Pocas personas entienden la diferencia entre dar una mano y socorrer un alma

Pocas personas entienden la diferencia entre dar una mano y socorrer un alma

Ciertamente la bondad abunda en el mundo, las demostraciones de quienes obran bien se perciben con frecuencia, también es cierto que las acciones cargadas de negatividad están presentes, pero como diría nuestro amigo Facundo Cabral: Una bomba hace más ruido que una caricia, lo cual se interpreta que la maldad es más ruidosa, pero no tiene más presencia que la bondad.

Sin embargo, la bondad va por escalas, las buenas acciones tienen un alcance determinado sobre los beneficiados y ciertamente hay quienes nos dan una mano en una situación particular y otras capaces de socorrer nuestra alma, en esos momento donde no podemos sostenernos por nuestros propios medios, donde las fuerzas son escasas, cuando sentimos deseos de renunciar a todo y nada de lo que normalmente podría rescatarnos del abismo parece tener sentido.

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Podemos pensar que hay seres con misiones especiales, que se encargan de tocar nuestras almas en momentos determinados, que se encargan de darnos el refugio y el calor necesario, desde donde todo parece recobrar el sentido. Estas personas no es que sean mejores que otras, sino que para nosotros representan exactamente eso que necesitamos para cargarnos de luz y de energía.

Todos en algún momento de la vida, transitamos por caminos complicados, todos nos caemos de tanto en tanto, todos perdemos el norte y no nos encontramos ni a nosotros mismos, y algunos contamos con la fortuna de tener cerca a esa persona especial que viene cual lumbrera a rescatarnos, a mostrarnos el camino, a cargarnos sobre sus espaldas durante el tiempo que sea necesario hasta que nosotros podamos sentir que hemos retomado el control.

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Lo cumbre del asunto es que muchas veces en medio de nuestro maremágnum de emociones, de sentimientos de derrota, de la sensación de no querer dar un paso más, podemos ser sacados a la superficie desde lo más profundo y no entender, ni saber cómo es que finalmente estamos a flote. Es como si hubiésemos tenido un accidente, donde hemos sido socorridos, casi morimos en él, nos intervinieron, nos atendieron, cuidaron y un día despertamos de un coma y no entendemos sino al tiempo lo mal que estuvimos y lo mucho que le debemos a las personas que nos asistieron.

A veces en necesario que volvamos a nuestro centro, inclusive que el tiempo pase, para poder finalmente darnos cuenta y agradecer lo que representó una persona en nuestras vidas en un momento determinado. Si hemos contado con alguno de estos “ángeles”, demos gracias por su presencia y valoremos cada una de sus acciones, no todos tenemos la fortuna de contar con alguien que realmente nos pueda socorrer cuando la vida misma se nos cae.

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Por: Sara Espejo – Mujer.Guru

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