No des segundas oportunidades a quien sabes que te volverá a fallar

No des segundas oportunidades a quien sabes que te volverá a fallar

Algunas veces podemos tener muchas ganas de confiar en alguien nuevamente, de abrir nuevamente un espacio en nuestras vidas para darle cabida, y de seguro ni siquiera tendremos que hacer muchos ajustes, porque de por sí ese espacio se ha quedado de alguna manera reservado.

Sin embargo, el hecho de que nosotros nos esperancemos en conservar la imagen de alguien o sencillamente nos neguemos a ver la realidad, a no entender que hay cosas que definitivamente no cambian en esencia y siempre tendrán esa potencialidad de dañarnos, no aminora el riesgo de volver a tropezar con la misma piedra.

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No todas las segundas partes son malas, de hecho hay unas con historias inspiradoras, donde la voluntad, el propósito, las metas comunes y especialmente el amor, que pudo haber tomado valor a través de una distancia física o temporal, enmarcan una segunda oportunidad prometedora, con grades probabilidades de los llamados “finales felices”, esos que jamás terminan.

No es posible dejar de considerar que hay características por las cuales normalmente se produce el fin de una primera etapa, que sabemos con propiedad o bien solo intuimos, que no nos permitirán tomar una segunda oportunidad con la probabilidad de que no se desencadene un escenario igual o parecido a la vez anterior.

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Las personas cuando tenemos miedo de perder algo que sentimos nuestro, somos capaces de desconocernos, de hacer promesas que pensamos que podemos cumplir, somos capaces de controlar algunas cosas por un tiempo determinado y realmente podemos creernos que podremos mantener una conducta determinada, que garantice el poder recuperar o retener aquello que no queremos fuera de nuestra vida.

Evidentemente los cambios favorables ocurren, todos somos capaces de ver y asumir lo que sentimos que no va bien como una oportunidad de mejora. Pero la realidad es que esa esencia está allí, el mentiroso, siempre se ve tentado a mentir, al tacaño, le dolerá algo cuando dé algo más de lo que desea, el infiel, siempre sentirá que es un sacrificio las oportunidades que deja pasar, el holgazán, conseguirá siempre una excusa para no hacer, el indolente, tratará de sensibilizarse por un tiempo, el maltratador, buscará los mecanismos para drenar sus emociones…

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A fin de cuentas, la naturaleza estará allí y requerirán cambios donde realmente haya un nivel de consciencia que permita aceptar y trabajar en cada una de las oportunidades de mejora, no por recuperar a alguien, sino como una necesidad interior de hacer una mejor versión de nosotros. Los cambios reales no se dan por imposiciones, si bien cualquier factor externo puede servir de estímulo, solo es el reconocimiento y el trabajo interno, lo que arrojará un resultado satisfactorio y sobre todo sustentable en el tiempo.

Si sabemos de antemano, porque muchas veces es un resultado anunciado al cual nos exponemos, no demos una segunda oportunidad. Si nosotros mismos no somos capaces de cuidarnos, de preservarnos, no esperemos que sea alguien más quien lo haga por nosotros. Más bien dediquémonos a tomar la lección que la primera experiencia nos dejó para que la vida deje de tentarnos a recibir nuevamente las mismas lecciones que debimos haber superado en el pasado.

Por: Sara Espejo – Mujer.Guru

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