donde y con quien quiere estar

¿Te la pasas celando y cuidando a tu pareja, sintiéndote inseguro de dónde está, con quién está, qué hace o deja de hacer mientras no está contigo? ¿Sientes deseos infinitos de revisar su celular, su ordenador, sus notas, buscando información que pueda incriminar a tu pareja en algún acto de infidelidad en cualquiera de sus escalas? ¿Evalúas su mirada, su respiración, cada uno de sus gestos, cada vez que le haces alguna pregunta, le suena el teléfono o saluda a alguien en la calle?

Pues te digo lo siguiente: estás perdiendo tu tiempo, pero sobre todo estás sacrificando tu paz. Evidentemente nadie quiere ser víctima de un engaño, de una infidelidad o cualquier tipo de acto que pueda ser considerado desleal o traicionero. Pero de qué sirve estar con alguien que no te inspira confianza, que no puedes poner la cabeza en la almohada sin estar con esa persona, sin pensar qué estará haciendo, y obviamente, ése: “qué estará haciendo” dista mucho de imaginarse que está sumergido en recuerdos y pensamientos que tienen que ver contigo.

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Acá debemos revisar varias cosas asociadas al porqué celamos a esa persona, si es nuestra forma de relacionarnos, el problema es netamente nuestro. Acá debemos revisar qué creemos merecer en el amor, cuáles son nuestras creencias en relación a las relaciones y la fidelidad, cómo está nuestro amor propio, si hemos sido víctimas previamente de traiciones o cualquier otro factor que tenga un origen interno, más allá de la persona con la cual nos relacionemos.

Esto requiere de un trabajo individual, en el cual la pareja puede ayudar, pero será responsabilidad de cada uno entender  las causas de los celos y tomar medidas, desmontando creencias, perdonando y aceptando experiencias pasadas, entendiendo que cada vivencia es diferente, que cada persona es diferente y cada relación es diferente, pero sobre todo amándonos y estableciendo claramente lo que queremos para nuestras vidas.

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Si la conducta celosa no es habitual, sino generada por la fractura de la confianza por parte de la pareja, no contemos con la honestidad o sinceridad del otro, porque podemos quedarnos de por vida esperando. Estemos alerta a las señales y si las dudas no se disipan, sino que más bien se incrementa el estado de incertidumbre o desconfianza, consideremos seriamente la opción de marcar distancia en la relación.

Entendamos que cada quien está con quien quiere estar, cada quien se compromete en la medida que su capacidad le dé. Perdemos el tiempo celando e intentando controlar, vivamos relajados nuestra relación, disfrutándola al máximo, pensando que nuestra pareja nos cuida tanto como nosotros a ella y si no saben valorar nuestro amor y como pasa normalmente, la verdad cae por su propio peso, sencillamente marquemos retirada y que haya durado lo que tenía que durar.

De nada sirve martirizarnos con dudas, para estar desconfiando de la persona con la que estamos, es preferible dejar de estar, porque el amor en cualquiera de sus formas debe ofrecernos paz. Si no nos valoran, no somos nosotros los que estamos perdiendo, pierde aquel que no sabe apreciarnos. Pero no nos coloquemos en papel de detectives, de hacernos historias en la mente o de desconfiar, porque eso lo que hará será siempre perjudicar la relación y no nos permitirá disfrutar de la relación, torturándonos y haciendo la vida del otro algo indeseable (en caso de que no podamos disimular nuestra inseguridad). Actuemos sobre hechos, no sobre suposiciones.

Si un amor quiere marcharse de tu vida, no permitas que tu amor propio se vaya con él

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Si un amor quiere marcharse de tu vida, no permitas que tu amor propio se vaya con él

Muchas veces por querer cambiar la dolorosa realidad, de que la persona que amamos haya decidido continuar sus pasos sin considerarnos, caemos en el terrible error de perder lo más importante que tenemos, que no es más es otra cosa que el amor y el respeto que nos debemos.

Nadie manda en el corazón de otro

Si lo vemos de un solo lado, esto sería ventajoso, poder garantizar quien nos amará, pero si volteamos el escenario, definitivamente no nos gustaría que alguien controlara nuestros sentimientos y por mucho que nos puedan ofrecer, termináramos amando a la persona equivocada.

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El amor no tiene que ser para siempre

El amor se transforma y dentro de sus variaciones puede estar implícito el que ya no sea deseable nuestra presencia en la vida de alguien. Tenemos que valorar el amor mientras dure, mientras nos aporte aquello que nos hace bien y procurar en nuestros actos que lo que sembramos sea para que ese amor pueda sostenerse en el tiempo, pero si la relación deja de ser equilibrada y recíproca, el amor en algún momento caducará.

Soltar a quien no nos ama, es darle paso a nuevas oportunidades

Renunciar a quien amamos es doloroso, es difícil, pero si ya no nos aman y estamos convencidos de que estamos en lo correcto, debemos entender que es preferible vivir un proceso de duelo puntual, que morir por dentro poco a poco, tratando de retener a quien se quiere ir, tratando de revivir sentimientos que han muerto o dejándolo todo por alguien que no quiere recibirlo.

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Luchar por amor tiene un límite

El límite de la lucha por amor, en donde teóricamente todo se vale, tiene el límite del amor propio, de la dignidad, de la conservación de nuestra integridad. Está bien intentar recuperar sentimientos, tomar acciones de reconquista, establecer prioridades y convencernos de que esa persona vale nuestro esfuerzo, pero esto debe tener límites que preserven nuestro bienestar.

No se vale humillarnos, ni darnos la espalda, ni justificar los errores cometidos por el otro, ni echarnos a cuesta toda la responsabilidad de que las cosas no se hayan dado como deseábamos, tampoco debemos inspirar lástima o manipular. Solo como advertencia lo que se consigue a través de estos términos es pena y desprecio y si es lo que consideran para permanecer a nuestro lado, estaremos en una posición de desventaja que nos hará la vida a cuadros y no será más que una postergación de lo inevitable.

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No retengamos a quien quiere marcharse, ninguna relación forzada otorga felicidad. Si no hicimos las cosas bien, nos quedará de experiencia, si por el contrario lo dimos todo, podremos decir adiós con la plena seguridad de que más temprano que tarde lamentarán habernos perdido.

Las relaciones son para agradecerlas porque son la manera que tenemos de aprender a amar y ser amados, nos dan la oportunidad de reflejarnos en quien amamos y conocer de nosotros mismos, aspectos que podrían haber sido considerados enigmas. A través de ellas crecemos y maduramos, independientemente de cuánto duró, su intensidad o desenlace, aprendamos a agradecer su vivencia y a rescatar de ellas lo positivo, que si bien ellas no tienen que ser para siempre, su aporte en nuestras vidas, sí debe serlo.

Nunca permitas que la soledad decida por ti

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Nunca permitas que la soledad decida por ti

Podemos tener muchas ganas de amar, sentirnos preparados para una relación en donde podamos entregar todo aquello que tenemos dispuesto, poniendo en práctica nuestra experiencia, dejando atrás nuestros tropiezos y proyectándonos un futuro prometedor junto a quien podamos amar.

Pero esas ganas no pueden ser más poderosas que un criterio de selección apropiado. Muchos le temen a la soledad, la tratan como una enemiga, sienten estar pagando una penitencia cuando se ven sometidos a ella, pero es sencillamente porque no se han dado la oportunidad de abrazarla y conocerse a través de ella.

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Ciertamente las relaciones de pareja pueden ser regalos a nuestras vidas, compartir con alguien a quien amamos puede duplicar nuestra alegrías y dividir lo que consideramos nuestros problemas, sin embargo, las relaciones amorosas son conexiones complejas que seleccionándolas con el mejor criterio pueden arrojar resultados no deseados, imaginemos lo que puede ocurrir si en lugar de nosotros, es esa soledad a la que tanto le tememos quien decide.

Cuando nos aprendemos a amar en soledad, dejaremos de buscar, dejaremos de esperar y esto no quiere decir que nos cerremos al amor, por el contrario, tendremos el mejor estado posible para recibir el amor, puesto que tendremos mayor conocimiento de nosotros mismos, habremos aprendido a sonreír para nosotros mismos, a arreglarnos por nosotros a disfrutar de nuestra compañía, a entendernos y valorarnos.

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Cuando esto ocurre, sabemos que no necesitamos a nadie que venga a aportarnos algo que sabemos que tenemos y desde allí  canalizamos nuestras energías para recibir a quien realmente sume en nuestras vidas.

Aprendamos a mirarnos con los ojos del respeto, aprendamos a reconocer nuestro valor, no sirve de argumento sentirnos solos, pensar que se nos pasa el tiempo, sentir que todos tienen parejas menos nosotros, querer tener con quien ir al cine o sencillamente proyectar que somos capaces de tener una relación.

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El amor no está apurado, ni está retrasado, el verdadero nos llega cuando estamos preparados para recibirlo, de resto estaremos tratando de llenar espacios que creemos vacíos, para darnos cuenta de que terminamos sumando problemas e incomodidades a nuestras vidas en lugar de amor, pasión, sosiego y apoyo.

Cuando estés listo para amar, te darás cuenta, no porque te sientas solo, sino porque no necesitas de nada ni de nadie, éste será el momento en cual el amor verdadero llegue a ti, para hacer tu vida más maravillosa de lo que para entonces sea.

El error fue mío, siempre creí que te importaba tanto como tú a mí

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El error fue mío, siempre creí que te importaba tanto como tú a mí

Cuando apostamos por alguien en cuanto a amor se refiere, por lo general lo hacemos considerando que recibiremos lo mismo que nosotros estamos dispuestos a aportar, que podremos entregar lo mejor de nosotros con la expectativa de que seremos valorados y cuidados con atención y afecto. Sin embargo, siempre será un riesgo, que nos puede conducir a obtener resultados diferentes a los esperados con consecuencias dolorosas.

Las decepciones se presentan en nuestras vidas cuando esperamos de los demás desde nuestro enfoque de la vida, desde lo que nosotros haríamos en una situación determinada. Muchas veces se hace imposible no seguir este patrón, porque junto a él van unidos nuestros sueños, lo que nos hemos proyectado, por diversos motivos, por creencias, por lo que creemos es el deber ser, por lo que nos gustaría que fuese nuestra vida, incluyendo cómo queremos ser amados.

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Cada persona es un contenedor único, donde su mezcla es particular y depende de sus experiencias, de su crianza, de sus creencias, de sus relaciones anteriores, de sus afectos, el cómo actúa, piense y siente. Si bien es cierto que todos tenemos la capacidad de discernir, también es cierto que las bandas no tienen que necesariamente coincidir, lo que es aceptable para alguno no debe serlo para otro, lo que está bien para alguien, para otra persona no es así, todo es muy relativo y en medio de esa relatividad surgen las decepciones, esperando que alguien actúe como a nosotros nos gustaría.

El respeto, el amor, la atención, no son cosas que deban exigirse, son cosas que se dan, con la esperanza de recibirlas a cambio, sembramos con acciones y detalles lo que esperamos cosechar, nos comportamos, o al menos debería ser así, de la manera que nos gustaría que se comportaran con nosotros. Porque si bien es cierto  que debemos dar sin esperar, la realidad es que el equilibrio es lo que normalmente fomenta las relaciones sanas y sustentables.

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Nadie pierde por dar amor, nadie pierde por cuidar a quien ama, nadie pierde por respetarse a sí mismo y la relación en la que se encuentre, pierde quien no actúa de esa manera, quien es mezquino en sus sentimientos, quien no valora lo que recibe, quien engaña, quien piensa solo en sí mismo, pierde el que no sabe recibir ese amor.

Por eso ante la decepción, ante la consciencia de que hemos dado lo mejor de nosotros mismos y no hemos recibido a cambio lo que esperamos, evitemos el sufrimiento, probablemente es la manera más rápida que tiene la vida de decirnos que estamos en el lugar equivocado. Agradezcamos la experiencia, la lección y con más voluntad que nunca miremos nuestro futuro con la seguridad de que el dolor fortalece, que nos cambia, pero para mejor, no para atrincherarnos o cerrarnos oportunidades, sino justamente para presentarnos otras que sí valgan la pena.

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Empatía: ¿qué caracteriza a las personas que la poseen?

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Empatía: ¿qué caracteriza a las personas que la poseen?

La empatía es un arte, una capacidad excepcional programada genéticamente en nuestro cerebro con la que sintonizar con los sentimientos e intenciones de los demás. Sin embargo, y aquí llega el problema, no todos logran “encender” esta linterna que ilumina el proceso de construcción de las relaciones más sólidas y enriquecedoras.

Algo que escuchamos con frecuencia es aquello de que “tal persona no tiene empatía”, “que aquella otra es una egoísta y que carece por completo de ella”. Bien, algo que es importante aclarar desde un principio es que nuestro cerebro dispone de una arquitectura muy afinada mediante la que favorecer esa “conexión”. La empatía, al fin y al cabo, es una estrategia más con la que mediar en la supervivencia de nuestra especie: nos permite entender a la persona que tenemos delante y nos facilita la posibilidad de establecer una relación profunda con ella.

Esa estructura cerebral donde la neurociencia ha situado nuestra empatía está en el  giro supramarginal derecho, un punto situado justo entre el lóbulo parietal, el temporal y el frontal. Gracias a la actividad de estas neuronas logramos separar nuestro mundo emocional y nuestras cogniciones para ser más receptivos en un momento dado, hacia las de los demás. 

Ahora bien, aclarado este dato, la siguiente pregunta sería, entonces… ¿si todos disponemos de esta estructura cerebral, por qué hay personas más o menos empáticas e incluso quienes presentan una ausencia total y absoluta de ella? Sabemos, por ejemplo, que el trastorno antisocial de la personalidad tiene como principal característica esa falta de conexión emocional con los demás. Sin embargo, dejando a un lado el aspecto clínico o psicopatológico son muchas las personas que simplemente, no llegan a desarrollar esta habilidad.

Las experiencias tempranas, los modelos educativos o incluso el contexto social, hace que esta maravillosa facultad se debilite a favor de un egocentrismo social muy marcado. Tanto es así, que tal y como nos revela un estudio llevado a cabo en la Universidad de Michigan, los universitarios de hoy en día son hasta un 40% menos empáticos que los estudiantes de los años 80 y 90.

La vida actual tiene ya tantos estímulos y tantos distractores para muchos jóvenes y no tan jóvenes, que dejamos de ser plenamente conscientes del momento presente e incluso de la persona que tenemos ante nosotros. Los hay que están más sintonizados a sus dispositivos electrónicos que a los sentimientos de los demás, y eso, es un problema sobre el cual deberíamos reflexionar.

Para profundizar un poco más en el tema, te proponemos a continuación conocer qué rasgos definen a las personas que sí disponen de una autoestima auténtica, útil y esencial con la que establecer relaciones saludables y un adecuado desarrollo social.

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La empatía útil Vs la empatía proyectada

Una aspecto básico que conviene aclarar desde un principio es qué entendemos por empatía útil, porque aunque nos sorprenda, no basta  simplemente “con tener empatía” para construir relaciones sólidas o para mostrar eficacia emocional en nuestras interacciones cotidianas.

Para entenderlo te pondremos un sencillo ejemplo. María acaba de llegar a casa cansada, agotada de mente y molesta. Acaba de tener una discusión con sus padres. Cuando Roberto, su pareja, la ve, lee de inmediato en su expresión y en su tono de voz que algo no va bien, interpreta su malestar emocional y en lugar de generar una respuesta o una conducta adecuada, opta por aplicar la empatía proyectada, es decir, amplifica aún más esa negatividad con frases como “ya vienes otra vez enfadada, es que te coges las cosas a la tremenda, siempre te pasa lo mismo, mira qué cara llevas…”.

No hay duda de que muchas personas son hábiles a la hora de empatizar emocional y cognitivamente con los demás (sienten y entienden qué ocurre), sin embargo en lugar de mediar en la canalización y en la adecuada gestión de ese malestar, lo intensifican.

La persona hábil en empatía, por tanto, es aquella capaz de ponerse en los zapatos ajenos sabiendo en todo momento cómo acompañar en ese proceso sin dañar y sin actuar como un espejo donde se amplifique el dolor. Porque a veces no es suficiente con comprender, hay que saber ACTUAR.

La auténtica empatía deja a un lado los juicios

Nuestros juicios diluyen nuestra capacidad de acercamiento real hacia los demás. Nos sitúan en un bando, en un lado del cristal, en una perspectiva muy reducida: la nuestra. Cabe decir, además, que no resulta precisamente fácil escuchar a alguien sin emitir juicios internos, sin poner una etiqueta, sin valorar a esa persona como hábil, torpe, fuerte, despistada, madura o inmadura.

Todos lo hacemos en mayor o menor grado, sin embargo, si fuéramos capaces de despojarnos de ese traje, veríamos a las personas de una forma más auténtica, empatizaríamos mucho mejor y captaríamos con más precisión la emoción del otro.

Es algo que deberíamos practicar a diario. Una habilidad que según varios estudios suele llegar a medida que nos hacemos mayores, puesto que la empatía, así como la capacidad de escuchar sin juzgar, es más común a media que acumulamos experiencias.

Las personas con empatía disponen de una buena conciencia emocional

La empatía forma parte indispensable de la Inteligencia Emocional. Sabemos que este enfoque, esta ciencia o área tan exitosa de la psicología y el crecimiento personal está de moda, pero… ¿Hemos aprendido de verdad a ser buenos gestores de nuestro mundo emocional?

  • La verdad es que no mucho. En la actualidad, seguimos viendo muchas personas que manejan a la ligera y con supuesta eficacia términos como la autorregulación, la resilencia, la proactividad, la asertividad… Sin embargo, carecen de un auténtico inventario emocional y siguen dejándose llevar por la ira, la rabia o la frustración como lo haría un niño de 4 años.
  • Otros en cambio, piensan que ser “empático” es sinónimo de sufrimiento, como un contagio emocional donde sentir lo que otro sienten para experimentar el mismo dolor ajeno como una suerte de mimetismo del malestar.

No es lo adecuado. Debemos entender que la empatía sana, útil y constructiva parte de esa persona que es capaz de gestionar sus propias emociones, que dispone de una autoestima fuerte, que sabe poner límites y que a su vez, es hábil a la hora de acompañar emocional y cognitivamente a los demás.

La empatía y el compromiso social

La neurociencia y la psicología moderna definen la empatía como el pegamento social que mantiene unidas a las personas y que a su vez, genera un compromiso real y fuerte entre nosotros.

Por curioso que parezca, en el reino animal el concepto de empatía está muy presente por una razón muy concreta que hemos señalado al inicio: la supervivencia de la especie. Algo así genera que muchos animales y diversas especies muestren comportamientos de cooperación donde atrás queda la clásica idea de la “supervivencia del más fuerte”. Un ejemplo de ello lo podemos ver en ciertas ballenas, capaces de atacar a las orcas para defender a las focas.

Sin embargo, entre nosotros predomina en muchos casos el efecto inverso, a saber, la necesidad de imponernos los unos sobre otros, de buscarnos enemigos, de alzar fronteras, de crear muros, de invisibilizar personas o incluso de atacar al más débil solo por ser débil o ser diferente (pensemos en los casos de bullying).

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Por su parte, las personas que se caracterizan por una auténtica empatía creen en el compromiso social. Porque la supervivencia no es un negocio ni debe entender de políticas, de intereses o de egoísmos. Sobrevivir no es solo permitir que nuestro corazón bombee, es disponer de dignidad, de respeto, es sentirnos valorados, libres y parte de un todo donde todos somos valiosos.

Esa es pues la auténtica empatía: ponernos en el lugar del otro para facilitar a su vez una convivencia llena de armonía. Trabajemos en ello cada día.

Por más sospechas que tengas, descubrir un engaño siempre duele

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Por más sospechas que tengas, descubrir un engaño siempre duele

No puedo negarte, que a pesar de que había algo que estaba activando mis alarmas, que aunque mis dudas se apoderaban de mi mente y cada vez la sospecha se hacía más fuerte, no dejaba de desear que todo fuese un malentendido. Deseaba que no fuese más que un problema que a nivel interno debía resolver, por inseguridad, por miedo, quizás por eso que a veces llamamos “auto-sabotaje”, que se hubiese apoderado de mí, al sentirme tan cómoda a tu lado y estuviese levantando de alguna manera barreras de protección.

Pero para mi suerte y a la vez mi lamento, como el destino de la mayoría de las mentiras, todo  cayó por su propio peso, y sin buscar, ni indagar, las respuestas a mis dudas llegaron a mis manos, para tener la dolorosa tarea de descubrir tu engaño. Para tener que procesar que no eras más que una ilusión, una fachada, con contenido incierto, con contenido falso y tóxico.

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Podemos llamarlo intuición, pero muchas veces tenemos señales al frente y nosotros mismos nos negamos a verlas, decidimos pasarlas de largo y apostar por confiar, por sentir que nos cuidarán tanto como nosotros podemos hacerlo con las personas que nos importan.

Descubrir un engaño nos deja en la terrible posición de colocar en tela de juicio absolutamente todo lo que proviene de la misma fuente, cada palabra, cada gesto, cada alegría, cada entrega, queda manchada de manera irremediable por la duda, por esa sensación de que todo ha sido mentira.

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Vemos el rostro avergonzado de quien nos ha engañado y compasivamente podemos notar su falta de norte, su carencia de escrúpulos, su limitación de poder pensar en alguien más que no sea en sí mismo… Y si podemos apartar el dolor y la rabia producto de la decepción, sentimos lástima, lástima porque esa persona no es capaz (entiéndase: no tiene capacidad), de valorar lo que tiene y en medio de su necesidad de tenerlo todo, de no querer dejar pasar una oportunidad, en simultáneo lo pierde todo.

Nada vuelve a ser como antes, independientemente de la decisión que tomemos, nada será lo mismo, nos quedará el sabor amargo de la desilusión y esa persona jamás volverá a ocupar la posición que tenía antes. Dependiendo del engaño y de las personas involucradas, las mismas se debatirán entre dejar pasar el engaño y tratar de continuar rearmando los pedazos, haciendo del perdón el mayor aliado; alejarse de la fuente del dolor y continuar el camino con mayor precaución; o bien, continuar y buscar venganza. Sea cual sea el escenario, siempre tendrá la sombra del engaño a cuestas, con las consecuencias propias de la decepción.

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Sin caer en un estado paranoico, debemos estar alerta a las señales, si algo nos genera desconfianza, más si no es nuestro hábito, prestémosle atención, porque normalmente, arrojará el resultado que en el fondo ya sabemos y cada uno de nosotros lo mínimo que merece en sus relaciones personales es respeto, consideración, empatía y reciprocidad y nunca debemos conformarnos con menos de lo que nosotros estamos dispuestos a ofrecer.

Por: Sara Espejo – Mujer.Guru

No hay distancia más larga, que la falta de interés

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No hay distancia más larga, que la falta de interés

Muchas barreras pueden existir entre dos personas, inclusive entre una persona y un escenario o situación particular, sin embargo pocas marcarán tanta distancia como la falta de interés.

El interés va ligado a la prioridad que algo o alguien ocupa para una persona. Muchas veces es fácil engañarnos a nosotros mismos y poner un sinfín de excusas para justificar la falta de presencia en nuestras vidas de esa persona especial. Pero basta con ser un poco empáticos, para dejar de defender lo indefendible y sencillamente aceptar que para esa persona no tenemos la importancia que nos gustaría.

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Esto puede ser doloroso, pero entenderlo y aceptarlo, nos abre un abanico de posibilidades sobre las cuales podemos tener el control. No todo el tiempo las cosas resultarán como esperamos o como deseamos, pero siempre podremos rescatar de cualquier escenario lo mejor, comenzando por la clásica lección de amarnos a nosotros mismos y querer formar parte de la vida de quien esté dispuesto a correspondernos.

Podemos abrir lapsos de tiempo prudenciales, podemos apostar por ganarnos el interés de alguien, pero si las respuestas no son las que esperamos, es prudente y contribuye a la conservación de nuestra integridad, el no forzar las cosas y no desviarnos por el camino de la humillación, que solo nos dejará la experiencia de ver caer nuestra dignidad con cada paso que damos en la dirección equivocada.

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A veces es necesario tocar fondo, para darnos cuenta de que hemos dado demasiado, de que llegamos muy lejos, de que no seremos correspondido, pero es responsabilidad de cada quien tomar los pedazos rotos y rearmarnos con toda la paciencia y el amor que nos merecemos, que no necesitamos buscarlo en alguien más, sino que debemos comenzar a dárnoslo nosotros mismos.

Cuando nos amamos suficiente, establecemos parámetros y fronteras bien definidas que nos permiten identificar con relativa facilidad hasta donde estamos dispuestos a llegar por aquello que nos interesa y qué estamos colocando en riesgo y por lo general, la dignidad no está incluida dentro de los paquetes negociables.

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La vida es un azar, a pesar de que no sabemos cómo a ciencia cierta está conducida nuestra vida, es conveniente creer que somos los creadores de nuestro destino y con ello que somos responsables de permitir la entrada o limitar el acceso de personas y situaciones en nuestras vidas. Algunas veces el control será más evidente que en otros casos, pero debemos ser conscientes de que siempre está allí y si hay algo que en definitiva sentimos que no podemos cambiar, siempre podremos cambiar nuestra manera de apreciar las cosas, con lo cual ya generaremos los cambios que probablemente necesitemos.

La falta de interés se nota más fácilmente desde un palco, como espectadores, pero cuando nos hacemos conscientes de la situación, no hace falta ni mirar, ni que alguien nos lo diga, solo sentiremos que nos merecemos algo mejor en nuestras vidas.

Por: Sara Espejo – Mujer.Guru

El amor no tiene que ser perfecto, solo tiene que ser verdadero

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El amor no tiene que ser perfecto, solo tiene que ser verdadero

Cuando dos personas se aman, siempre habrán situaciones en las cuales los acuerdos se tornen más complicados, que las palabras no fluyan con la misma facilidad, que los detalles se distancien en el tiempo e inclusive que la soledad sea preferida por momentos. Sin embargo, cuando dos personas se aman, la regla general es que procuren el bien del otro.

Un amor no tiene que ser perfecto, porque siempre habrá una manera mejor de hacer las cosas, porque la perfección no es más que un parámetro irreal que genera frustración, basado en expectativas, que no necesariamente pueden ajustarse a la realidad. Todos somos personas con virtudes y defectos y esto se traduce en nuestra manera de amar.

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Cuando entendemos el alcance de nuestros actos, de nuestras palabras, en la persona que decidimos amar y actuamos en pro de una construcción de un proyecto común, nos damos cuenta que el sentido de la perfección, se asocia a si funciona o no para nuestra relación. Si el amor es verdadero, las energías se canalizan de forma favorable para la relación.

Quien quiere bien no lastima, no hiere, no busca venganza, ni se toma las cosas de manera personal, es capaz de ser empático, de entender los proceso del otro y de ayudarlo a crecer en lo que considera que lo necesite. No existe una guerra de poder, no existe una necesidad de tener razón o de dominar una situación. Solo existe el deseo de formar algo bueno juntos, algo real, algo que valga la pena, donde cada día haya un motivo para ser mejor, para tratar de hacer las cosas de una forma que favorezca la unión y solidifique cada una de sus bases.

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El amarse no significa no discutir, no enojarse, no querer salir corriendo de tanto en tanto, el amarse significa apostar por algo, arriesgarse, hacer lo que esté al alcance por engranar con esa persona especial a pesar de las diferencias, buscar equilibrio y aportar paz y tranquilidad a la vida de quien se ama.

Cuando alguien nos roba la paz, nos saca de equilibrio de manera constante, solemos acostumbrarnos a vivir en una relación donde justificamos la unión a través de motivos equivocados, porque no importa que tan acertados o no seamos con nuestras expectativas, ninguna debe ser tan poco negociable como sentirnos tranquilos, sentirnos serenos y seguros con la decisión de estar unidos sentimentalmente a alguien.

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Definitivamente el amor debe darnos paz, de hecho cualquier cosa que nos la roba debemos canalizarla de una manera que deje de afectarnos y esto algunas veces, solo ocurrirá tomando distancia física y emocional.

El amor no tiene que ser perfecto, de hecho nunca lo será, lo importante es que sea verdadero y desde ese sentimiento puro, se deriven las acciones y decisiones que muevan la relación.

Por: Sara Espejo – Mujer.Guru