Una ausencia puede entristecer, pero una presencia dolorosa enloquece

Una ausencia puede entristecer, pero una presencia dolorosa enloquece

Muchas veces no sabemos poner en balanza lo que va a representar para nosotros un mal momento, el tránsito de un duelo, en comparación a una vida atormentada debido a la presencia de alguien cuyos recursos solo le dan para hacernos difícil nuestra conexión con la tranquilidad y la paz.

Cuando nos vinculamos con alguien de manera espontánea, que no son nexos impuestos por la vida, se supone que debemos hacerlo con la finalidad de contribuir de manera activa con la felicidad del otro y esperar que esa relación no enriquezca, no solo desde el punto de vista de lecciones, que todo el que pasa por nuestra vida nos puede dejar, sino de sonrisas, de expansión de nuestro corazón, de buenos momentos, de nuevas perspectivas.

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Si bien es cierto que nadie se cruza en nuestra vida por mera casualidad y que todos tienen algo que mostrarnos, que debemos ver en esa relación la posibilidad de conciliarnos con nosotros mismos a través del otro, también es cierto que debemos ser prácticos al momento de decidir qué es lo queremos en nuestras vidas y cómo lo queremos.

Una relación conflictiva, nos puede enseñar tantas cosas! Pero no debemos quedarnos anclados a un aprendizaje, debemos tomar la lección intentando hacerla consciente y procurando que pase a nuestro subconsciente para poder hacer uso de ella a futuro.

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Nunca podremos someternos a una situación de estrés permanente, de maltrato, de desinterés con la bandera de que: “hay algo que debo aprender de esto”, si sentimos que nos está afectando negativamente cualquier interacción, debemos hacer primero una revisión interna para determinar nuestra cuota de responsabilidad en el asunto y a partir de allí tomar las medidas que sean necesarias.

Muchas veces las lecciones coinciden en que tenemos que aprender a amarnos, a respetarnos, a no exponernos a situaciones crónicas de sufrimiento, porque esto que vivimos es un regalo y debemos apreciarlo. Nadie viene acá a sufrir, venimos a ser felices, a conocernos y a aprender a escuchar a nuestro corazón, que jamás querrá verse atormentado por una relación que lo limite, que le robe la esperanza, sino dar y recibir amor.

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Ciertamente las ausencias pueden ser dolorosas, pero si sabemos canalizar nuestro duelo, viviendo sus etapas, sin prisa, pero sin pausa, de seguro resultarán menos dañinas que la presencia negativa de alguien en nuestras vidas. Sin miedo, tomemos decisiones que nos permitan estar donde merecemos, y si no tenemos este punto claro, comencemos por trabajar en ello.

 

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