Santa no entra por la chimenea, sino por el corazón

Santa no entra por la chimenea, sino por el corazón

La época decembrina, sin duda se caracteriza en la mayoría de los casos por sacar lo mejor de cada uno de nosotros, quizás pensando como en ningún otro momento en un bien común por encima de un bien individual. Es por ello que la navidad es especial, no se trata de un regalo, de un brindis, de una fiesta, se trata de sensibilizarnos ante las necesidades de los otros y dar lo que esté a nuestro alcance para sembrar en alguien más el amor, la esperanza, la alegría que es parte de nosotros, pero que muchas veces olvidamos.

Las buenas energías se contagian, las buenas intenciones afloran y los resultados por lo general son especiales. La navidad puede más allá de ser visto como una festividad frívola o como una conmemoración religiosa, es la muestra perfecta de lo que es la naturaleza humana, por un lado cálida, compasiva, empática y por el otro superficial y prejuiciosa.

Sin embargo, como todo en nuestras vidas, somos nosotros los que decidimos en qué lado de la balanza ubicarnos, qué de nuestra naturaleza queremos alimentar y si decidimos sacar de nosotros lo mejor, ¿por qué no decidimos intentar aplicarlo el resto del año, el resto de nuestras vidas?

Cuando nos acostumbramos a dar, saboreamos lo dulce que resulta ver en los rostros de quienes reciben esa sonrisa que expresa gratitud, que nos hace sentir satisfechos con lo que hacemos, que hace que el dar, aun cuando no esperemos algo a cambio, resulte mucho más reconfortante que recibir o pensar primero en nosotros mismos.

No nos debe desanimar el encontrarnos con personas desagradecidas, cada quien vive una realidad particular y no está en nosotros juzgar. De igual manera no debemos dar esperando un reconocimiento, ni siquiera el agradecimiento, debemos hacerlo de corazón, con la plena seguridad de que lo que estamos haciendo es lo mejor, por el simple hecho de beneficiar a alguien más.

El espíritu navideño se viste de luces, de traje, de tradiciones, pero nos recuerda cada año el potencial que tenemos, y si nos dedicáramos a ser quienes llegamos a ser en navidad durante toda la vida, seguramente seríamos un mundo más amable, menos egoísta, más solidario y comprometido con todo lo que nos rodea.

Recordemos que la navidad no debe medirse por el número de regalos que se encuentran debajo del árbol, sino por el amor que damos y recibimos… El mayor regalo no está envuelto, no lleva lazo, se transmite de corazón a corazón.

Que tengas hoy y siempre mucha gente a quien querer, personas que abrazar, momentos por compartir y siempre la mejor disposición para dar de ti lo mejor. Que tu corazón recuerde a los amores ausentes físicamente, pero presentes dentro de ti. Que entiendas que la vida son instantes y cada uno de ellos es en sí un regalo para ti, aprécialo y valóralo, porque son únicos… irrepetibles.

¡Feliz Navidad!

Por: Sara Espejo – Rincón del Tibet

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