Y me perdí a mí misma, queriéndote demasiado a ti

Y me perdí a mí misma, queriéndote demasiado a ti

Es mi responsabilidad, te amé de manera desmedida e irresponsable, te amé sin limitaciones y sin juicios, en ningún momento me pediste más, pero yo estaba allí, pensando que lo que te daba era insuficiente. Quería colmarte de mí, de lo bueno que tenía para ofrecerte, pero en medio de ese proceso, que se veía bien y se sentía mejor, crucé una línea, era muy delgada y no me di cuenta… Pero ya lo que te daba era diferente, seguía saliendo de mí, pero me dejaba incompleta.

No puedo negar que me sentí querida por ti, pero nunca en la misma proporción, de alguna manera pensaba que si te daba más, me retribuirías de igual forma, pero no fue así. Tú fuiste alejándote y yo intentaba retenerte, yo me negaba a aceptar que no estuvieses en mi vida y sé que hiciste esfuerzos por permanecer, mientras yo me dedicaba a quebrarme moralmente, resistiéndome a tu retirada.

Me desconocía, no podía sostener mi mirada en el espejo, sentía vergüenza de mi comportamiento y me justificaba en nombre del amor que sentía por ti. Descubrí que no podía amarte a ti, si no me amaba a mí misma, que ningún amor justifica que uno se pierda a sí mismo. Nadie puede querer a otra persona, si no se quiere lo suficiente a sí mismo, porque el amor comienza por lo que nos damos a nosotros mismos. Desde allí seleccionamos con propiedad a quien darle paso en nuestras vidas y a quien dedicarle nuestra atención y afecto.

Cuando nos amamos a nosotros mismos, podemos aceptar que alguien no nos quiera sin llegar a humillarnos, sin llegar a encadenarnos a algo que nos duele o a quien sencillamente no nos corresponde como nos gustaría. El amar a alguien no es garantía de que nos amarán de vuelta y el saber retirarnos sin humillarnos es una muestra de autoconservación.

Hoy solo puedo agradecer lo que ocurrió, aunque se haya extendido en el tiempo más de lo debido. Cada lágrima, cada ausencia, cada gesto de desprecio y de hastío que caló en mí, fue para mí necesario en ese momento para tocar fondo, para entender que debía dejar de insistir. Entendí que cada vez podía darte menos, porque poco quedaba de mí, estaba en deuda conmigo…

Cuando por fin lo acepté, de mí salieron fuerzas que me remolcaron a sitio seguro, como si hubiese enviado una señal de auxilio que fue prontamente atendida. El reconocer que no eras para mí fue el paso que necesité dar para comenzar a recuperarme a mí misma, a reconstruirme y comenzar a llenarme de todo lo que perdí en ese proceso absurdo de dar mucho más de lo que siempre recibí.

Ahora me cuido y me valoro más, sin cercas de seguridad, pero con una buena capacidad para leer intenciones, sin predisposición, pero atenta a las señales… Y a ti solo me queda decirte gracias, porque ante aquella pérdida, obtuve mi mayor ganancia.

Por: Sara Espejo –Mujer.Gurú