Te quiero más allá del apego, la costumbre y el miedo a la soledad

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Te quiero más allá del apego, la costumbre y el miedo a la soledad

Querer de forma consciente es amarse primero a uno mismo para desinfectar apegos enfermos o gélidos vacíos que otros están obligados a calmar. Amar de forma madura es entregarse libremente al otro en un acto de autenticidad, pero nunca para apagar soledades y jamás para perder la propia dignidad.

El propio Einstein dijo una vez que el amor nunca podría explicarse bajo la óptica de la ciencia, porque ese acto biológico, químico y fascinante jamás podría ser cuantificado u observado bajo un microscopio. Sin embargo, el padre de la teoría de la relatividad se equivocaba. Porque si hay algo que ha podido demostrar la neurología a día de hoy es que el amor es adictivo.

Los avances en el campo de la neurociencia apagan muchas veces nuestro sentido del romanticismo y ese halo poético con el cual revestimos en ocasiones nuestras relaciones, cual caramelos algo envenenados. El amor está impregnado de dopaminas, y ello hace que muchas veces caigamos casi como narcotizados ante un vínculo del que nos cuesta mucho escapar o más aún: ver el daño que nos causa.

El amor es ciego, lo sabemos, y todos podemos caer en una de esas relaciones basadas en un apego insano, asfixiante e intenso a la vez. Sin embargo, es responsabilidad nuestra abrir los ojos para vernos primero a nosotros mismos. La relación que nos despersonaliza, que nos extrae esas entrañas privadas donde reside la autoestima y el autoconcepto no es saludable. Es como inmolarse en las hogueras de una inmerecida infelicidad.

Te proponemos reflexionar sobre ello.

El amor basado en el apego es pura adicción

Algo que resulta curioso dentro del plano científico o clínico es que se ha estudiado más la depresión asociada al desamor que el amor asociado a la manía, a la adicción. Esto es así por una razón muy sencilla: histórica y culturalmente se ha tenido una imagen de ese amor desmedido, apasionado, dominante y ciego como algo admirable, positivo y hasta inspirador.

Admitámoslo… A todos nos han vendido la idea de que los mejores amores son esos del todo o nada. Esos donde fundir las mitades de nuestro corazón hasta crear uno solo, esos donde dar el aliento para que el otro respire y ser rescatados de todos nuestros miedos, sanados de cada una de nuestras soledades. Sin embargo, debemos tener mucho cuidado con todas estas imágenes, porque todas ellas esconden algo de tragicómico, pinceladas agridulces y el implacable veneno de las decepciones.

Hay que tenerlo claro, las relaciones basadas en el apego afectivo son insanas porque tienen en su mano esa goma de borrar que hace desaparecer todos los “autos” de nuestra personalidad, a saber: la autoestima, el autoconcepto, el autorrespeto… Además, cuando quedamos subordinados a este tipo de amores dependientes, por curioso que parezca, no es nada fácil ver lo que nos ocurre con claridad. No importa que otros nos avisen, de nada sirve que nos digan que “nosotros no somos así”.

El amor basado en el apego es obstinado y ciego y no tiene pies ni cabeza, pero sí un corazón grande y herido que necesita su droga afectiva, ese cuyo efecto secundario resulta implacable.

Te quiero por encima de los miedos, las soledades y la costumbre

Los neurólogos nos dicen que el amor es obsesivo porque está regulado por la serotonina, e incluso que es propenso a la imprudencia porque tanto la corteza cerebral como la amígdala pierden un poco el control o su “cadena de mando”. Ahora bien, que muchos de nuestros comportamientos sean el resultado de todo este naufragio químico no significa que no podamos amar de forma saludable, a través de una experiencia alegre, satisfactoria y plena.

Lo más recomendable en estos casos es invertir primero en el propio crecimiento personal, en gestionar nuestros miedos, en convertirnos en personas maduras emocionalmente y no en eternos buscadores de apego para nutrir nuestras necesidades.

Tal y como dijo una vez Antoine de Saint-Exupéry, amar no es mirarnos constantemente el uno al otro. Al final uno acaba perdiendo toda perspectiva. Amar de forma consciente es poder armonizar nuestros corazones para mirar juntos la belleza del mundo unidos siempre en una misma dirección. Es lo que podríamos llamar, “tener conciencia de pareja”.

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Esta dimensión maravillosa, la “conciencia de pareja”, estaría formada por estas tres “C” sobre las que vale la pena reflexionar un instante.

  • Compromiso. El compromiso no está basado solo en ese contrato afectivo íntegro y respetuoso hacia otra persona, sino también en nosotros mismos. Debemos cuidar de nuestro bienestar psicológico para poder comprometernos plenamente con el ser amado.
  • Comunicación. Toda pareja estable y feliz es hábil a la hora de comunicar, lo hacen con asertividad, a través de una escucha activa, de la empatía y de esa cercanía real donde no caben los egoísmos ni los chantajes.
  • Correspondencia. La correspondencia no es otra cosa más que esa reciprocidad donde entender que amar no es solo dar, también es recibir. Una pareja no es un juego de fuerzas, sino un equipo que llega a acuerdos, una alianza donde ambos ganan, donde se favorece el crecimiento personal del ser amado como forma de inversión en la propia relación.

Para concluir, hemos de entender que la variable “amor” no basta en la ecuación de una pareja. Una relación es como un músculo que necesita ser ejercitado a través del sentido del humor, del respeto y la libertad personal. Seamos capaces de favorecer ese desapego saludable basado en la ausencia del miedo, en la “no dependencia” y ante todo en la “no adicción”.

Que hoy sonrías a la vida por lo que un día lloraste es un placer impagable

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Que hoy sonrías a la vida por lo que un día lloraste es un placer impagable

Tu vida ha quedado marcada por muchos instantes, como aquellos en los que sentiste amargura o aquellos que te trajeron decepciones que no esperabas. Momentos relacionados con las circunstancias, pero también con las personas, de manera que han sido capaces de cambiar una relación en menos tiempo del que el segundero tarda en repetirse. Lo han hecho sin medir ni formas ni consecuencias, cuando nosotros intentamos tener todo el cuidado del mundo.

Personas que incluso han aprovechado tus momentos de reflexión para clavarte pequeñas puñaladas por la espalda. Después a ti te ha tocado sufrir todos los daños, gracias a que quisiste minimizarlos y la otra persona aprovechó este espacio de reflexión para terminar con todo. Después a ti te a tocado cargar con la “rabia” de sentirte el tonto, de comprobar como por querer proteger a los dos has sido el único que ha salido herido.

Te das cuenta de que mientras deliberabas para causar el menor daño posible alguien “te la ha jugado”. Sin el menor atisbo de decencia. Eso causa ira y rencor e incluso puede hacer que te sientas estúpido. Una sensación que piensas que no se marcará en la vida.

Estás en tu derecho de sentirlo. Puedes vivir perfectamente con ello, pero no sabes cuándo se te pasará por completo. De repente, un día precedido de otros de tantos y sin apenas ser consciente de ello, llega el momento esperado en el que piensas: “De lo que me libré, dichoso el momento”.

Detente porque es un momento “deluxe”: adiós a la ira, que entre la indiferencia y bienvenido sea el humor. Esa sonrisa de alivio al ser conscientes de lo que nos hemos librado es altamente cotizada en la bolsa de la salud psicológica. Para saborearlo, antes has tenido que actuar de forma limpia, ser dañado y luego quizás guardar rencor durante un tiempo.

Has pasado por lo necesario, ese era el décimo de la lotería que has jugado como cualquiera que se atreve a jugar y también a perder. En esa sonrisa solitaria o acompañada, está el premio gordo.

Nuestras decepciones en la vida, nuestros “detox” futuros

Gestionar una decepción o una traición no es fácil. Tampoco lo es estar atascado/a en una rotonda que siempre te lleva a las mismas discusiones. Prolongar un malestar por costumbre, por piedad, es entrar en un bucle de estrés sin fin. No hay nadie tóxico “per se”; eso es falso. Hay relaciones que lo son o que se transforman en ello. Identificarlas y acabar con ellas no es tarea fácil, sobre todo si pretendes hacerlo como una persona madura.

Jamás te sientas débil por haber intentado hacer las cosas bien y haber sido traicionada/o. En un futuro, sabrás como tomar un “zumo detox” sin haberte intoxicado antes. Sabrás detectar las señales que no te interesan antes de que te lleguen hacer daño de verdad. Aprenderás a ir cerrando puertas sin hacer ruido y sin que nadie se estampe con ellas. Además aprenderás a asumir que el resto tienen el mismo derecho a hacerlo contigo.

Querer hacer las cosas bien en la vida dice mucho de nosotros. Acabar con matrimonios de 40 años, amistades de la infancia o dejar nuestra primera oportunidad laboral, que hace tiempo que dejó de ser oportunidad para convertirse en castigo, son cuestas de pendientes pronunciadas.

Sin embargo hay personas que no se toman la molestia de hacerlo con cuidado y te toman la delantera, traicionándote de una forma vil, burda y cobarde. No te sientas nunca ridícula por haber querido hacerlo bien, por no jugar sucio. Sentirás ira, pero deja que fluya.

Todas esas decepciones se convertirán en tu “detox” futuro. A la próxima señal de desgaste, no más rodeos. No más relaciones inocuas prolongadas. No querrás hacerlo tan bien para hacerlo de la mejor forma posible: indiferencia absoluta.

Después de la ira, la indiferencia, y por último la sonrisa

Lo que pase con la evolución de los demás no es asunto tuyo, pues hasta la gente más despiadada puede llegar a tener suerte en la vida. Piensa en dónde estás respecto a lo que quieres ser, y reconoce el valor de mantenerte en ese camino frente a la tentación en la que han caído otros. Este, y no otro, es el mejor punto de referencia para que, pese a las decepciones, no abandones a tu sensibilidad en las despedidas que son necesarias.

No vamos a negar que es un proceso duro ir desvinculándose de ciertas personas y hábitos a lo largo de la vida. Creerás que pierdes tu identidad y cada golpe te parecerá un pozo sin fondo. No sabemos si en realidad estamos cambiando para bien o para mal hasta que un día cualquiera empezamos a recordar lo que un día nos masacró emocionalmente de una forma distinta.

De repente, en un momento, nos reconocemos como supervivientes.

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No nos sentimos extraños respecto nosotros mismos. Miramos nuestras manos, sentimos el peso de nuestras piernas y tomamos conciencia de nuestra presencia. Incluso sin pedir ayuda y sin que nadie nos la prestara, seguimos en pie. Entendemos que en la levedad del ser, está toda nuestra potencia para estar presentes de verdad.

No necesitamos ya el visto bueno de nadie. Nos da igual ser perdedores a la vista de los demás. Hemos ganado la batalla que solo podría librarse de forma interna. Empecemos pues a reírnos, solos o acompañados. Por encima de la rabia, sintamos ese orgullo por haber actuado de cara y en sintonía con la persona que somos.

La sonrisa solo se dibuja auténtica cuando te hace sentir en paz contigo mismo, pese a que las circunstancias eran difíciles y existía el peligro de que te traicionaran, como finalmente terminó sucediendo. Ahora, tu sonrisa es el eco porque, si bien un día alguien te decepcionó, tú no lo hiciste contigo mismo.

Ya sabes cómo funciona el proceso y eso sirve de mucho. El que ríe el último ríe mejor porque no se ríe de nadie. Contempla a lo lejos cómo los que provocan daño se adentran más, casi sin oxígeno, en la oscuridad que ellos mismos han invocado.

Vía: lamenteesmaravillosa

La dignidad no es negociable

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La dignidad no es negociable

Algunas veces en nombre del amor, ponemos nuestra dignidad en una posición comprometida, exponiéndonos a situaciones en donde podemos resultar humillados, menospreciados o poco valorados. Generalmente en esas situaciones se va detrás de alguien que no está dispuesto a darnos el valor que nos corresponde y cuando esto ocurre e insistimos, hay dos personas que no nos aman y una de ellas somos nosotros mismos.

Lo que recibimos de los demás es un reflejo de lo que nos damos a nosotros mismos, si sabemos respetarnos, cuidarnos y querernos, difícilmente otra persona sentir por nosotros algo diferente, sencillamente porque queriéndolo o no, proyectamos en los demás lo que llevamos dentro y establecemos límites de respeto determinados por lo aquello que creemos merecer.

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Aprendamos a valorarnos a nosotros mismos, a colocar el amor propio por encima del amor a otra persona, alguien que no se ama, no puede inspirar amor, solo lástima, quizás culpa, pero nunca amor. Si decidimos arrastrarnos por amor, no debemos quejarnos de recibir migajas, inclusive de que nos vean con desprecio, porque no podemos pretender que los demás hagan por nosotros lo que no sabemos hacer: respetarnos.

Comencemos por querernos, aceptarnos, entender que si decidimos dedicar nuestras energías a alguien, debemos ser correspondidos, si no lo somos, debemos marcar retirada, aunque nos duela, porque no tener a alguien en nuestras vidas, siempre será mejor que no tenernos a nosotros mismos.

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A veces podemos pensar que una persona en particular es lo mejor que podemos conseguir, que se nos está pasando el tiempo, que tenemos limitaciones para conseguir el amor, que todos tienen mejor suerte en el amor que nosotros, pero todo esto no es más que el reflejo de la poca seguridad que sentimos en nosotros mismos y la poca confianza en el proceso de la vida.

Dejemos ir a quien no quiere estar, dejemos de buscar a quien sabe dónde encontrarnos, destinemos todos esos pensamientos improductivos, que dedicamos a alguien que no nos tiene como prioridad en sus vidas a cómo podemos hacer para hacer de nosotros nuestra mejor versión, amándonos por sobre todas las cosas.

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Entendamos que es mucho mejor una soledad digna a conformarnos con los restos de alguien. No debemos suplicar atención, mucho menos amor. Busquemos relaciones equilibradas, que nos brinden satisfacción, placer, risas, compañía, solidaridad y podamos dar lo mejor de nosotros, siendo gratamente correspondidos.

La dignidad no se negocia, no se trata de ser orgullosos, se trata de entender nuestro rol y el valor que debemos darnos a nosotros mismos. Nadie nos obliga a nada, son nuestras decisiones las que nos colocan en determinadas situaciones, así que tomémoslas colocando nuestro amor propio como prioridad.

Por: Sara Espejo – Mujer.Guru

Hay personas que te alegran la vida al entrar a tu vida y otras al salir de ella

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Hay personas que te alegran la vida al entrar a tu vida y otras al salir de ella

Cuando damos cabida a nuestras vidas a nuevas personas, normalmente lo hacemos con la intención de que nos aporten o al menos que no nos resten, sin embargo, en muchas ocasiones a medida que nos involucramos más con alguien, no nos queda más remedio que reconocer que lo que hacen es restarnos.

Existen personas que nos roban energía vital, que nos desgastan con sus actitudes, que cuando deciden o decidimos alejarnos sentimos un gran alivio, inclusive nuestro cuerpo experimenta una explosión hormonal que nos hace acercarnos más a ese anhelado estado de felicidad.

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No debemos olvidar que toda persona que se acerca a nosotros nos hace una invitación a una revisión interior, nos invita a crecer a través de ellos. Cuando estamos vinculados a una persona desgastante es útil preguntarnos para qué y esto puede abrirnos una serie de posibilidades por donde podemos enrumbar nuestro crecimiento.

Algunas personas nos enseñan sencillamente a amarnos lo suficiente como para no tener que someternos a las conductas de otros, a colocar nuestra vida como prioridad y ser lo más fieles posibles a nosotros mismos, respetándonos, diciendo que no de manera oportuna, sintiéndonos merecedores de lo mejor.

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Algunas otras nos muestran aspectos no aceptados por nosotros, nos podemos reflejar en ellas y tratar de ver en nuestro interior aquello que debemos trabajar para ser mejores cada día.

También ocurre que sirvamos de maestros o ayuda para quien está vinculado a nosotros y podamos ayudarlo, pero esto nunca debe costarnos nuestra paz, debemos prestar apoyo, servir al otro sin caer en déficit con nosotros mismos.

Sea cual sea el escenario, mientras más pronto veamos lo necesario, con mayor velocidad podemos alejarnos de cualquier lección dolorosa. Y así cuando ocurre no tendremos amarres inexplicables, sino que dejaremos ir desde lo más profundo sin sentir ningún tipo de vacío o remordimiento en nuestro interior.

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Aprendamos a saber cuándo ha sido suficiente, cuándo ya podemos soltar los amarres y partir a nuevo destino. Nadie nos devolverá el tiempo que invirtamos de manera equivocada, por eso procuremos siempre optar por aquello que nos nutra y le dé sosiego a nuestro ser.

La vida es para disfrutarla, no para sufrirla, el sufrimiento es opcional, así que si nos encontramos en una relación que nos genera más incomodidad que placer, evaluemos las opciones, decantando siempre por la que nos dé paz.

Decir adiós puede no ser sencillo en algunas circunstancias, pero en otras es la experiencia más liberadora.

Por: Sara Espejo – Mujer.Guru

El amor se grita, hasta en el más profundo silencio

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El amor se grita, hasta en el más profundo silencio

El amor es el sentimiento más puro, más elemental. Es a su vez la energía creadora, es el principio y es el fin. El amor es el sentimiento más confundido con otros que existe, incluso sintiendo odio hay muchos que creen amar.

Cuando realmente se ama, no hay dudas, no hay interrogantes, ni siquiera existe esa necesidad compulsiva de ser retribuidos, amamos y eso es todo, amamos porque sí, sin condiciones, dando lo que esté a nuestro alcance para contribuir a que esa persona que reside en nuestro corazón sea libre, feliz y plena.

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Cuando amamos, los intereses personales quedan dejados a un lado, no amamos a la otra persona por lo que somos estando con ella, por lo que nos brinda, por los espacios que llena en nuestras vidas, el amor es más sublime, quizás con menos sentido cuando lo pensamos, cuando nuestro ego entra en juego y nos hace preguntas que están dirigidas a protegerse, porque él siempre se siente amenazado y es justamente la presencia del amor lo que representa la mayor amenaza a su existencia.

Si aprendiéramos a amar sin condiciones, inclusive sin motivos, iniciaríamos un cambio interno que nos haría sentirnos satisfechos y seguros de nosotros mismos, sin vacíos ni necesidad de complementos, como seres individuales que son capaces de acoplar y engranarse a otro ser sin necesitarse, sin vincularse por motivos errados, que por lo general creemos que son los adecuados.

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El amor real habla de sí por él mismo, no necesita que se verbalice, no necesita un documento, no necesita un anillo, se grita hasta en el más profundo silencio. Las acciones derivadas de él se orientan a generar en el otro lo mejor que esté al alcance de quien ama.

Cuando se ama desde la libertad se entiende realmente la profundidad de un sentimiento, el alcance y sobre todo se entiende que el amor no muere, que trasciende más allá de lo que conocemos.

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Aprender a amar es uno de los propósitos de vida de cada uno de nosotros, por eso vamos teniendo oportunidades diversas, con distintos tipos de amor a lo largo de la vida y aun así por lo general es nuestro ego el que resulta victorioso, porque nos engaña haciéndonos creer que nuestros vínculos se basan en amor cuando en realidad en su mayoría no son más que relaciones codependientes intentando satisfacer necesidades individuales.

Cuando ames realmente notarás la diferencia.

Por: Sara Espejo – Mujer.Guru

Algunas cosas que podríamos hacer antes de decir te amo

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Algunas cosas que podríamos hacer antes de decir te amo

Ciertamente todos somos libres de expresar lo que sentimos en cualquier momento, pero si tenemos alguna duda de si es oportuno o no decir nuestro primer te amo, acá dejamos una referencia de las cosas que podríamos hacer antes de dar ese paso, que aunque parezca mentira puede, un “te amo” prematuro o tardío puede interferir negativamente en la relación:

Haber desarrollado confianza en el otro: Confiar en el otro y saber que nuestro amor será depositado por una persona que nos respeta y que nos apoya resulta de mucha importancia.

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Haber dormido juntos: No solo por el hecho de haber tenido o no contacto sexual, el hecho de dormir juntos, de despertar uno al lado del otro, de sentir la respiración (o los ronquidos) del otro mientras se duerme, las manos que se buscan, sin duda es una experiencia que debemos vivir antes de decir te amo.

Haberse visto molestos: Definitivamente todos tendremos nuestros momentos de irritabilidad y siempre es bueno saber cómo se comporta el otro en situaciones fuera de las comunes, bajo el efecto de factores perturbadores, situaciones de estrés o pérdida de la paciencia.

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Haber aclarado las intenciones de cada uno en la relación: Dos personas vinculadas afectivamente pueden tener sentimientos importantes el uno por el otro, pero si las expectativas no coinciden, eso se traducirá, más temprano que tarde, en inconformidad, frustración o separación.

Haber viajado juntos: Los viajes siempre nos muestran a las personas un tanto más cercanas a lo que son, sin decir que todos tenemos fachadas y guardamos ciertas formas, sobre todo en el inicio de una relación, podemos asegurar que un viaje es una herramienta para conocerse, salir de la rutina, ajustarse a nuevos sitios bajo condiciones particulares, compartir periodos prolongados de tiempo, nos permite conocer y tener más herramientas para descifrar y exteriorizar nuestros sentimientos.

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Haberse acariciado el alma: Las caricias son siempre importantes, el roce de la piel, esa sensación única como resultado de la química entre dos… Sin embargo cuando las caricias se producen entre almas, a través de miradas, de largas conversaciones que nos conectan y nos ayudan a identificar similitudes, a través de todo aquello que nos hace querer compartir con esa persona, que llene nuestros espacios, la preocupación el uno por el otro y la búsqueda de bienestar, sin pensar en el beneficio propio, pues es lo que realmente deberíamos sentir al momento de decir “te amo”.

No importa el momento, lo que sí importa es que al menos creamos sentirlo… Y si es así, qué rico que ese alimento de la vida se anide en nuestro ser en cualquiera de sus formas.

Por: Sara Espejo

Eres mucho más de lo que veo: eres lo que me haces sentir

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Eres mucho más de lo que veo: eres lo que me haces sentir

Las personas no son solo lo que vemos a simple vista: son aquello que consiguen hacernos sentir a través de sus miradas luminosas, de sus acertadas palabras y de esos abrazos eternos donde nos sentimos protegidos. Son seres que destilan un poder emocional sanador y vital, ese que es capaz de sacarnos de nuestros letargos de tristeza.

Todos nosotros hemos experimentado esta misma sensación alguna vez. Conocer a alguien que en un primer momento nos parece aséptico por su presencia e incluso carente de interés por su aparente introversión, por su falta de arrojo o espontaneidad. Sin embargo, al poco, asoman desconcertantes matices, detalles coloridos y mágicos aspectos que terminan por imantarnos una felicidad distinta, atrevida y hasta revulsiva.

Las personas somos mucho más que las facciones de un rostro y unas ropas que nos cubren el cuerpo. Aún más, el ser humano dispone de una energía única y excepcional que trasciende a esa otra fuerza que embiste nuestro corazón o que permite que nuestros pulmones realicen el intercambio gaseoso con la sangre. Más allá de las funciones orgánicas están esas emociones que definen lo que somos y cómo nos relacionamos con el mundo.

La forma en que contagiamos nuestras emociones a los demás constituye un poderoso canal, que por importante es merecedor de un cuidado con delicado esmero y sabio autoconocimiento. A continuación, te explicamos cómo hacerlo para disfrutar de una mejor calidad en tus relaciones interpersonales.

Lo que hacemos sentir a los demás: el contagio emocional

Todos nosotros transmitimos mensajes emocionales sin darnos cuenta. Nuestra apariencia, nuestros gestos o la forma en que nos movemos o miramos a los demás esculpen un microuniverso emocional donde no hacen falta las palabras para transmitir una información concreta. De hecho, y esto siempre conviene recordarlo, mucho antes del desarrollo del lenguaje los seres humanos hacíamos uso de las emociones como única forma de comunicación.

“Me gustas porque me haces sentir bien, y yo no soy de los que está bien con cualquiera”

La expresión facial del miedo, por ejemplo, ponía en alerta al grupo de un peligro, las lágrimas y una postura recogida informaba de un dolor, de una necesidad que atender. Sin embargo, con la llegada del lenguaje sofisticado, esa gestualidad exagerada no solo quedó reducida sino que además dejó de tolerarse. El mundo civilizado exige la inhibición de las emociones porque su expresión instintiva se considera algo primitivo, algo que es necesario “controlar” y esconder en nuestros espacios privados y de soledad..

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Las emociones garantizan nuestra supervivencia como grupo

Por otro lado, los estudios llevados a cabo por el campo de la cognición social nos señalan algo que es bueno recordar: las emociones no son solo un mecanismo de desahogo o de expresión personal. Por encima de todo, constituyen un mecanismo de supervivencia, porque con ellas “contagiamos” a los demás, les transmitimos información, los envolvemos con nuestra felicidad para que sientan alegría, o dejamos ver nuestras tristezas o dolores del alma para ser atendidos.

De ese modo, se pone en marcha el motor de la cooperación, ese que nos ha permitido sobrevivir como especie, el mismo que ha dado forma a una arquitectura cerebral casi perfecta donde las neuronas espejo nos han ayudado a aprender, a imitar e identificar las emociones ajenas.

Sin embargo, si optamos por inhibir emociones, por no mirar a los ojos de las personas con las que hablamos y por bajar el rostro cuando vemos a un compañero de trabajo sufrir a escondidas, iremos en contra de nuestro propio concepto evolutivo. Sumirnos en nuestras orgullosas islas de soledad crea una ecología emocional donde solo crece la infelicidad.

Hazme sentir bien, regálame emociones positivas

Por curioso que parezca, no existen demasiados estudios que nos expliquen cómo funciona ese maravilloso mecanismo que da forma al contagio emocional. Hasta el momento se sabe que lo que otros nos hacen sentir -ya sea positivo o negativo- se rige por lo que se conoce como “mirroring sistem” (sistema espejo). En este complejo entramado, los neurólogos ponen énfasis en la ínsula como esa estructura que participa del proceso e interiorización de los estados emocionales de los que nos rodean.

Además, tengamos en cuenta que estas estructuras son muy resistentes al daño degenerativo. Ello explica, por ejemplo, por qué los enfermos de Alzheimer siguen siendo tan receptivos al mundo emocional. Una caricia, un abrazo, una gesto amable y una presencia que les transmite calma y afecto se convierte, al final, en el único lenguaje que entienden y al que responden.

Por otro lado, las emociones positivas juegan un papel muy relevante en la educación. Un recién nacido, por ejemplo, empezará a entender el mundo en base a lo que le hacen sentir sus progenitores. Las emociones basadas en el contacto físico, en ese cariño que atiende los llantos, los miedos y todas sus necesidades afectivas propicia día a día un adecuado desarrollo neurológico.

Para concluir, las emociones positivas alimentan, construyen vínculos, sanan temores y constituyen ese eslabón de fortaleza en toda relación de pareja estable y feliz. Aprendamos entonces a ser creadores y mediadores de esa afectividad altruista, de esa consideración basada en la empatía y la reciprocidad donde intuir necesidades y otorgar bondad, respeto y esa sencilla felicidad que se inscribe en las pequeñas situaciones del día a día.

Imagen principal cortesía de Puuung

Vía: lamenteesmaravillosa

En un “gracias por estar en mi vida”, encontrarás lo que mi corazón siente por ti

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En un “gracias por estar en mi vida”, encontrarás lo que mi corazón siente por ti

Muchas veces no encuentro las palabras adecuadas, algunas veces me cuesta expresar el compendio de cosas que me haces sentir. Siento que los verbos son insuficientes y prefiero solamente tomar tus manos intentando que por un minuto tu corazón sincronice con el mío y que de alguna forma, mientras me pierdo en tu mirada, puedas sentir lo que significas para mí.

Eres sin duda mi persona preferida de la vida, contigo el mundo toma otros matices, eres esa esperanza que me dice que más allá de las lágrimas, de los miedos, de la rabia, estás tú para sostenerme, que no importa de cuál altura pueda caer, nunca tengo miedo a volar, porque sé que si te  tengo cerca jamás me estrellaré. Es contigo con quien recuerdo que la vida nos pone la música y nosotros decidimos cómo bailarla.

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Algunas veces siento tanto por ti, que tengo miedo de perderte y sé que esto genera en mí una necesidad, que puede hacer desvirtuar lo bonito de mi amor, pero cómo te puedo mentir, cómo puedo pretender que no sabes la posición que has ocupado en mi vida, los espacios que se han colmado en mí de ti.

El solo pensarte cuando no estás cerca, genera en mí un agradecimiento que emana de lo más profundo de mi ser, porque me siento con la mayor de las fortunas teniéndote a ti en mi vida… Yo no creo en promesas de: “para siempre”, pero bien presiento que lo que siento por ti no se verá afectado por el tiempo, por la distancia, ni siquiera por eso que podemos llamar muerte.

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Eres el reflejo perfecto de que todo llega en el momento indicado, sin buscarlo, solo abriendo nuestra energía para recibirlo. Así llegaste a mi vida para colmarla de tantas cosas que ni por casualidad había podido conocer. A mi rostro no le queda más opción que sonreír, mi mente sustituye la angustia del futuro y el dolor del pasado, por tus recuerdos y por proyecciones de lo que podemos conseguir juntos y mis ojos, ellos no pierden la oportunidad de reflejarse en los tuyos y sentir como a través de una simple mirada se puede producir el más profundo encuentro.

La vida me ha mostrado muchos rostros, pero contigo aprendí que no es necesario sufrir en el amor, que no hace falta el sacrificio y mucho menos perderse por alguien más. Me has enseñado a amarme y a respetarme y te prometo que si lo nuestro llegase a tener un final, nunca me conformaré con menos de lo que merezco.

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Gracias por estar en mi vida.

Por Sara Espejo – Mujer.Guru

Si estás dispuesto a darlo todo por amor, comienza a dártelo a ti mism@

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Si estás dispuesto a darlo todo por amor, comienza a dártelo a ti mism@

Muchas veces nuestro centro lo ubicamos en un sitio externo a nosotros mismos, trayendo como consecuencia que podamos amar más a otra persona que a nosotros mismos. Inclusive hay quienes piensan que amarse a sí mismo por encima de lo que podemos sentir por otros, no es más que egoísmo.

Sin embargo, para pensar en darlo todo por otra persona primero debemos poder hacer lo mismo por nosotros, sin remordimiento, porque allí está nuestra fuente de amor y solo cuando sabemos amarnos y respetarnos es que podemos contemplar la idea de poderle brindar amor verdadero a otra persona.

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Los vínculos que generalmente desarrollamos no son precisamente de amor, son de dependencia, de satisfacción de necesidades, de cómo me hace sentir el amar a otra persona, pero acá si lo hacemos desde el lado equivocado, desde nuestro ego, que corresponde a esa parte de nuestra mente que se esmera por protagonizar y que no da sin esperar recibir algo a cambio, sin pasar factura por lo otorgado.

Solemos amarnos a nosotros mismos en el otro, pero no al otro por sí mismo― Valérie Tasso

 

El amor real es incondicional, ni siquiera depende de si estamos o no unidos físicamente a una persona, si mantenemos una relación activa. El amor real considera la felicidad del otro, nos hace creadores de oportunidades para hacer la vida de la otra persona al menos un poco más feliz, así sea a través de nuestros pensamientos, oraciones o presencia en nuestros corazones.

Para poder sentir ese tipo de amor por alguien, sin condiciones, debemos primero amarnos a nosotros mismos, cosa que no todos sabemos poner en práctica. Acá te dejamos algunos indicadores para que diagnostiques tu amor propio:

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  • Aceptación: Debemos aceptarnos tal y como somos, con nuestras virtudes y nuestras oportunidades de mejora, siendo lo suficientemente humildes para reconocer el brillo en el otro sin sentirnos opacados.
  • Creencia en nosotros mismos: Todo lo que manifestamos en nuestra vida, positivo o negativo, viene como consecuencia de qué creemos merecer, de qué nos sentimos capaces, de saber que si bien estamos en proceso de aprendizaje constante, estamos dando de nosotros lo mejor.
  • Dedicación de tiempo: Es crucial reservar tiempo para nosotros, para consentirnos, para hacer lo que nos gusta, para reconocernos y conectarnos a lo que somos.
  • Ser auténticos: Esto requiere de una autoestima muy elevada, capaz de poner en un segundo plano lo que piensen los demás, con tal de manifestarnos como realmente somos, sin miedo al rechazo o a los juicios de valor.
  • Considerarnos valiosos: Muchas veces somos los nosotros mismos los que no sabemos darnos el valor que nos corresponde, haciéndonos pasar por menos, sintiéndonos inferiores a otros. Solo nosotros podemos darnos valor y los demás actuarán en consecuencia.
  • Cuidarnos: Desde nuestro cuerpo, hasta nuestra alma, debemos darnos el cuidado necesario, prestando atención a lo que demandamos y tener la mayor disposición en proveérnoslo.

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Aprendamos a amarnos y veamos cómo el amor se activa a nuestro alrededor, cómo comenzamos a atraer a nuestras vidas lo que está en sintonía con lo que nos damos a nosotros mismos, sin tener que sacrificarnos, sufrir o sentirnos explotados por amor.

Por: Sara Espejo

Me duele tu dolor, pero mucho más me dolía el mío

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Me duele tu dolor, pero mucho más me dolía el mío

Sé que piensas que porque he tomado la decisión de decir hasta acá, que entiendo que no resulta para nada de tu agrado, me siento satisfecha con lo que pasas, por cómo te sientes, pero la verdad es que tu dolor me duele, haría mil cosas para evitártelo. Lastimosamente ninguna de las cosas que estoy dispuesta a hacer por ti, resulta suficiente para ti.

No te puedo decir que no me ha sorprendido tu reacción, porque la verdad es que sentí tanta indiferencia de tu parte, durante tanto tiempo, que no pensé que te importara, sentí que veías con indolencia y sin prestarle ningún tipo de importancia cómo lo que sentía hacia ti iba poco a poco desapareciendo, me cansé de decirte, de explicarte, de llamar tu atención, mientras lo que sentía era una distancia cada vez más amplía entre tú y yo.

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Llegué a sentir fastidio de tu parte cuando abordaba alguno de los temas que sentía que nos separaban, veía cómo me mostrabas sin ningún disimulo cómo todo lo demás tenía un lugar más importante para ti en tu escala de prioridades, te dije mil veces que la incertidumbre me paralizaba, que el saber que hoy estabas, pero tener la duda de si mañana lo harías, creaba en mí un vacío por donde mi mente viajaba vertiginosamente.

Y ante una de tus ausencias, decidí no continuar, luego de haberlo pensado mucho, luego de haber secado de mi rostro muchas lágrimas, luego de haberme puesto en tu lugar miles de veces sin poder aún entender cómo había tanta desvalorización de tu parte.

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Cuando te amas a ti mismo, no permites que te amen de una manera que dañe… y aunque había dejado mi amor propio a un lado, un día sencillamente lo reconocí y decidí ir tras lo que me hiciera feliz y lo que estaba viviendo definitivamente me alejaba de mí y de cualquier estado de felicidad.

Lamento tu poca aceptación ante la situación, me duelen cada una de tus lágrimas, pero en definitiva entenderás en algún momento que cuando se da una segunda oportunidad se necesitan dos remando en la misma dirección y yo agarré y boté mis remos, no quiero subirme a ese bote, donde invertí tanto mientras sentía que nunca iba en la dirección a donde realmente quería llegar.

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Afortunadamente no mandamos en los sentimientos de los demás y debemos respetar las decisiones, aunque éstas nos duelan. Es una lástima darte cuenta de lo que alguien representa para ti luego de perder a esa persona. Me duele tu dolor, pero créeme que más me dolía el mío.

Por: Sara Espejo – Mujer.Guru