Me dediqué a perderte…

Me dediqué a perderte…

Aquí estoy luego de abrir los ojos y darme cuenta de que no estás, de saber que no es algo temporal, que es algo definitivo, queriendo retroceder el tiempo y hacer las cosas que debía o bien no haberte hecho tantas cosas que en definitiva no merecías.

Sé que no valen de nada mis disculpas, que mis palabras a estas alturas no logran llenar el vacío que poco a poco fui generando en ti, que no vale la pena insistir, porque como me has hecho saber, ya es tarde, ya no sientes lo mismo por mí y sé que yo mismo me encargué de mermar tu amor.

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Sin embargo, no puedo dejar que te vayas sin decirte  todo lo que debí decir cuando estabas conmigo, decirte que agradezco el apoyo incondicional que me brindaste aun cuando ni yo mismo creía en mí, agradezco todas las palabras de aliento que me diste, todos los gestos de amor, las caricias mientras dormía y esos besos en la espalda acompañados de un te amo susurrado que apenas escuchaba… Tú más que nadie sabes que sin ti, nada de lo bueno que tengo o soy hubiese sido posible, a ti te debo todo lo que amo en mi vida… Incluyéndote a ti misma.

Reconozco que te desvaloré, que consideré de forma tácita que tu amor hacia mí siempre estaría, que no tenía que hacer ningún esfuerzo adicional para mantenerte a mí lado, que mis malos tratos mermaron tu paciencia, que mis críticas no hacían más que acabar con nuestra relación, que me encargué de socavar cada uno de los pilares de lo que habíamos construido… Mientras que tú, tratabas de a poco de reconstruir lo que yo destruía de a mucho…

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Sí, fui un tonto, un troglodita, jamás pensé sentir como mi vida se me iba de mí, sentir que me quedaba sin mi energía vital… Ahora mi rumbo es incierto, mi inmadurez, mi insensatez y mi patanería han acabado con lo único verdadero. Lo reconozco, me dediqué a perderte, a ignorarte cuando me pedías hablar, cuando tus lágrimas de desesperación y frustración recorrían tu cara y poco a poco  iban borrando esa sonrisa que me enamoró, que era perenne en tu rostro, hasta que me encargué de acabar con ella y sin darme mucha cuenta acababa contigo.

Lamento todo lo ocurrido, lamento no haberme centrado de una manera menos dolorosa para ambos, lamento todo el daño que te hice y no haber podido rectificar a tiempo, tú… tú te mereces lo mejor de la vida, tú eres una princesa, mereces a alguien que te valore, que te ame, que te respete y sobre todo que te lo demuestre día a día… Eres y serás la mujer de mi vida y si en algún momento piensas que puedes darme una nueva oportunidad, yo estaré atento a ese llamado, yo sanaré las heridas que te causé y le agradeceré día a día haber vuelto a la vida.

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