Carta de un padre que aprendió a crecer con su hija

Carta de un padre que aprendió a crecer con su hija

Ayer nació y hoy, dentro de un par de horas, va a empezar la Universidad. Ayer me dijeron que iba a ser padre, al poco gateaba y hace unos minutos ha dado su primera clase de autoescuela. Ayer nos miraba como quien mira a dioses y hoy como alguien que mira a personas de las que conoce todos y cada uno de sus defectos, en profundidad. En medio ha pasado solo una noche, una noche en la que me he quedado pensando, embobado, viéndola crecer…

Crecer a ratos, porque otros he tenido que salir a trabajar. En otros me han necesitado sus hermanos, los míos; mis amigos o mis padres; su madre, yo, yo también me he necesitado a veces. He llegado tarde a casa o no se me ocurrían cuentos. Así, salió de la edad de las historias inventadas para empezar a experimentar cómo la realidad puede ser infinitamente más cruel, al igual que encantadora.

Para inventárselas ella, intentando que no la sobreprotegiéramos y nos aplicáramos aquel refrán de “ojos que no ven, corazón que no siente” para cada paso que daba, para cada riesgo que asumía.

Las esperanzas de un padre

Ayer tenía un montón de esperanzas puestas en ella. Esperanzas que eran todas mías y sobre las que ella no había dicho nada. Al menos nada más que señalar el biberón cuando tenía sed o llenarse la boca con lo que pillara cuando tenía hambre. Hoy mis esperanzas siguen siendo mías, pero la realidad es que ella ha construido las suyas y yo he tenido que aceptarlo. Es un proceso que me ha llevado toda la noche.

Me hubiera gustado que fuera abogada. Por que entiendo que son personas que llevan una vida relajada, que se encuentran en una posición importante y que por su formación adquieren un sentido de la justicia superior a la mayoría de los mortales. Sin embargo, ella ha querido ser periodista.

Pero no de las que presentan el telediario, sino de las que viajan y cuentan guerras y ponen voz a esas grandes historias que también son anónimas. A mí me da miedo, tanto que a ratos no me deja dormir. Mientras que ella me mira con esa cara de haberse enamorado de alguien sin apenas conocerlo, pero con el corazón. Como padre esa mirada, su mirada, también me causa orgullo.

Ceder el control

Como padre tampoco ha sido fácil ir cediéndole el control. Siempre la he visto más pequeña de lo que realmente era, más vulnerable, influenciable e inocente. También he visto como muchas veces se dirigía hacia el precipicio con toda la determinación del mundo y he tenido que permitir que lo hiciera, porque por mucho que a mí me hubiera gustado ser su mejor profesor, hay lecciones que solo te enseña la vida o que tienes que aprender con otros.

Está tan guapa, tan guapa acostada. No sé si ella lo sabe, pero es la chica más guapa del mundo. Yo se lo decía muchas veces y ella me sonreía, después pasó a ponerse colorada y finalmente me respondía con un ¡Papá! (no me avergüences).

Me cuesta mucho comprender esa batalla que ha empezado contra su cuerpo, rescatar de mi memoria aquellos momentos en los que a mí también me importaba mucho lo que pensaran los chicos y las chicas de mi edad. Comprender que para entender muchas veces hay que recordar, porque en ese ejercicio también me he encontrado con la nostalgia y se me han empañado los ojos.

El desazón que podía causarme ir al colegio con aquella chaqueta horrible, cosida a mano en los ratos de aburrimiento de mi madre y que picaba como un demonio. No sé cuál habrá sido la chaqueta con la que yo la habré hecho cargar, incluso puede que hayan sido varias. Quizás fueron esas clases de conservatorio a las que la obligué a acudir, hasta que su desapego por la música quebró mi voluntad de que se hiciera amiga de las corcheas y semicorcheas. No conseguí que le gustara, se rascaba delante de mí y yo me consolaba pensando que era bueno para ella.

Por mucho que a mí me hubiera gustado ser su mejor profesor, hay lecciones que solo te enseña la vida o que tienes que aprender con otros.

Mujer jugando

Me he dado cuenta….

Ahora, si volviera empezar, creo que no te obligaría a hacer tantas cosas buenas para ti. Al menos desde fuera, sin compartirlas contigo. Me hubiera gustado haberme dado cuenta de cómo mirabas a la pelota cuando eras pequeña y haber jugado a fútbol contigo. Haber estado menos pendiente de los peligros y más de las ilusiones. No haber llegado muchas veces tarde. Haber accedido a jugar antes de que te rindieras conmigo y encontraras otras chicas con las que hacerlo.

Me hubiera gustado asumir antes que eras perfectamente capaz de abrigarte cuando tenías frío, de comer cuando tenías hambre. Porque esas eran las necesidades que tenías al principio, pero después ya no. Después lo que necesitabas era ánimo con todos los proyectos que empezabas, respuestas con las dudas de tu edad, la compañía de alguien que no fuese director sino apoyo, consuelo y aliento. Quizás en parte fuera el papel que me tocaba, quizás forme parte de ser padre.

Dicen que las emociones son magia… y que los seres humanos podemos tener tanta que somos capaces de experimentar varias emociones a la vez. Me siento triste porque parte del tiempo que no hemos pasado juntos ya no volverá. Supongo que todos los padres sienten en algún momento lo mismo, pero eso no me consuela.

Sin embargo, lo que sí lo hace es que, ahora, cuando te veo librando tus propias batallas me siento orgulloso de que las afrontes de manera honesta. De que equivocadas o acertadas sean las que tú has decidido y en las que has encontrado la pasión. Viéndote crecer he entendido que yo quería una vida fácil para ti y que tú quieres una vida feliz para ti. Solo espero que lo consigas, y por supuesto, que lo compartas conmigo.

P.D: Como ves, hoy también, a parte de padre, he empezado a ser un poco periodista y este artículo me gustaría terminarlo y firmarlo contigo a la hora de comer.

Fotos cortesía de Soosh

Vía: Sergio de Dios Gonzalez – lamenteesmaravillosa

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