Finjo no esperar nada de ti, pero me decepcionas cada día más

Finjo no esperar nada de ti, pero me decepcionas cada día más

El principio de la decepción se basa en esperar algo determinado y obtener algo que dista de esa expectativa. Cada uno de nosotros tiene un conjunto de creencias favorables o desfavorables, desde donde generamos nuestras expectativas, desde donde nos hacemos patrones mentales en los cuales, de acuerdo a nuestro criterio, las cosas, personas o situaciones deben encajar.

Muchas veces hacemos el intento por no esperar nada de nadie, sin convertirnos en personas negativas, nos limitamos a tratar de entender que todos hacemos lo mejor que podemos con los recursos que tenemos y podemos marcar nuestras intenciones de forma tal de que esperemos el mejor resultado posible, incluso cuando no logremos entenderlo.

Esta forma de asumir lo que esperamos de la vida nos da la posibilidad de aceptar con mayor facilidad, de permitir y permitirnos y abrir nuestra vida a todas las sorpresas maravillosas que podamos recibir. Sin embargo, hay personas que por lo general ocupan roles importantes para nosotros, que aun siendo más cercanas, no corren con la buena fortuna de que seamos tan ligeros y permisivos evaluando su conducta y midiendo resultados.

Mientras más amamos a alguien, mientras más confiemos en alguien, mientras más especial sea una persona para nosotros, más riesgo tendrá de decepcionarnos. Es mentira, a menos que seamos extremadamente sensibles, que nos molestemos porque hemos descubierto que nuestro vecino nos mintió en cuanto al canon de su renta, o nos decepcionemos, porque un ingeniero que no conocemos realizó un fraude en la empresa para la cual trabaja, o nos sintamos realmente mal por ese jefe que abusa de sus empleados, se aprovecha de sus necesidades y su confianza y nos les paga completo o a tiempo.

Pero que una persona a la cual amamos o en quien confiamos nos mienta, nos engañe, no esté allí en el momento en el cual la necesitamos, se comporte de forma egoísta y sea incapaz de ver más allá de su metro cuadrado, sí que nos decepciona. Por el simple hecho de que sentimos que nosotros actuaríamos diferente con ellos, sentimos que la relación no es recíproca o bien sentimos que quizás lo tenemos en un pedestal que no le pertenece a esa persona, sino a la imagen que hemos creado o al menos nos gustaría que coincidiera con lo que en realidad es.

Las decepciones fisuran el amor, la confianza, las ganas de estar y de invertir. Un corazón decepcionado tarda en recuperarse, pero se le hace imposible cuando las desilusiones son continuas. Se quiebra en dos la primera vez, pero luego cada trozo es más pequeño, hasta que ya no se puede recuperar, como esa relación a la que simboliza ese corazón.

No estamos acá para cubrir las expectativas de nadie, estamos acá para ser felices, aun cuando eso signifique decepcionar a algunos, pero si lo hacemos por egoísmo, por no dar un poco de nosotros, por no saber alimentar el afecto, quizás no seamos merecedores al menos de ese amor y es nuestra responsabilidad dejar en claro nuestras preferencias y nuestras limitaciones para evitar hacerle daño a los demás.

Si estás del otro lado y no te caben más decepciones, debes aprender a desligarte de las expectativas, acostumbrarte a vivir con la desilusión a cuestas o alejarte de lo que te genera sufrimiento.

Valoremos todas nuestras relaciones y procuremos en lo posible estar y ser lo mejor para el otro, de todas formas, lo que damos, normalmente lo recibimos multiplicado.

Por: Sara Espejo – Mujer.Gurú

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